Vistas de página en total

20 febrero 2008

MANUEL ZAMBRANO SÁNCHEZ

Un Caballero Fontaniego

Dedico estas breves líneas, sobre una vida tan pródigaen detalles de calidad
humana como fue la de Manuel Zambrano, a mi amigo y
pariente José Manuel Hidalgo Flores, su sobrino y ahijado, al que tanto quería
No podría haber encontrado Manuel Zambrano otra tierra mejor para nacer que la gaditana, y de ella, nada menos que Jerez de la Frontera. Y lo hizo el miércoles 15 de marzo de 1911, en el seno de una extensa y humilde familia.
Fueron sus padres Antonio Zambrano y Juana Sánchez, que tuvieron una prole de quince hijos, de los que vivieron diez. Manuel fue el antepenúltimo de esta multitud, cuyos miembros como ocurre en toda familia numerosa portaron siempre el sello de la unión y el arrojo frente a las circunstancias, ya fueran prósperas o adversas. Del cariño que se profesaban dan fe las múltiples visitas que recibió Manuel Zambrano en su casa de Fuentes de Andalucía, en la calle San Sebastián número 19, sobre todo por parte de su madre, ya viuda, y a la que cariñosamente llamaban todos “mamá Juana”, sus hermanos y sus sobrinos “Chanito”, Paloma y “Cuchi”.
De “mamá Juana”, decir que, como buena jerezana, se arrancaba a bailar flamenco en las fiestas familiares con un arte inimitable, sin que fuera obstáculo para ella sus noventa años. La vena artística de esta mujer fluyó de una manera natural por sus vástagos, destacando entre ellos, aparte del propio Manuel Zambrano, su hermana Rosario, elegantísima modelo de alta costura que residía en Madrid y viajaba mucho. Ella, junto a su hermano, abrieron en el Fuentes de hace cincuenta años la ventana por donde entraron aires cosmopolitas.
A propósito de ella, me cuenta José Manuel Hidalgo la impresión que causaba su elegancia, y sobre todo verla fumar en el Fuentes de aquella época.
Metiéndome ya de lleno en Manuel, digamos que llegó a Fuentes a causa de su casamiento con Pastora Hidalgo Hidalgo, a la que conoció en Cádiz, donde trabajaba Manuel a la sazón, con su hermano Sebastián, en una de las temporadas que ella pasaba con sus padrinos, el gaditano José Brasa y su mujer, Nati. En Cádiz se casó, y en Cádiz nació Lolita, la única hija de Manuel y Pastora.
Ya al inicio de la década de los cuarenta se traslada la familia Zambrano a Fuentes de Andalucía, a una casa situada en la explanada de la estación, y con su llegada entra verdaderamente en nuestro pueblo, con aquel hombre, una nueva forma de entender la vida, una nueva manera de enfrentarse a la existencia.
¿A qué vengo a referirme? A una multitud de detalles que conforman su personalidad, algunos de ellos profundos, como el desprendimiento y la generosidad, otros, minúsculos, como el estilo de sus andares, esa elegante cojera, que en él constituía más una rama del arte que un oprobio, la forma de tomar la copa entre sus dedos y la majestad con que la alzaba, el modo de hablar al que le escuchaba, y el de escuchar al que le hablaba.
Con estas cualidades, y otras muchas, no tardó en ganarse la batalla a la dura vida de aquellos años. Logrando en poco tiempo la exclusiva en las grandes operaciones comerciales de cereal y ganado de la comarca, tomando por base dos grandes fincas como las del Castillo de la Monclova y San José de la Herradura. De ésta última era encargado por aquel entonces el que luego sería su inseparable amigo Manolo Elena, cuya temprana muerte supuso para Manolo Zambrano un terrible impacto.
Al contrario de algunos que fundamentan su vida en acumular riquezas materiales, caiga quien caiga, aunque en la caída vayan ellos mismos, Manuel acumuló riquezas del alma, sabiendo desprenderse de las materiales, que pasaron por sus manos a raudales, con una majestad suprema, porque lo que daba no lo entregaba con el viso de limosna, pues su generosidad no era vanidoso cartel de propaganda, sino el íntimo gozo de contemplar felicidad a su alrededor. El entregaba sin medida y sin esperar nada a cambio.
Miles de acciones respaldan el unánime consenso que todos los que le conocieron tienen acerca de su proverbial generosidad.

Los que para él trabajaron, tanto en el movimiento de cereales y ganado, como en su propio servicio doméstico, relatan detalles que demuestran que Manuel Zambrano tenía un sentido de la justicia social inusitado para aquellos tiempos. Pues no trataba a sus subordinados como seres a explotar, sino como compañeros con los que compartir una ganancia. Quien trabajaba para él, lo hacía con la seguridad de que sería bien pagado, tanto en lo económico, como en el trato personal.

Manuel Zambrano ayudó a iniciar sus negocios y variados que dejó en Fuentes de Andalucía señalado el dicho de “tienes más trajes que Manolo Zambrano”, no resistían mucho tiempo en sus armarios si él intuía que alguien los necesitaba más.

Entre las muchas anécdotas relativas a su carácter desprendido, citaré sólo dos, por no alargarme demasiado:
—Le llegó un hombre cierto día con el fin de venderle su bicicleta, único bien que poseía, para así afrontar los gastos de la boda de su hijo, Manolo Zambrano no solamente pagó con largueza lo que aquel hombre le ofrecía, sino que le obligó a llevársela de vuelta, por no apropiarse del instrumento de trabajo de aquel necesitado.
—Se cuenta también que viniendo de una exitosa cacería de tórtolas, se le acerca una mujer a la entrada del pueblo para pedir que la socorriera, pues en su casa no había nada que llevarse a la boca. Manolo Zambrano ni siquiera se lo pensó, y le entregó todas las presas que traía.

Y es que este hombre no consentía ver pobreza alrededor. Se dice que el primer “Jueves Lardero” al que asistió, en plena posguerra, lo pasó sufriendo al contemplar tanta indigencia. Tomó entonces la callada decisión de que al año siguiente sería todo muy distinto; y así fue porque en la siguiente ocasión preparó un carro repleto de bolsas de comida, para que nadie quedar en vacío.

Los gitanos que le conocían acudían a él en tropel, para que les cristianara sus churumbeles. El siempre accedía gustoso, sin reparar en gastos; y hubo ocasión en que apadrino a diez niños a la vez, en medio de una fiesta que duró varios días.

Como buen fontaniego y jerezano, sus grandes aficiones eran: los toros, el cante y las peleas de gallos ingleses. En las tres materias fue un aficionado de excepcional categoría, clavando pendón de señoría por donde quiera que iba.

En lo tocante a los toros, su pasión se apartaba mucho de lo corriente, es decir: ver la corrida y luego comentarla en la taberna.

No, señor, la afición de Manuel Zambrano, al arte de Cúchares tenía más quilates, eso nos lo demuestran las buenas e íntimas amistades que mantenían con figuras de alto renombre, ganaderos, rejoneadores y toreros. Entre los ganaderos, los Pareja Obregón. Uno de ellos, Joaquín, fue rejoneador de fama, que compartió cartel con las grandes figuras del toreo. También gozó de la amistad el ganadero Sancho Dávila, Marqués de Villafuente Bermeja, que tenía el ganado de la finca “La Gamera”, en el término municipal de La Campana, adonde Manolo Zambrano iba mucho a realizar operaciones de compra y venta de ganado.
Como frecuentaba a menudo el Matadero municipal de Sevilla, en el barrio de San Bernardo, Manolo Zambrano tomó amistad con un empleado que le habló de un hijo que quería ser torero.

Manolo Zambrano le ayudó en lo que pudo a aquél muchacho en sus inicios. Este torero es, ni más ni menos, que Diego Puerta, hoy prestigiado empresario y ganadero, propietario de la ganadería, antes aludida, de Sancho Dávila. Ni qué decir tiene, que Diego y Manolo siempre fueron grandes amigos.


Tan poderoso como el taurino fue, para Manuel Zambrano, el tirón del mundo del flamenco. Fue amigo de Pepe Palanca y Curro Montoya “Niño de la Huerta”, y en él se apoyaron muchos cantaores que empezaban, o que declinaban su carrera, sabedores de que por el sólo hecho de saludarle, tenían asegurada la subsistencia para ese día, y algunos más. Meteremos, por citar sólo algunos, al simpático Peluso, al humorista Porcelana, a Manolo Fregenal...


Este último, una de las veces que hable con él, conocedor ya de que Manolo Zambrano había muerto, me dijo textualmente, con la voz apagada por la emoción:
—Para hablar de ese señor, hay que quitarse el sombrero…

Redundando en su faceta de mecenas desinteresado, decir que fue Manuel Zambrano un gran admirador y protector de mi llorado amigo Pepito Aguilar. Cuando José se dio a conocer como gran promesa del cante flamenco, cayó Manolo Zambrano en la cuenta de que la ropa que llevaba el cantaor no era la adecuada para un artista de su categoría, y ocurrió que no estando muy lejos Bordoy, el sastre, le preguntó Manolo Zambrano:
—Bordoy ¿en cuántas horas te comprometes a hacer un traje para el artista?
Eso ocurría a las nueve de la noche de un Domingo de Ramos de principio de los cuarenta. El magistral Bordoy le respondió que en unas pocas, que lo que hacía falta era el paño. Conseguido éste, pudo estrenar Pepito Aguilar su traje a las seis de la tarde del día siguiente, Lunes Santo. Pepito Aguilar se vistió aquella Semana Santa con su traje marrón, camisa blanca con alfiler pisacuellos, corbata azulina con lunares blancos y zapatos negros abotinados.

Justo entonces comenzaba, de la mano de Manolo Zambrano, el gran auge de la saeta en Fuentes de Andalucía, pues en lo sucesivo actuarían en nuestro pueblo saeteros de gran valía, ya propios, como el mismo Pepito Aguilar, Emilio Calderón, José Navarro “Niño de Fuentes”, José Ruiz “El Clarín”... ya foráneos, entre los que recuerdo al ecijano “Ciego de la Sólita”, “El Lavao de Paradas”, “El niño de Las Cabezas”... y tantos otros.



Anexo al mundo del flamenco, diré que Manuel Zambrano ensalzó nuestra feria, con múltiples festejos: tiros al plato y pichón, charlotadas y corridas de novillos (para las que montó plaza portátil), peleas de gallos, etc.

Manolo Zambrano tenía sus gallos propios, y no dudaba en desplazarse con todo ellos a las poblaciones donde se celebraban las luchas, en las que generalmente se apostaba alto. Amigos suyos, que compartían con él la pasión por las peleas de gallos, fueron los toreros Pepe Luis Vázquez y Miguel Báez “Litri”.

Manuel Zambrano falleció en Madrid el domingo, el día de todos los Santos de 1981, aportó a nuestro pueblo en la ciencia del ser y el hacer.
Estas facetas festivas del por todos querido Manuel Zambrano, no nos deben hacer olvidar que tampoco descuidó en absoluto sus responsabilidades familiares. Educó con esmero a esa gran señora que es su hija Lolita. Ella es maestra, aunque nunca ejerció; y estuvo casada con el médico oculista, ya fallecido, Eduardo Villamor. De ellos nacieron cuatro hijos, tres varones y una hembra, hoy todos con carreras superiores.
Como detrás de todo gran hombre siempre hay una gran mujer, no quiero cerrar esta semblanza, sin mandar un abrazo respetuoso a la viuda de Manuel Zambrano Sánchez, Pastora Hidalgo Hidalgo, que reside con su hija Lolita en Madrid.

Información facilitada por Juan José Ruano Ruiz. En Sevilla, el jueves 15 de julio de 1993.
Editado el reportaje, en el libro de Feria de Fuentes de Andalucía en el años de 1993.

No hay comentarios: