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12 marzo 2006

ILDEFONSO GÓMEZ URBÁN (II)


Pasa luego al colegio de San Benito (Sevilla) como maestro asistente. Aquí le sorprende la Guerra Civil. Hay todavía testigo de las reiteradas visitas al General Queipo de Llano para interceder por nuestros paisanos hechos prisioneros. Visita a menudo el Hospital Central; su celo sacerdotal por los enfermos le ocasiona serias complicaciones. A punto están los milicianos de darle muerte. La intervención de algunos vecinos de Fuentes que lo conocen como salesiano le salva.
Sigue don Ildefonso entregando su juventud con ardor apostólico en Arcos de la Frontera, Triana y Ecija. En 1941 lo nombran catequista consejero de Carmona en los años difíciles de la posguerra. De aquí pasa a San José del Valle con el cargo de Vicepárroco. Vuelve de nuevo a Arcos para continuar después en Jerez, Utrera- Consolación, Granada, Algeciras, Sevilla- Macarena, Utrera- Consolación y establecer definitivamente su morada en medio de la juventud pobre de Sevilla, donde le sorprende la muerte.Estando en Jerez recibió, más de una vez a su madre doña Manuela Urbán, acompañada de su hermana, Dolores Urbán; las dos habían enviudado muy jóvenes, las dos tenían 4 hijos y las dos vivían en la calle Estrella; estaban muy unidas las dos familias. Iban en tren desde Fuentes a Jerez y como la estación de Jerez estaba algo alejada de la población, los Domecq mandaban un carruaje, para que llevaran a las dos hermanas hasta el convento de los salesianos, para visitar a don Ildefonso Gómez.
Tres puntos neurálgicos de Sevilla polarizan la atención de don Ildefonso: Hospital, Capitanía y Estación de autobuses del Prado. De forma que cualquiera que venga de Fuentes, enfermo, recluta, a buscar pisos o tramitaciones oficiales, puede estar seguro de encontrarlo en alguno de estos sitios o colgado del teléfono en el Hogar de San Fernando. Este menester le granjea el título de “Cónsul de Fuentes en Sevilla”. Pero es más, se las ingenia para que a nadie le cueste nada.
Se preocupa de todo el mundo. Quien quiera que tenga un problema del tipo que sea y se lo confié al “Cura de la gallina”, porque a la familia de su madre la conocían en Fuentes como “la Gallina”, puede estar seguro de encontrar solución.
—Dígame los quintos que tiene en lista.Le dicen al verlo entrar en las dependencias militares, también de ahí el nombre de “el Cura de los soldados”.

Don Ildefonso visita mucho Fuentes, viene a visitar a su familia y a sus compañeros salesianos. Por la Casa de los Salesianos de Fuentes pasan como directores don Rafael Tormo, don Ricardo Acuña, don José Novoa y don Rafael Infantes; contándose entre los salesianos más recordados don Ángel Caballero, don Francisco Olmedo, don Ubaldo González, don Tomás Aranda y 20 más que pasaron por la obra, supieron hacer presente el carisma de Don Bosco en los niños fontaniegos y en la población de Fuentes. Pero el talón de Aquiles de la fundación de los salesianos en Fuentes, desde sus comienzos, fue la escasa dotación de medios y de alumnos. En la visita de inspectoría de 1945, don Florencio Sánchez anota la existencia de tres clases con una matrícula de 185 alumnos nominales de los que sólo son efectivos 118 el día de su visita, miércoles 20 de junio.Las dificultades del alumnado por el desarrollo de la enseñanza pública; dificultades económicas por lo exiguo del capital fundacional, el aumento del coste de la vida y el pago de profesores seglares, al no poder ser atendidas solamente por salesianos. Todo ello hace que en determinado momento resulten inviables. Hay fuerte absentismo de los alumnos en las épocas de recolección; se vive una penuria de recursos; se monta el bachillerato libre con pocos alumnos.En los años sucesivos se plantea la continuidad de la Fundación, hasta que en octubre del 1948 el último director, don Rafael Infantes, devuelve todos los bienes de la Fundación al Patronato. Ese día don Ildefonso está muy triste.Ha concluido una obra de 18 años que ha producido abundantes frutos en el pueblo de Fuentes de Andalucía.


El domingo 7 de julio de 1957, don Ildefonso está en Fuentes como Orador Sagrado en la primera misa que dirá su sobrino, también salesiano, don Antonio Gómez Ruiz, cuyo Padrinos Eclesiásticos serán: don José Ojeda, párroco de Fuentes y don Salvador Hernández, director del Hogar de San Fernando en Sevilla. Los Padrinos de Honor serán: su padre don Ramón Gómez Urbán y su madre doña Rosario Ruiz Milla.
Pertenece al capítulo de hechos consumados la renuncia a la Fundación en 1968 por parte de la Congregación salesianas. Y es, asimismo una realidad también, la aceptación de la misma por la Compañía de Jesús, en 1970 para montar una Escuela Hogar de Formación Profesional. Se celebra una reunión en el Puerto de Santa María el verano pasado. Allá que va don Ildefonso. Todo parece aconsejarle el abandono de tal pretensión, pero no cede un ápice.

Doña Rosario Ruiz Ramos, viuda de Sánchez Ibangüen y Corbacho regala al pueblo de Fuentes un edificio para una fundación benéfica. Monta un centro educativo para atender, en lo posible, a todos los niños dispersos por la comarca. Levanta un edificio grande, céntrico y dotado de bonita iglesia. Lo pone en manos de los salesianos, A lo largo de varios lustros el espíritu salesiano va penetrando hondamente en las familias fontaniegas. Aún hoy la devoción a María Auxiliadora sigue viva a pesar de los años transcurridos desde el cierre de la casa por imperativos del reajuste de las obras salesianas de Andalucía.

Esta es la espina que lleva clavada don Ildefonso “el Cura de la gallina”. La idea de la vuelta de los salesianos a Fuentes se hace en él una obsesión. Es la mayor de todas sus ilusiones.El pueblo entero es testigo de las atenciones solícitas de don Ildefonso, orientaciones, solución a problemas... Un vecino de Fuentes, declarado desertor es condenado a muerte en un consejo de guerra. La pronta intercesión de don Ildefonso ante la esposa del coronel le salva. Si llega la Pascua pasa por las distintas familias para facilitar el cumplimiento pascual de los mayores. No se niega a nadie. Pronto está para prestar sus servicios ministeriales. Nada de visitas protocolarias. No tiene enemigos. Y es de destacar la confianza ilimitada puesta en Dios, padre bueno, y cómo la sabe inculcar en los casos más difíciles.Entre las anécdotas que cuentan sus amigos figura la siguiente: “De vuelta del campo, tan entrañable para él, en compañía de don Juan Guzmán, regresan subido en un borriquillo. Por lo visto el asno, que no viene muy a gusto con los jinetes, se pone a dar saltos hasta dar con ellos en el suelo. Vaya tela..., esto es vergonzoso, morir de la caída de un burro. Si fuera de la caída de un caballo”.
“Doy gracias a Dios por el bien que me ha permitido hacer en estos 25 años y le pido perdón por las omisiones que me reprocha mi conciencia”. (Bodas de Plata sacerdotales).

Al hacer, como todos los años, la planificación de la temporada del verano, don Ildefonso Gómez Urbán, muestra no sólo falta de interés por pasar unos días de reposo en la soleada Colonia de Jabugo, sino, por el contrario, una obsesiva aversión. El pretexto que aduce constantemente es que no puede ausentarse de Sevilla porque importantes asuntos requieren de continuo su presencia.No hay recurso humano que logre convencer. De este modo sus continuas idas y venidas por la ciudad se prolongan durante los meses del estío. Finalmente, la temporada veraniega de Jabugo termina. Nos volvemos a encontrar todos de nuevo en Sevilla. Observamos que don Ildefonso va perdiendo color y peso visiblemente. Se lo hacemos observar. No obstante no pierde el buen apetito. Le hacemos notar la conveniencia de potenciar más su régimen culinario. En vano. Sigue tomando lo mismo. Y, sin novedad, transcurre la primera semana de septiembre.El martes 11 de septiembre. De “Motu Proprio”, se hace análisis de sangre en el laboratorio de la Beneficencia Provincial:—He estado en el médico y me ha recetado estas medicinas, me dice a las 10. Espere un momento que regrese don José Manuel y enseguida las tendrá, respondí.

Con normalidad transcurre la cena. Sobre las 10,15 de la noche oímos golpes fuertes y espaciados en la puerta posterior del despacho. Nos encontramos el Jefe de Estudios y un servidor confeccionando las listas de alumnos del nuevo curso. Es don Ildefonso.—Que llamen al médico de urgencia, me encuentro muy mal.

Así se hace. Con un pequeño retraso llega el médico. Lo examina detenidamente y receta unos medicamentos. Siente angustia por quedarse solo. Le advertimos que si nota algún malestar durante la noche toque en el tabique. Así lo hace varias veces acudiendo el joven salesiano que duerme en la contigua habitación.

El miércoles 12 de septiembre de 1973, a los 73 años de edad, 47 de profesión religiosa y 38 de sacerdocio; por la mañana se le sube el desayuno. Come con buen apetito. Se limpia y arregla la habitación. Sobre las 11 llega el médico del Hogar. No nos previene de nada grave. A los veinte minutos el practicante también del Hogar, le pone las inyecciones. Para alcanzar una mejoría. Se encuentra más tranquilo. Le aconsejamos dormir un poco, ya que la noche anterior la ha pasado mal. Dejamos la habitación a media luz. A los diez minutos entrega su alma a Dios.

Termino estos breves apuntes biográficos concediéndole el tercer titulo “El Santo”. Todos los chiquillos se lo dicen. Hasta puede que no conozcan su verdadero nombre, pero todos a una por “El Santo” le identifican. Así de sencillo es. Incluso alguno más atrevido, pero no menos cariñoso, escriben su nombre en el polvo de los cristales del coche de la funeraria que lo lleva al cementerio de Fuentes de Andalucía, su pueblo.La figura de don Ildefonso Gómez Urbán pertenece ya a la Historia de los salesianos y a la Historia de Fuentes.

RECORDANDO A DON ILDEFONSO
De Encarnación González Rodríguez

Del cielo cayo una estrella
y en la tierra germino
se llamó “San Ildefonso”
por que así lo quiso Dios.

En Fuentes de Andalucía
fue donde este hombre nació
proponiéndose una meta
es la de servir a Dios.

Su familia necesita
de su ayuda material
y la ilusiñon de su vida
tardaba cada vez más.

Hasta que llego la hora
del servicio milita y
al terminarlo, su sueño
se hicieron realidad.

El día que canto misa
nunca lo pudo olvidar
porque unido a su alegría
la pena llevaba ya.

Fue la muerte de su padre
que lo iba a apadrinar
y Dios quiso que en el cielo
padrino tuviera ya.

Hizo mucho por el pueblo
por toda la Humanidad
enfermos y desvalidos
niños en particular.

Y con María Auxiliadora
que fue su faro y su guía
fundaron los salesianos
en Fuentes de Andalucía.

Si en algún hogar de Fuentes
algún problema tenían
buscan a don Ildefonso
porque el lo resolvería.
Por eso el pueblo de Fuentes
nunca lo podrá olvidar
a este, su san Ildefonso
que al cielo nos llevara.


Fuentes de información: Fragmento del comunicado editado por la revista salesiano “Hogar de San Fernando” en calle don Fabrique, 59, Sevilla. Internet; y sobretodo su familia. Y recuerdo como una página íntima, inolvidable para mí, ciertos diálogos con don Ildefonso, siendo yo niño.

ÁLBUM DE FOTOS

Partido de futbol entre los salesianos y los trabajadores de la residencia. De izquierda a derecha: portero, arbitro (don Ildefonso) y capitan. Jabugo 12 de septiembre 1965.

Con el cardenal Bueno Monreal, en la Casa San Fernando (Sevilla)

En el día de su ordenacion sacerdotal

Con Monseñor Bueno Monreal, en el Hogar de San Fernando.

Estampa de las bodas de plata sacerdotales de don Ildefonso.

Don Ildefonso en el año 1963.

Jerez de la Frontera, Torre del Oratorio, año 1950.

En la primera misa de su sobrino don Antonio Gómez Ruiz, don Ildefonso era el Orador sagrado, 7 de julio de 1957.

Recordatorio de sus bodas de plata.

En la plaza de Jabugo, detras la párroquia, 15 de agosto de 1965.

Sevilla 1968.

En el homenaje al salesiano don Rafael Infante en Fuentes, el 9 de mayo de 1971.



ILDEFONSO GÓMEZ URBÁN (I)

Don Ildefonso Gómez Urban muere en la mañana del miércoles 12 de septiembre de 1973, a los 73 años de edad, víctima de una bronconeumonía. Su muerte nos sorprendió a todos los fontaniegos.



Pero empecemos desde el principio. El padre de don Ildefonso, Alonso Gómez, era un mayete más de Fuentes y se casó con Manuela Urbán Ruiz, hija de Ramón Urbán Lechuga y de Carmen Ruiz Muñoz. De este matrimonio nacerían seis niños: el primero nació el domingo 19 de noviembre, aunque en el Registro Civil lo apuntaron el martes 21, en el año de 1899 y le pusieron de nombre Ildefonso Luego el matrimonio tuvo tres hijos más: Antonio, Carmen, Ramón, Juan y Manuel.Don Ildefonso nació en la calle Estrella. Fuentes de Andalucía es, muy probablemente, el único pueblo del mundo en el que la estrella ha recibido el honor de tener calle, en vez de un vecino.

A pesar de que el ingreso en el colegio salesiano de Cádiz lo hace en el año 1924, 25 años de su nacimiento, no obstante ya desde sus primeros años manifiesta claras sospechas de su tardía vocación. Don Juan Bautista Jiménez Barros, conocido como “el cura ecijano” que atiende la parroquia, le prepara en los rudimentos del latín. Precario de medios económicos, busca protección y ayuda en una distinguida dama de Fuentes. Pero parece que las esperanzas de ver convertidas sus ilusiones en gozosa realidad empiezan a desvanecerse. José Méndez Solano, fontaniego e íntimo amigo de Ildefonso Gómez, cuenta:“Una mañana se dirige, decidido a la estación de ferrocarril dispuesto a coger el primer tren que encuentre y marcharse al seminario. Pero uno de los avispados municipales que teníamos entonces por Fuentes, se da cuenta de las intenciones de Ildefonso, y se lo impide entregándoselo a su madre. Está dispuesta a recluirlo en la cárcel, durante algún tiempo, a ver si logran quitarle de la cabeza la idea del sacerdocio. Pero fue en vano.”

Su juventud no transcurre ciertamente entre algodones. En el 2004, en el campo fontaniego mandan cada vez más, las máquinas, pero a principio de siglo todavía mandaba la tierra. Don Ildefonso tiene que arar las tierras de su padre, tiene que trabajar en el campo de sol a sol:“Por la noche le daba clase el cura don Juan Bautista. Jiménez Barros y él durante el día iba repasando mentalmente las lecciones mientras araba. Al final de la jornada, sacaba sus apuntes y les daba un vistazo.”

El contacto con los jóvenes estudiantes de Fuentes, que cursan los estudios de bachiller en el colegio salesiano de Utrera, influye poderosamente para que se decida a hacerse sacerdote. Indudablemente que, por parte de don Juan Bautista Jiménez entre el “rosa-ae” y el verbo “audio” intencionadamente intercala algún episodio de la vida de Don Bosco.

Todo eso es el mundo de don Ildefonso en estos años; todo lo demás no es su mundo, porque no es importante lo que le rodea. Don Ildefonso tiene al mundo en su mano y comienza a comprobar que puede abrirlo, como lo haría un San Antonio, con franciscana prestidigitación.

Llega la hora de alistarse en el ejército sin haber podido pisar los umbrales del Seminario sus servicios en Sevilla, en el Regimiento de Granada nº 34, por los años 1921 y 1922. También tiene que atravesar el estrecho. Toma parte en la ocupación del monte Gurugú de Melilla.Del servicio militar le queda una huella profunda que configura su personalidad: el interés por los reclutas y, sobre todo por los soldados fontaniegos, hasta el punto que tomarlo como una de sus actividades predilectas, llegándole a llamar “el Cura de los soldados”.

Don Ildefonso, que ha tenido el poder de penetrar las cosas desde siempre, comienza a penetrarse en el Seminario. Al licenciarse vuelve a Fuentes y habla con el párroco del pueblo, ya habían cambiando al anterior, ahora era don Manuel González López, al que llamaban “el Cura Marta” y que le anima para que vuelva a Sevilla para cursar los primeros cursos de Humanidades en el seminario sevillano. Pero su opción por los niños le lleva al colegio salesiano de Cádiz, en 1924, donde completa su formación humanística. Previamente ha entregado a sus propios hermanos las tierras heredadas de sus padres.

Es aquí donde el cura don Ildefonso comienza a encontrar lo que buscaba: la expresión de las gentes sencillas. En los niños que juegan al corro, en las vecinas que van a misa, en los labradores, en los cabreros, en las gentes sencillas. Cuando logró aprisionar esta expresión, ya no la suelta nunca, porque alguien tan sencillo como él sabrá que es ahí donde está la Verdad.
Ingresa en el Noviciado de San José del Valle el miércoles 1 de septiembre de 1926, emitiendo los primeros Votos el lunes 12 del mismo mes de 1927. Pero, si las crónicas no fallan, la investidura clerical tiene lugar en Cádiz dos días antes de su ingreso en el Noviciado. El bienio de estudios filosóficos en la misma casa del Valle, pasando a continuación a Córdoba como trienal, donde le visita su padre.

Sólo son necesarios cuatro años para que él vea clara su vocación y se consagra a perpetuidad el lunes 8 de septiembre de 1930.

Para cursar los estudios teológicos se traslada a Carabanchel Alto (Madrid). Son los difíciles años de la República.

En una población pequeña, como la de Fuentes, el espíritu salesiano se hace sentir fuertemente En el años 1929, llegaron los salesianos a Fuentes y organizaron: novenas, procesiones, fiestas salesianas, torneos de fútbol, teatro, paseos... En Fuentes arraigó profundamente la devoción a María Auxiliadora. En mayo de 1930, don Ildefonso vuelve a Fuentes porque se va a bendeci una imagen de María Auxiliadora, hecha en el taller de la Trinidad por el Sr. Alarcón, regalo de la fundadora, María de los Ángeles Sevilla y Fernández de Peñaranda. La novena está totalmente abarrotada de público y durante la procesión todos los vecinos de Fuentes acompañan a la Virgen en la calle. También se entroniza un cuadro de, san Juan Bosco, pintado por don Luis Carrillo Bastos (alcalde de Fuentes en el 1923, durante la dictadura de Primo de Rivera), donación hecha por la vecina de Fuentes, doña Rosario Ruiz Ramos.

La tonsura la toma don Ildefonso de manos del obispo de Madrid-Alcalá, doctor don Leopoldo Eijo Garay y del obispo de Málaga don Manuel González García, amigo y maestro de don Ildefonso, que recibe las órdenes menores y mayores el domingo 16 de junio de 1935.
Ordenado ya de presbítero, se dirige a Fuentes de Andalucía para cantar la Primera Misa. En un recordatorio dice:“El sábado 29 de junio de 1935, en la iglesia de los Padres Salesianos de Fuentes de Andalucía, asistido por el M. Rvdo. Don Sebastián M. Pastor (director del Hogar San Fernando, en Sevilla), ocupará la sagrada cátedra el R. P. Ildefonso Gómez Urbán. Será apadrinado por sus padres”.

Por el camino le comunican el fallecimiento de su querido padre, Alfonso Gómez. Los ornamentos blancos cambian de color y la velada-homenaje compuesta de siete números se suprime.


ALBÚM DE FOTOS

Don Ildefonso Gómez (derecha) con su padre en Córdoba, en el año 1929.

Don Ildefonso en Málaga, estudiando, cuyo maestro y amigo era don Manuel Gónzalez García, en el año 1931.

Don Ildefonso Gómez Urbán, niño.

Sábado 29 de junio de 1935, después de decir su primera misa en Fuentes.
Estampa de recordatorio de la primera misa de don Ildefonso en Fuentes.

Don Ildefonso en el día de su ordenación como presbístero.

Don Ildefonso cuando ingreso en el Noviciado de San José del Valle en el año 1926.



LA SOMBRA DEL VIUDO

De todas las amigas que he tenido, ella era la más guapa, sin lugar a dudas. Siempre lo pensé, porque nosotros los chicos, la mirábamos más que a ninguna, cuando paseábamos por la calle Mayor, arriba y abajo, desde el cine Avenida hasta la Alameda, entre risas, pipas, codazos, carreras y piropos. Morena de piel, alegre como una rosa, con carbones encendidos que le quemaban su boca, moreno su cabello rizado y de ojos grandes y verdes, como dos sorpresas que daba gusto contemplar. Eso sí, en cuestión de cariño, a los mocitos de Fuentes nos tenía a raya, sabía darnos desplantes. Los chicos decíamos que se lo tenía algo creído, y no era para menos. Desde luego, caminaba como quien va diciendo: “Aquí voy yo”.Contoneando sus hermosas caderas, sin exageraciones, pero contoneándose. Nosotros, los amigos, le contábamos los pretendientes y no nos alcanzaban los dedos de las dos manos. Tuvo algunos como:
Juan Miguel Pajashosho, le pusimos ese mote porque su padre le compró un sombreo de ala ancha, hecho con palma de altramuces, y ya se sabe que en Fuentes a los altramuces se les denomina chochitó; y siempre nos solía decir:
—Tengo un sombreo de pajashosho.
Ocehito “el cura”, había sido seminarista en el Puerto de Santa María, pero se había salido por golfo, hoy día es un político de renombre.
Rafael “el Fali”, que trabajaba en una santería y olía a velas en cuanto uno se acercaba a él.
“Maholillo el novillero”, sin fortuna alguna, se juntó con uno de La Campana, que más tarde triunfaron siendo banderilleros de Paco Camino.
El pequeño de los Puertamonte, que ya ni me acuerdo de cómo se llamaba. Y yo, que también le tiré los tejos y no sigo, porque tampoco es cuestión de cansar al personal.
Muchos pretendientes tenía Rosario; que se llamaba Rosario, como la patrona de Fuentes y le sentaba el nombre como le sentaban las faldas de tubo y los conjuntos de orlón.
Pero se puso la vida a pasar muy deprisa, y todos aquellos moscones, nos fuimos a posar en otras mieles, cansados de volar en torno a nuestra amiga Rosario: una ansiosa que se había acostumbrado al corro de admiradores, y ya no se conformaba con uno solo. Las amigas le empezaron a aconsejar, para que se echara algún mocito como pretendiente, pero cuando se dieron cuenta, se le estaba pasando la vida, como si el Olimpo fuera una finquita suya particular. ¡Qué Rosario!
Así que, se le fueron descolgando los encantos y, cuando quiso darse cuenta, todos los de la pandilla nos habíamos ido casando, los amigos y las amigas, menos ella. Su abuela ya lo vio. Como las abuelas suelen ser muy refraneras, le dijo varias veces lo de: “Que la suerte de la fea, la guapa la desea”. Y otras sugerencias así de poco sutiles. Eso la mató.
Bueno, morirse, morirse, no se murió del todo, aunque sí para el mundo, porque fue por entonces cuando a Rosario le dio por un misticismo galopante, y llegó a pedir la admisión en una ermita con la fachada pintada de albero. Lo hizo como quien dice a los hombres: “Sois poco para mí, me veréis pero no me cataréis”.
Y me parece que así no se puede ir a la congregación, cuyos miembros la devolvieron a la casa paterna al cabo de un año, un poco más pálida y con ojera de color lirio morao.
Consternación sentimos en Fuentes cuando nos dimos cuenta de que aquella muchacha cascabelera y hermosísima se había convertido en una soltera mustia, dedicada al cuidado de sus sobrinos, al riego y poda de los geranios y de las gitanillas de sus dos balcones, y a poco más. Que solo el aire por la noche era quien la acompañaba en sus paseos nocturnos. De nada sirvieron las últimas recomendaciones de su abuela, los consejos de sus padres y las cartitas del último pretendiente por correspondencia que puso cerco a su soltería, empeñado en llevarla al altar. Tampoco las llamadas de sus amigos y de sus amigas, que íbamos a Fuentes de vacaciones en los meses de julio y agosto. Porque ya la pandilla se había disuelto, cada cual se había ido por su cuenta y algunos incluso nos habíamos emigrado de nuestro Fuentes, para trabajar en otras tierras.
Pero mi mujer y yo, siempre que veníamos a Fuentes nos llegábamos a casa de Rosario, y ella siempre encontraba disculpa para no salir aquella noche ni la siguiente, nos pusiéramos como nos pusiéramos.
— ¡Que no, ea! Que tengo mucho que hacer y no tengo tiempo, además tengo que darle la cena a mi padre. Y por la mañana quiero llevar a mis sobrinos a la piscina a los curso de natación —decía Rosario, cuando nos pasábamos de rosca en la insistencia.
Si digo que colgó el vestido de faralaes con bolitas de naftalina, y dobló entre papeles de seda la mantilla grande de las procesiones, y el disfraz del carnaval, ya estoy diciendo que se retiró de la romería de María Auxiliadora, de la feria de agosto, del carnaval y de la Semana Santa, y no creo que haga falta añadir más. La dejamos por imposible los amigos y las amigas.
Habían pasado diez años, por lo menos, que hasta los sobrinos dejaron de ser los niños de la tía Rosario, cuando me la encontré una tarde en la terraza del bar Virginio, yo salía de la “Tienda de la Esquina” de comprar unas hamburguesas de pollo para llevármela a casa. Sus ojos seguían siendo verdes, pero hay verdes y verdes, que también es verde la aceituna, y no se puede ni comparar con el verde de la esmeralda. Nos quedamos mirando uno a la otra, calibrando lo que la vida había hecho con nosotros, que es una manera de mirarse muy de amigos que no se han visto en tanto tiempo. Le conté que había vivido en Málaga, allá por calle Mármoles, unos añitos. Una verdad a medias que suavizaba nuestro despego. En esa ocasión me habló con soltura, mirándome a los ojos mientras daba vueltas a una sortija de oro. Me lo dijo desafiante, como quien dice algo que va a causar sorpresa:
—Oyeeeeee, que me caso.
Y alargó la mano de la sortija, para reafirmar:
—Me la ha regalado él.
Qué ganas me entraron de preguntar quién era él, pero me contuve.
Rosario no tardó en aclarar que era un viudo sin hijos que trabajaba en Sevilla y venía a Fuentes todos los fines de semana.
— ¡Ay, pues qué bien! —Le dije—; no sabes lo que me alegro Rosario.
Y me alegré bastante.
Fue sustancioso lo de ir contando a mi mujer, que Rosario se casaba con un viudo de Sevilla; que sí, que ya, que no es lo mismo que un soltero de Fuentes, pero a estas alturas del calendario no se puede elegir.
Mi mujer se lo contó a las amigas y yo se lo comenté a nuestros amigos. De verdad que no sabíamos más; que preguntaran ellas. Y les conté a los amigos, lo de la sortija de oro. Y que no, que no me había fijado si era de oro del bueno o de otro metal bañado en oro. Vaya guasa que gastaban. Y, como nos comía la curiosidad, a los chicos y a las chicas, anduvimos ojo avizor para poner nota al novio tardío. Y siempre nos salía la misma pregunta:
“¿Por qué no lo lucía por Fuentes?”. Porque a los novios, igual que a las novias, hay que lucirlos. El primero en encontrarlo tenía que dar el parte a los demás. ¿Dónde se metía la pareja? Era un misterio. Ni en la Alameda ni en la discoteca “Silvia”, ni en la misa de la parroquia, la de las ocho. Tampoco paseando por las calles, como antaño, o en los salones de los bares, que hasta a algunos llegamos a mirar, aunque lo de tomar una cerveza en todo los bares se nos iba del presupuesto a casi todos. Como Fuentes no es tan grande, pensábamos que el viudo invisible estaría a punto de aparecer, pero en dos años, por lo menos, ninguno le llegamos a ver. Y digo lo de los dos años, porque habría pasado ese tiempo cuando la noticia de la muerte de Rosario nos sacudió a los antiguos miembros de la pandilla, como un viento de remordimientos: “¿No la habíamos dejado demasiado sola?”.
Alguien aseguraba que se había muerto de melancolía, aunque luego supimos que fue del corazón. Pobre Rosario. Se celebró un funeral de cuerpo presente en la parroquia de Fuentes, la de Santa María la Blanca, esa que ahora está medio derrumbada, pero que los fontaniegos la vamos a poner en pie ya.
Los que fuimos sus amigos, los que paseábamos por la calle Mayor desde el cine Avenida hasta la Alameda, arriba y abajo, cuando ella era la más guapa de Fuentes, acudimos de luto, del brazo de nuestras respectivas parejas, a rezar por Rosario. Le pusieron un crespón en el “Hogar del pensionista” y en sus dos balcones de geranios y gitanillas.
Coincidimos en los primeros bancos, y se nos iban los ojos casi todo el tiempo hacia la derecha, que era el lado del duelo de los hombres, buscando al invisible viudo de Sevilla, el de la sortija de oro. Allí estaba el padre, su hermano José Ángel, los cuatros sobrinos mayores. Y me dio por buscar a hombres solos y tristísimos, con pinta de viudo, que siguieran el funeral de Rosario detrás de una columna, con el romántico y desinteresado propósito de preguntarle si vivía en Sevilla. De saberlo, a mi mujer, le hubiera dado un soponcio, seguro, porque las mujeres están llenas de escrúpulos y son muy cotillas para estas cosas, pero era insoportable que Rosario se hubiese llevado el misterio a la eternidad. Y, para evitar tensiones, le susurré a mi mujer que me iba a la calle, al paseito de la Plancha, hinqué la rodilla en el pasillo central, y, en medio de un responso salpicado de rescantimpacen y olor a incienso, avancé hacia la puerta. Pero lo pensé mejor y me di un paseo por la iglesia y peiné con estos ojitos diez o doce columnas, y hasta el ábside. Nada; ni un miserable viudo que llorara a Rosario como a ella le hubiera gustado.
Doblaban las campanas cuando acabó el funeral, igual que si se hubiera muerto la Reina de España. Eso me lo imaginé yo, pero es verdad que doblaban con sentimiento, y el aire olía a lirios tronchados y a pena honda e irremediable.
Me acerqué al hermano de Rosario en el atrio de la iglesia, y se lo pregunté, sin que me oyeran:
—José Ángel ¿y el novio de Rosario?
Palideció, luego se sonrojó, agachó la cabeza y se derrumbó en el banco de la parroquia para responderme con otra pregunta:
— ¿Qué novio?
No les dije nada a los otros, ni a mi mujer siquiera; no me dio la gana: eso quedaba entre Rosario y yo. Y, además, tampoco estoy muy seguro, porque los hombres somos tan despistados que faltamos a algunas citas.



NOTA.- El contenido de las fotos no tiene que ver nada con el relato.