De todas las amigas que he tenido, ella era la más guapa, sin lugar a dudas. Siempre lo pensé, porque nosotros los chicos, la mirábamos más que a ninguna, cuando paseábamos por la calle Mayor, arriba y abajo, desde el cine Avenida hasta la Alameda, entre risas, pipas, codazos, carreras y piropos. Morena de piel, alegre como una rosa, con carbones encendidos que le quemaban su boca, moreno su cabello rizado y de ojos grandes y verdes, como dos sorpresas que daba gusto contemplar. Eso sí, en cuestión de cariño, a los mocitos de Fuentes nos tenía a raya, sabía darnos desplantes. Los chicos decíamos que se lo tenía algo creído, y no era para menos. Desde luego, caminaba como quien va diciendo: “Aquí voy yo”.Contoneando sus hermosas caderas, sin exageraciones, pero contoneándose. Nosotros, los amigos, le contábamos los pretendientes y no nos alcanzaban los dedos de las dos manos. Tuvo algunos como:Juan Miguel Pajashosho, le pusimos ese mote porque su padre le compró un sombreo de ala ancha, hecho con palma de altramuces, y ya se sabe que en Fuentes a los altramuces se les denomina chochitó; y siempre nos solía decir:
—Tengo un sombreo de pajashosho.
Ocehito “el cura”, había sido seminarista en el Puerto de Santa María, pero se había salido por golfo, hoy día es un político de renombre.
Rafael “el Fali”, que trabajaba en una santería y olía a velas en cuanto uno se acercaba a él.
“Maholillo el novillero”, sin fortuna alguna, se juntó con uno de La Campana, que más tarde triunfaron siendo banderilleros de Paco Camino.
El pequeño de los Puertamonte, que ya ni me acuerdo de cómo se llamaba. Y yo, que también le tiré los tejos y no sigo, porque tampoco es cuestión de cansar al personal.
Muchos pretendientes tenía Rosario; que se llamaba Rosario, como la patrona de Fuentes y le sentaba el nombre como le sentaban las faldas de tubo y los conjuntos de orlón.
Pero se puso la vida a pasar muy deprisa, y todos aquellos moscones, nos fuimos a posar en otras mieles, cansados de volar en torno a nuestra amiga Rosario: una ansiosa que se había acostumbrado al corro de admiradores, y ya no se conformaba con uno solo. Las amigas le empezaron a aconsejar, para que se echara algún mocito como pretendiente, pero cuando se dieron cuenta, se le estaba pasando la vida, como si el Olimpo fuera una finquita suya particular. ¡Qué Rosario!
Así que, se le fueron descolgando los encantos y, cuando quiso darse cuenta, todos los de la pandilla nos habíamos ido casando, los amigos y las amigas, menos ella. Su abuela ya lo vio. Como las abuelas suelen ser muy refraneras, le dijo varias veces lo de: “Que la suerte de la fea, la guapa la desea”. Y otras sugerencias así de poco sutiles. Eso la mató.
Bueno, morirse, morirse, no se murió del todo, aunque sí para el mundo, porque fue por entonces cuando a Rosario le dio por un misticismo galopante, y llegó a pedir la admisión en una ermita con la fachada pintada de albero. Lo hizo como quien dice a los hombres: “Sois poco para mí, me veréis pero no me cataréis”.
Y me parece que así no se puede ir a la congregación, cuyos miembros la devolvieron a la casa paterna al cabo de un año, un poco más pálida y con ojera de color lirio morao.
Consternación sentimos en Fuentes cuando nos dimos cuenta de que aquella muchacha cascabelera y hermosísima se había convertido en una soltera mustia, dedicada al cuidado de sus sobrinos, al riego y poda de los geranios y de las gitanillas de sus dos balcones, y a poco más. Que solo el aire por la noche era quien la acompañaba en sus paseos nocturnos. De nada sirvieron las últimas recomendaciones de su abuela, los consejos de sus padres y las cartitas del último pretendiente por correspondencia que puso cerco a su soltería, empeñado en llevarla al altar. Tampoco las llamadas de sus amigos y de sus amigas, que íbamos a Fuentes de vacaciones en los meses de julio y agosto. Porque ya la pandilla se había disuelto, cada cual se había ido por su cuenta y algunos incluso nos habíamos emigrado de nuestro Fuentes, para trabajar en otras tierras.
Pero mi mujer y yo, siempre que veníamos a Fuentes nos llegábamos a casa de Rosario, y ella siempre encontraba disculpa para no salir aquella noche ni la siguiente, nos pusiéramos como nos pusiéramos.
— ¡Que no, ea! Que tengo mucho que hacer y no tengo tiempo, además tengo que darle la cena a mi padre. Y por la mañana quiero llevar a mis sobrinos a la piscina a los curso de natación —decía Rosario, cuando nos pasábamos de rosca en la insistencia.
Si digo que colgó el vestido de faralaes con bolitas de naftalina, y dobló entre papeles de seda la mantilla grande de las procesiones, y el disfraz del carnaval, ya estoy diciendo que se retiró de la romería de María Auxiliadora, de la feria de agosto, del carnaval y de la Semana Santa, y no creo que haga falta añadir más. La dejamos por imposible los amigos y las amigas.Habían pasado diez años, por lo menos, que hasta los sobrinos dejaron de ser los niños de la tía Rosario, cuando me la encontré una tarde en la terraza del bar Virginio, yo salía de la “Tienda de la Esquina” de comprar unas hamburguesas de pollo para llevármela a casa. Sus ojos seguían siendo verdes, pero hay verdes y verdes, que también es verde la aceituna, y no se puede ni comparar con el verde de la esmeralda. Nos quedamos mirando uno a la otra, calibrando lo que la vida había hecho con nosotros, que es una manera de mirarse muy de amigos que no se han visto en tanto tiempo. Le conté que había vivido en Málaga, allá por calle Mármoles, unos añitos. Una verdad a medias que suavizaba nuestro despego. En esa ocasión me habló con soltura, mirándome a los ojos mientras daba vueltas a una sortija de oro. Me lo dijo desafiante, como quien dice algo que va a causar sorpresa:
—Oyeeeeee, que me caso.
Y alargó la mano de la sortija, para reafirmar:
—Me la ha regalado él.
Qué ganas me entraron de preguntar quién era él, pero me contuve.
Rosario no tardó en aclarar que era un viudo sin hijos que trabajaba en Sevilla y venía a Fuentes todos los fines de semana.
— ¡Ay, pues qué bien! —Le dije—; no sabes lo que me alegro Rosario.
Y me alegré bastante.
Fue sustancioso lo de ir contando a mi mujer, que Rosario se casaba con un viudo de Sevilla; que sí, que ya, que no es lo mismo que un soltero de Fuentes, pero a estas alturas del calendario no se puede elegir.
Mi mujer se lo contó a las amigas y yo se lo comenté a nuestros amigos. De verdad que no sabíamos más; que preguntaran ellas. Y les conté a los amigos, lo de la sortija de oro. Y que no, que no me había fijado si era de oro del bueno o de otro metal bañado en oro. Vaya guasa que gastaban. Y, como nos comía la curiosidad, a los chicos y a las chicas, anduvimos ojo avizor para poner nota al novio tardío. Y siempre nos salía la misma pregunta:“¿Por qué no lo lucía por Fuentes?”. Porque a los novios, igual que a las novias, hay que lucirlos. El primero en encontrarlo tenía que dar el parte a los demás. ¿Dónde se metía la pareja? Era un misterio. Ni en la Alameda ni en la discoteca “Silvia”, ni en la misa de la parroquia, la de las ocho. Tampoco paseando por las calles, como antaño, o en los salones de los bares, que hasta a algunos llegamos a mirar, aunque lo de tomar una cerveza en todo los bares se nos iba del presupuesto a casi todos. Como Fuentes no es tan grande, pensábamos que el viudo invisible estaría a punto de aparecer, pero en dos años, por lo menos, ninguno le llegamos a ver. Y digo lo de los dos años, porque habría pasado ese tiempo cuando la noticia de la muerte de Rosario nos sacudió a los antiguos miembros de la pandilla, como un viento de remordimientos: “¿No la habíamos dejado demasiado sola?”.
Alguien aseguraba que se había muerto de melancolía, aunque luego supimos que fue del corazón. Pobre Rosario. Se celebró un funeral de cuerpo presente en la parroquia de Fuentes, la de Santa María la Blanca, esa que ahora está medio derrumbada, pero que los fontaniegos la vamos a poner en pie ya.
Los que fuimos sus amigos, los que paseábamos por la calle Mayor desde el cine Avenida hasta la Alameda, arriba y abajo, cuando ella era la más guapa de Fuentes, acudimos de luto, del brazo de nuestras respectivas parejas, a rezar por Rosario. Le pusieron un crespón en el “Hogar del pensionista” y en sus dos balcones de geranios y gitanillas.
Coincidimos en los primeros bancos, y se nos iban los ojos casi todo el tiempo hacia la derecha, que era el lado del duelo de los hombres, buscando al invisible viudo de Sevilla, el de la sortija de oro. Allí estaba el padre, su hermano José Ángel, los cuatros sobrinos mayores. Y me dio por buscar a hombres solos y tristísimos, con pinta de viudo, que siguieran el funeral de Rosario detrás de una columna, con el romántico y desinteresado propósito de preguntarle si vivía en Sevilla. De saberlo, a mi mujer, le hubiera dado un soponcio, seguro, porque las mujeres están llenas de escrúpulos y son muy cotillas para estas cosas, pero era insoportable que Rosario se hubiese llevado el misterio a la eternidad. Y, para evitar tensiones, le susurré a mi mujer que me iba a la calle, al paseito de la Plancha, hinqué la rodilla en el pasillo central, y, en medio de un responso salpicado de rescantimpacen y olor a incienso, avancé hacia la puerta. Pero lo pensé mejor y me di un paseo por la iglesia y peiné con estos ojitos diez o doce columnas, y hasta el ábside. Nada; ni un miserable viudo que llorara a Rosario como a ella le hubiera gustado.
Doblaban las campanas cuando acabó el funeral, igual que si se hubiera muerto la Reina de España. Eso me lo imaginé yo, pero es verdad que doblaban con sentimiento, y el aire olía a lirios tronchados y a pena honda e irremediable.
Me acerqué al hermano de Rosario en el atrio de la iglesia, y se lo pregunté, sin que me oyeran:
—José Ángel ¿y el novio de Rosario?
Palideció, luego se sonrojó, agachó la cabeza y se derrumbó en el banco de la parroquia para responderme con otra pregunta:
— ¿Qué novio?
No les dije nada a los otros, ni a mi mujer siquiera; no me dio la gana: eso quedaba entre Rosario y yo. Y, además, tampoco estoy muy seguro, porque los hombres somos tan despistados que faltamos a algunas citas.
NOTA.- El contenido de las fotos no tiene que ver nada con el relato.
1 comentario:
me ha encantado la historia, algún día me dirás en privado quien era esa mujer paco, y que bonita narración.
un saludo
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