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10 junio 2008

DON PEDRO GIL DE LA SIERPE Y ROMERO


Don Pedro Gil de la Sierpe y Romero "Tesorero de la Corona en Acapulco"

Hace unos años recibí un correo de Sebastián Reyes Egea, en el cual me facilitaba la dirección de una página Web. El hallazgo del correo y de la dirección no me sorprendió, porque se que en informática Sebastián Reyes Egea es un genio. Gracias, Sebastián, por tu ayuda. A raíz de esta página he ido buscando hasta poner en claro algo, sobre un nuevo personaje nacido en Fuentes y que llegó a ser un personaje internacional. La página sobre la que nos informó Sebastián Reyes Egea es:
http://www.andalucia.cc/sierpe/mexico/mexcapitulotres.htm
El caballero portugués don Pedro Rodrigo Méndez Silva, genealogista, geógrafo y cronista de Felipe IV, iniciaba en 1634, la confección de una inmensa obra terminada once años más tarde y titulada: “Población general de España: sus trofeos, blasones y conquistas heroycas, descripciones agradables”, editado en Madrid, en el año 1645, hace la siguiente descripción de Fuentes:
«Plantada en un llano, quatro legua de Ecija esta la villa de Fuentes, fertilísima de pan, vino, azeyte y frutas; con habitación de setezientos vezinos, una parroquia, y un convento de frailes Mercenarios, y otro de monjas de la misma orden.
Haze por armas las de sus dueños, en escudo azul cinco flores de lis doradas y las calderas de Guzmán jaqueadas de oro, y roxo a la orla.
Fue poblada en el«Plantada en un llano, quatro legua de Ecija esta la villa de Fuentes, fertilísima de pan, vino, azeyte y frutas año de 1375 por un caballero, de nación francés, que vino a España acompañando a Monsen Beltrán de Claquin Gran Condestable de aquel Reyno, en servicio del Rey don Enrique el Segundo de Castilla, contra el Rey don Pedro su hermano, donde tomo principio la casa solar de Fuentes. Escobeca del Marquesado, cuyo titulo dio el Rey don Felipe el Terzero a don Gómez de Fuentes y Guzmán».

Nace don Pedro Gil de la Sierpe y Romero, en Fuentes de Andalucía, sobre el año 1640 aproximadamente, según el Archivo General de Indias.
Hijo legítimo de don Juan Gil de la Sierpe y Vargas y doña Catalina Rodríguez Romero, fue bautizado en Fuentes de Andalucía, según consta en el folio 30 del libro de bautismo número siete de la parroquia. Al parecer el matrimonio tuvo otra hija a la que pusieron el nombre de la madre: Catalina, nacida en el 1645 aproximadamente, también en Fuentes de Andalucía, muriendo en México en el año 1710. El lunes 12 de noviembre de 1668, contrajo casamiento con don Juan de Mesa Cervantes en la Catedral de la Ciudad de México.

Don Pedro Gil de la Sierpe y Romero, es sobrino de don Álvaro Gil de la Sierpe de Vall, doctor en Leyes, Oidor de la Real Audiencia de Canarias y Alguacil Mayor de la Casa de Contratación de Sevilla. También es primo de don Juan Antonio Romero de la Sierpe, capitán de la galeota “Santa Elvira” que transporta al jesuita Juan María Salvatierra a la Baja California en 1697, lo deja en la bahía de San Dionisio y el sábado 25 de octubre de 1697, funda “El Real de Loreto” y la misión de “Nuestra Señora de Loreto Conchó”, cabeza de todas las misiones de la alta y baja California.

Don Pedro Gil de la Sierpe y Romero, es nieto del Licenciado don Diego Gil de la Sierpe y Díaz de Liaño, caballero de Cádiz y uno de los rehenes de Robert Devereux, conde de Essex. Oidor de la Real Audiencia de Santo Domingo, Gobernador y Capitán General de Venezuela.
En el año de 1652, la familia Gil de la Sierpe y Rodríguez Romero se marcha de Fuentes de Andalucía, pasando a vivir a Nueva España, lo que hoy conocemos como México.

El jueves 3 de febrero de 1669, nuestro personaje, don Pedro Gil de la Sierpe y Romero, se casa con doña Dionisia de la Vera, en la Catedral de Puebla de los Ángeles, en México. La ciudad de Puebla de los Ángeles, que actualmente se llama Puebla de Zaragoza, se encuentra situada entre Ciudad de México y Veracruz, a 120 Km. de México y 300 Km. de Veracruz; su clima es templado y agradable.

Don Pedro Gil de la Sierpe y Romero, en el año 1672 es designado Escribano Real y Notario de las Indias en Nueva España (México). En 1677 es designado Tesorero Real de Veracruz, principal puerto de Nueva España en el Golfo de México. Veracruz fue fundado en 1519 por el conquistador Hernán Cortés.

Los colonos españoles que se establecieron en Veracruz fueron muy pocos, ya que la mayoría prefería el clima templado del altiplano central. El puerto de Veracruz se convirtió en punto de enlace entre España y sus colonias de América

Anualmente llegaba a Veracruz, la Flota de las Indias. El atraque de la Flota era saludado con grandes expresiones de alegría ya que había salido de Sevilla, dos y, a veces, tres meses antes, con el riesgo de ser alcanzado por tormentas o ataques de piratas. Subían a bordo las autoridades locales, don Pedro Gil de la Sierpe Romero y los funcionarios encargados del cobro de impuestos, que examinaban la carga y daban su asentimiento. Luego se daba la orden de entrada en el puerto y a continuación, comenzaba la descarga realizada por interminables hileras de hombres de color con los fardos a la espalda. Usualmente, la Feria de Veracruz duraba un mes. Acudían gentes de todos los sitios para comprar y vender. Se especulaba con todo y en todas partes. En las plazas, en las calles y en el puerto. En la Feria se vendían productos de América, y también mercancías traídas de España, como telas finas de Segovia, paños de Alicante, mantas de Toledo y vino de Andalucía.
Mientras la marinería acudía a sus habituales pulquerías y garitos donde se jugaban fortunas. También, la humedad de Veracruz favorecía el desarrollo de epidemias que diezmaban la población. En el siglo XVIII, las autoridades novo - hispanas decidieron trasladar la Feria a Jalapa, una población distante 16 leguas de Veracruz, pero con un clima más sano.
Del matrimonio de don Pedro Gil de la Sierpe Romero y de doña Dionisia de la Vera nacieron 3 varones: Pablo, Bernardo y Diego.

El primer hijo, Pablo Gil de la Sierpe de la Vera, que nació en el 1672. Y que murió en 1750. En el año 1703 se dicta un auto de la justicia eclesiástica del Arzobispado de México contra Pablo Gil de la Sierpe de la Vera, sobre el cumplimiento de los testamentos de don Pedro Gil de la Sierpe y su esposa doña Dionisia de la Vera. Aparentemente, uno de las labores que realizaba era asistir en el recibo, apresto y despacho de las naos de Filipinas en el puerto de Acapulco. Existe en el Archivo General de Indias una Real Cédula al duque de Linares, virrey de Nueva España, aprobando lo ejecutado por su antecesor el duque de Alburquerque cuando concedió una ayuda de costas a don Pablo Gil de la Sierpe por asistir a don Juan José de Veitia Linaje en el recibo, apresto y despacho de las naos de Filipinas que llegaban al puerto de Acapulco, sin que sirva de precedente, pues las nuevas órdenes y providencias encomiendan esta labor al castellano y oficiales reales de dicho puerto.
El miércoles 30 de agosto de 1679, don Pedro Gil de la Sierpe Romero, bautiza a su primer hijo Bernardo Gil de la Sierpe de la Vera en el Sagrario de la Catedral de México, Cuauhtemoc, México D F.

En el 1682 el matrimonio tuvo su tercer y último hijo al que le pusieron de nombre Diego, como el abuelo de don Pedro. El domingo 16 de septiembre de 1708 contrae matrimonio con María Jacobina Riba de Neira, en la Catedral de Ciudad de México, Asunción, Cuautemoc. Antes de 1711, es designado Alcalde de Tlayapacan. Murió en el año de 1750.
Los hijos son bautizados y contraen matrimonio en la Catedral de México, de donde se deduce que don Pedro Gil de la Sierpe y Romero, y sus descendientes tenían su hogar en Cuauhtemoc, en Ciudad de México D.F.

Incluso, en los últimos años de su vida, a pesar de ser el Tesorero de la Corona en Acapulco, don Pedro vivía en la ciudad de México, ya que el clima de Acapulco lo enfermaba, según relata el jesuita Miguel Venegas en su libro “Noticia de la California”, editado en Madrid, en 1757.

Así, viajaba a Acapulco sólo cuando era necesario, por sus funciones de Tesorero de la Corona, para atender el atraque, llegada y reparaciones del Galeón de Manila y, en sus últimos años, para enviar desde Acapulco los barcos con ayudas y provisiones para el padre Juan María Salvatierra, a sus Misiones de la Península de California.

En 1681 don Pedro es designado Tesorero Real y Factor de la Caja de Acapulco. El Puerto de Acapulco era el más importante de Nueva España ubicado en la costa del Océano Pacífico, a 350 Km. de Ciudad de México.


En 1694, una Real Cédula ordena que el Factor de la Real Caja de México remita diecisiete mil esclavos de diferente sexos a don Pedro Gil de la Sierpe Romero, para la reparación de la nao, que en realidad era un galeón “Galeón de Manila” que se espera de Filipinas, de unas 500 a 1.500 toneladas, que hacía la ruta Manila-Acapulco transportando una mercancía muy costosa, valorada entre 300.000 y 2.500.000 pesos. Iba mandada por el comandante o general y llevaba una dotación de soldados. Solían viajar también numerosos pasajeros, que podían ayudar en la defensa. En total iban unas 250 personas a bordo.

En su carácter de Tesorero de la Corona y Factor de las Cajas Reales de Acapulco, don Pedro Gil de la Sierpe y Romero tenía una estrecha responsabilidad en relación con el “Galeón de Manila”, ya sea en el apresto de la nave para su viaje anual a las Filipinas, como también en la reparación de la nao a su regreso a Acapulco. Aparentemente, también debía controlar las mercancías que eran almacenadas y descendidas por la nao hacia y desde las Filipinas.

En 1965, una Real Cédula relata el Informe de don Pedro Gil de la Sierpe y Romero, sobre los cien pesos que gastó en bastimento el capitán don Fermín de Olavarría, para la alimentación de la marinería del balandro de Pedro Torres.

En 1697 y años siguientes, apoya financieramente y con barcos la expedición del jesuita Juan María de Salvatierra a la Baja California.
El padre Juan María Salvatierra, visitador de las Misiones de Sinaloa y Sonora, al norte de Nueva España, es convencido por el padre Kino respecto a la necesidad de fundar misiones en California. Así, el padre Salvatierra solicita visado, para realizar nuevas expediciones a California, pero encuentra la oposición de sus superiores de la orden, de la Audiencia de Guadalajara y del propio Virrey de Nueva España.

El padre Juan María de Salvatierra, insiste, por varios años, en su idea con obstinación, hasta que, en 1697, es autorizado para organizar una expedición siempre que no afecte las Flotas ni el Tesoro de la Corona española.
En Ciudad de México, el padre Salvatierra apoyado por el padre Juan de Ugarte inicia la recolección de fondos para montar la expedición.

A pesar de que muchos consideraban absurda la idea, el padre Salvatierra encuentra financiación en don Alonso Dávalos, Conde de Miravalles; don Mateo Fernández de la Cruz “Marqués de Buena Vista”, juntaron con otros 17.000 pesos. El vecino de Querétaro, don Juan Caballero de Ozio, contribuyó con 20.000 pesos; la Congregación de los Dolores, de México, con 10.000 pesos y el fontaniego, don Pedro Gil de la Sierpe Romero, Tesorero de la Corona en Acapulco ofreció una lancha grande y una galeota de transporte. Más adelante ayudó también el marqués de Villa Puente.

Don Pedro Gil de la Sierpe Romero, entusiasmado con la idea, además del suministro de fondos, les facilita la galeota, “Santa Elvira”, con su tripulación completa para transportar la expedición a las Californias, además de una barca grande llamada “Nuestra Señora del Rosario”, nombre que le puso por ser la patrona de su pueblo natal: Fuentes de Andalucía.

La acogida y ayuda que don Pedro hizo al padre Juan María Salvatierra aparece, detalladamente descrita por el jesuita Miguel Venegas, en su obra “Noticias de la California”, editada en Madrid, en 1757, la obra está basada en las propias cartas escritas por el padre Juan María Salvatierra y en que aparecen, incluso, curiosamente, algunos párrafos de una carta enviada por el propio don Pedro Gil de la Sierpe Romero al jesuíta Juan María Salvatierra, el martes 14 de octubre de 1698.

Dado lo interesante y sorprendente de este relato, he estimado conveniente incluir textualmente la descripción que hace el jesuita don Miguel Venegas, utilizando la ortografía original:
"Entró un día el padre Salvatierra a pedir su limosna en casa de don Pedro Gil de la Sierpe y Romero, Thesorero de las Cajas Reales de Acapulco, a quien el padre hasta entonces no conozía, y a penas le declaró la pretenzión en que andaba, y para cuya execuzión pedía limosna, lebantándose el buen Cavallero de la silla en que estaba se abraxó con el padre, y sin hablar palabra, manifestó con muchas lágrimas la ternura, y goxo, que le quausaba aquella noticia para él tan deseada.
Recobrado después de aquel vehemente repentino afexto, que le havía embargado las palabras, le dixo, que todo aquel año havían sido vehementes sus desseos de que abriesse la puerta para la Conquista de la California tantas vezes malograda. Añadióle, que en el Puerto de Acapulco tenía una galeota llamada Santa Elvira, que aunque estaba muy vieja y podrida le había ordenado el Señor Virrey Conde de Galve, que procurara darle alguna carena para que pudiera servir siquiera otro año, pero que antes de poner mano a la obra, ella misma estaba tal, que se fue a fondo en el mar dentro del Puerto. Y aunque los Oficiales Reales, le resistían, porque les pazecía, que sería un gasto inútil, sin embargo el (don Pedro Gil de la Sierpe Romero) con una zelosa, y santa resolución, y sin saber lo que decía dio orden que la galeota se sacasse del agua, y se aderezasse, diciendo:
—Vayan, saquenla, y aderezanla, porque en ella ha de entrar la Fe en la California.
No sabía don Pedro [Gil de la Sierpe Romero] cuando esto suzedió la pretensión del padre Juan María, y assí fue excesivo el gozo que tubo con la noticia que el padre le dio, y prometió ayudarle quanto pudiese en sus intentos, y le aseguró el uso de la galeota, que de hecho a diligencias, e instancias suyas se había sacado del mar, y se havía compuesto, y aderezado de fuerte, que podría servir para la conducción de los víveres, y demás cosas necessarias en la California, y assí sucedió por algunos años. Y es muy digno de notar que mientras sirvió para esto anduvo sana, y segura la galeota. Pero quando después de la muerte de don Pedro, la negaron los Oficiales Reales, por concederla a los que iban al busseo de las perlas, ella por si misma se volvió a lo profundo del mar, sin que pudiesse ya servir.
Fuera de esta galeota endonó este piadoso Cavallero [Gil de la Sierpe Romero] al padre Salvatierra un barco grande que tenía nombrado san Fermín, y dos lanchas, una grande con el nombre de san Xavier, y otra pequeña con el nombre de Nuestra Señora del Rosario, en honor a la patrona del pueblo natal del señor don Pedro Gil de la Sierpe Romero. Y el costo de las tres embarcaciones, y otras alhajas, que dio, y socorros que hizo a la Misión de la California, se avaluó en más de 25.000 pesos. A esto añadió el costear de su bolsa el sueldo de uno de los cinco soldados, que llevase de escolta el padre Salvatierra. Y porque se conozca la grande piedad, y fervoroso afecto de este Cavallero, no me ha parecido dexar de poner una cláusula de Carta suya al padre Juan María, con fecha de 14 de octubre de 1698, y dice assí:
— No me olvido de lo que le dixe a V.R. quando le di el ultimo abrazo, que para esta obra pediría yo limosna. Y assí nada me queda, sino de hablar de las Californias, su conversión, y fomento, y nada tengo, que no sea para ellas, y en insinuandolo V.R. vendere la camisa, y de lo contrario haré escrupulo. O Dios ! O mi Padre ! Destruyasse el idolo de las gentes, y viva JESUS, y MARIA, y muera yo en la demanda".

Después del fracaso de veinte expediciones civiles o militares, a veces muy potentes, la armada que había de hacer la conquista espiritual de California estaba compuesta por dos jesuitas, cinco soldados con su cabo, y tres indios, de Sinaloa, Sonora y Guadalajara, más treinta vacas, once caballos, diez ovejas y cuatro cerdos que, por cierto, hubieron éstos de ser sacrificados, pues inspiraban a los indios un terror invencible.

Se puede apreciar en la carta, la entrega personal y el convencimiento que tenía don Pedro Gil de la Sierpe Romero sobre la necesidad de conquistar espiritualmente a las dos California, lo que explica las donaciones y asistencias de toda clase efectuadas al padre Salvatierra para que tuviese éxito en su expedición apostólica, incluso poniendo en riesgo su propia vida.

Cabe destacar, que estas donaciones fueron realizadas a título personal por don Pedro, ya que, como hemos visto, el padre Salvatierra estaba impedido de utilizar naves y fondos de la Corona.
Pero el apoyo de don Pedro no se detuvo allí. El capitán de la galeota “Santa Elvira“ y Comandante de la expedición era nada menos que don Juan Antonio Romero de la Sierpe, primo del benefactor, quien había explorado la costa interior de la Península de California un par de años antes.

Asimismo, don Pedro contrata como contramaestre de la galeota “Santa Elvira”, al excelente marinero genovés, llamado Antonio Justo, que había sido contramaestre de la armadilla de California con la que el almirante Isidro Atondo de Antillón pasó a California en 1683. La fallida expedición colonizadora de Atondo permaneció en la península hasta 1685.

El Virrey de Nueva España, Conde de Moctezuma, acuerda autorizar definitivamente la expedición del padre Salvatierra el 5 de febrero de 1697. El padre Salvatierra debe tomar posesión de los territorios a nombre de Su Majestad y es autorizado para llevar soldados a sus expensas, nombrar su Comandante, dando aviso al Virrey.

El martes 7 de febrero de 1697, el padre Salvatierra abandona Ciudad de México y se dirige al norte, por tierra, hacia Guadalajara, a 500 Km. al NO. para analizar los medios a ocupar en la expedición, más cerca del Río Hiaqui, frente a la parte sur de la Península de California.

Pocos días más tarde, en Acapulco, en febrero de 1697, el Tesorero de la Corona, don Pedro Gil de la Sierpe Romero, se despide de su primo, el capitán don Juan Antonio Romero de la Sierpe quien zarpa al mando de las dos embarcaciones con destino a la desembocadura del río Hiaqui, 1.500 Km. hacia el noroeste, frente al extremo sur de la Península de California. Don Pedro contempla alejarse a sus naves hasta que desaparecen de su vista detrás de los cerros que rodean la cerrada bahía de Acapulco.

El capitán Romero de la Sierpe arriba a la desembocadura del Río Hiaqui a mediados de agosto, y se reúne con el padre Salvatierra, tras siete meses de azarosa navegación desde Acapulco, luego de pasar muchos peligros, casi naufragios y peripecias y con la tripulación a punto de sublevarse, al no encontrar los lugares para la pesca de perlas que se les había prometido que iban a realizar.
Don Juan Antonio Romero de la Sierpe, luego de reparar las naves, permanece dos meses más en el puerto del Río Hiaqui esperando las provisiones provenientes de Nueva Galicia y la escolta de soldados que debía acompañar al padre Salvatierra.

Finalmente, las dos embarcaciones parten hacia las Californias, el día 10 de octubre de 1697, bajo la protección de cinco soldados. Demoran tres días en atravesar el mar interior de California, Mar de Cortés, y desembarcan en la bahía de Concepción, 30 millas al Norte de San Bruno, lugar donde había llegado en su fracasada expedición el Almirante Atondo, al Sur de la Península de California.

Don Juan Antonio Romero de la Sierpe, capitán de la expedición, recomienda un lugar más conveniente que había visto en una exploración que había realizado dos años antes. Este lugar era la Bahía de San Dionisio, a diez leguas de San Bruno. Desembarcan en ese lugar y establecen las habitaciones provisorias de la naciente Misión de Loreto.

Un par de semanas después, el capitán Romero de la Sierpe viaja, al mando de la galeota, de vuelta al puerto de Hiaqui, a buscar el resto de las provisiones y al padre Piccolo que acompañaría al padre Salvatierra en su misión apostólica. Deja en San Dionisio algunas piezas menores de artillería para defenderse de eventuales ataques de los indígenas.

El sábado 19 de octubre de 1697 desembarcó la expedición misionera en la costa californiana, frente a la actual isla del Carmen, y una vez plantada una cruz y entronizada la imagen de Nuestra Señora de Loreto, establecieron lo que había de ser Loreto, la misión central de California

El padre Salvatierra logra atraerse la buena voluntad de un grupo de indígenas guaycuros, especialmente de aquellos que, años atrás, habían tenido contacto con la expedición del Almirante Atondo, que había en su tiempo instalado una población a 10 leguas, llamándolo de San Dionisio, en honor a la mujer de don Pedro Gil de la Sierpe. Comienza a bautizar a los primeros indígenas que se hicieron leales a la misión y les coloca los nombres de Juan y Pedro, en recuerdo de don Juan Cavalero y Ocio y don Pedro Gil de la Sierpe Romero, a los cuales la misión les debía obligaciones infinitas.

Sin embargo, días más tarde la naciente misión fue atacada por un grupo de 500 indígenas, los cuales fueron rechazados haciendo uso del pequeño cañón pedrero dejado por el capitán Romero de la Sierpe y por el fuego de los arcabuces que llevaban los soldados.

Algunos días más tarde, regresa la galeota trayendo consigo más provisiones y al padre Francisco María Piccolo, quien había solicitado ayudar al padre Salvatierra.

Poco tiempo después, el padre Salvatierra estimó que había llegado el tiempo de dar las buenas noticias a los habitantes de Nueva España (México) y además, que era justo devolver la galeota a don Pedro Gil de la Sierpe Romero, Tesorero de la Corona en Acapulco, quien generosamente la había facilitado para iniciar la conquista de California.

El padre Salvatierra se despide calurosamente de su amigo y compañero de aventuras, don Juan Antonio Romero de la Sierpe, capitán de la galeota, quien regresa a Acapulco llevando cartas del padre Salvatierra para el Virrey; para su esposa, doña María Andrea Guzmán y Manrique, protectora señalada de la expedición; una tercera para don Juan Cavalero y Ocio, otra carta para don Pedro Gil de la Sierpe Romero y otra para el padre Ugarte en Ciudad de México, al que solicita despachar estas noticias, en forma detallada, al General de la Orden de Jesús, a su Majestad Carlos II y a su Consejo de Indias, solicitando la protección necesaria para esta conquista espiritual.
Al embarcarse el padre Salvatierra a California en 1697, el padre Ugarte se quedó en Ciudad de México para continuar recolectando fondos y asegurar el abastecimiento de la misión. En esta labor colaboró con don Pedro Gil de la Sierpe Romero, Tesorero de la Corona en Acapulco, el cual hasta el día de su muerte acaecida en 1701, se preocupaba personalmente de enviar desde aquel puerto, las embarcaciones a las misiones de California con toda clase de provisiones y artículos.

Al morir el padre Salvatierra, el padre Ugarte, con la ayuda de otros colaboradores entre los cuales figuraba también don Pedro estableció lo que llegó a ser el Fondo Piadoso de las Californias. Se le encargó cuidar la misión de San Javier al llegar a California en 1700; despidió entonces a los soldados que lo acompañaban y quedó solo, dispuesto al martirio. Enseñó a los indios el castellano y la doctrina cristiana, y a su vez aprendió el dialecto indígena tomando por maestros a los niños.

Para construir la iglesia enseñó albañilería y labrado de madera a los aborígenes, igual que a sembrar la tierra; introdujo en California el cultivo de maíz, trigo, frijol, garbanzo, melón, vid, calabaza, sandía, limón, naranja. Llevó ovejas y carneros e introdujo el hilado y tejido de la lana. Fabricó, lo mejor que pudo, ruecas, tornos y telares e hizo llevar a las Californias maestros de diferentes especialidades, siempre ayudado por don Pedro Gil de la Sierpe Romero. Procuró que los indios tuviesen tierras comunales, aves de corral, cabras, ovejas, y sementeras propias, donde cosechaban maíz, calabaza y frutas.

Una sequía de años arruinó su labor de San Javier. Instaló un hospital y sendas escuelas para niños y niñas.

En 1703, ya muerto don Pedro, exploró la costa occidental de la Península en busca de un punto apropiado que sirviera de escala al Galeón de Manila, en su viaje de retorno a Acapulco desde las lejanas Filipinas.

Después de vencer enormes dificultades, logró construir, en 1719, una balandra, el “Triunfo de la Cruz”, que sirvió a las misiones en 120 travesías durante 50 años y que reemplazó a las embarcaciones que don Pedro Gil de la Sierpe Romero les había regalado, las cuales se habían destruido años antes.

En 1700, don Pedro Gil de la Sierpe Romero es designado heredero de doña María Buitron Múxica. Fundó Capellanía de misas, como albacea y heredero de doña María Buitron Muxica, con dote de 2,000 pesos de principal. Se nombró patronos al deán y cabildos.

En 1701, fallece don Pedro en Ciudad de México. Las circunstancias de su muerte, aparecen descritas, con detalle, en las “Obras Californianas del padre jesuita Miguel Venegas”:
“Y bien lo mostró con las obras, que no estimaba su vida, sino para servir al Señor, y a su Santísima Madre en lo que tocaba a una Conquista tan gloriosa. Porque siendo assí que ya no bajaba al Puerto de Acapulco por serle notablemente adverso su temperamento, y por ello peligraba su vida, después que se abrió la puerta a la conversión de la California, prometió bajar todos los años aunque le costasse la vida a dar las providenzias necezarias tocante a la conducción de los víveres, y demás cosas necessarias desde aquel Puerto hasta la California, y lo executó los quatro años siguientes, sin que le sirviese de retractivo, el que cada año enfermaba de muerte. Y por fin al quarto año enfermó en Acapulco como solía, se hizo traer a México y no alcanzando las medicinas a la curación, entregó dichosamente su espíritu al Señor.”

Este indica que el clima de Acapulco le hacía muy mal a la salud de don Pedro. No obstante, luego de 1697, una vez abierta la colonización de California, decidió viajar a Acapulco todos los años, con gran sufrimiento, para preocuparse personalmente de enviar las provisiones y embarcaciones que requerían los jesuitas en California. Así, según describe el padre Venegas, al cuarto año de soportar los males que le aquejaban se sintió muy mal estando en Acapulco. Llevado a Ciudad de México, y al no hacerle efecto las medicinas, entregó su alma a Dios, en el año de 1701. Fuentes consultadas: Internet, y la página que me dio a conocer nuestro amigo y paisano, Sebastián Reyes Egea, cuyo autor es Fernando de la Sierpe.
Los libros: “La Blanca de la Carne de Sevilla” por José Díaz de Noriega y Pubull, ediciones Hidalguía, Madrid 1979 y “Antiguo Conchó loreto” de Alfonso de Newillate.