
LA MARINA ACABA DE PERDER UNO DE SUS HOMBRES MÁS ILUSTREA
Los periódicos de Sevilla nos comunican esta dolorosa noticia, cuya inmensa extensión no tardará en ser conocida y apreciada.
Cuando la generación presente haya pasado, cuando el tiempo borre la huellas de las pasiones, el historiador y el biógrafo, juzgando con imparcialidad los hechos de este eminente republicano y dándolos á conocer á la posteridad, lo señalarán entre los que más relevantes servicios han prestado á la patria; pero mientras tanto séanos permitido apuntar algunos de aquellos hechos con referencia á su vida de marino, dejando á pluma más competente y autorizada reseñar los del hombre político.
Cuando la generación presente haya pasado, cuando el tiempo borre la huellas de las pasiones, el historiador y el biógrafo, juzgando con imparcialidad los hechos de este eminente republicano y dándolos á conocer á la posteridad, lo señalarán entre los que más relevantes servicios han prestado á la patria; pero mientras tanto séanos permitido apuntar algunos de aquellos hechos con referencia á su vida de marino, dejando á pluma más competente y autorizada reseñar los del hombre político.
En la villa de Fuentes de Andalucía, provincia de Sevilla, nació don Francisco, el día 3 de mayo de 1804, siendo sus padres don Antonio Armero y doña María de los Dolores Fernández de Peñaranda, naturales del mismo pueblo, ricos hacendados y labradores.
Siendo el mayor de catorce hijos que tuvo este matrimonio y el predilecto del abuelo materno que, como muchos de la familia, había servido en la marina, se lo dedicó á esta carrera, enviándolo á un colegio de Cádiz, donde la vista de la mar le aficiono á ella. Fuese concedida gracia de caballero guardia marina, con asignación al mismo departamento en agosto de 1810, previa formación del expediente reglamentario, pero la epidemia, que en el mismo año afligió á aquella capital y la sublevación de las tropas expedicionarias en San Fernando, lo impidieron presentarse á sentar su plaza hasta el 27 de abril de 1820.
Hizo sus estudios en el departamento, y examinado de ellos, se embarcó en Cádiz el 1 de agosto de 1822 en la corbeta Aretusa, destinada á la costa del Norte, y con la que cruzó por espacio de un año en persecución de contrabandistas y protección de los buques del comercio, visitando los puertos del golfo Cantábrico, desde Vigo hasta el de Burdeos.
De vuelta en Cádiz la corbeta, transbordó el guardia marina Armero al navío Asia, el 1 de agosto de 1823, concurriendo á la defensa de aquella plaza sitiada por los franceses, y á las operaciones del Trocadero.
Salió á la mar en le mismo navío el 13 de enero de 1824, en unión del bergantín Aquiles, y á las órdenes del capitán de navío don Roque Guruceta, en comisión reservada. Abiertos los pliegos á la altura de las Canarias, se dirigieron los buques á las islas Malvinas; hicieron escala en puerto Egmont, montaron el cabo de Hornos y fondearon en San Carlos de Chiloe en 27 de junio con toda felicidad.
No sucedió lo mismo en la travesía de este puerto al Callao de Lima, que hicieron por orden del virrey del Perú; un temporal desarboló al navío de los masteleros de gavia y juanete, avería de consideración en todas circunstancias, pero mucho mayor en las que atravesaban aquellos buques, en la proximidad de enemigos y con tripulación inexpertas, formadas de hombres ajenos á la vida de mar, según práctica de aquella época, en que se habían suprimido las matriculas. Armero mostró ya en esta ocasión sus adelantos en la profesión marinera y su serenidad en las faenas peligrosas de los palos subiendo á dirigirlas en la misma noche del desarbolo.
La fuerza representada por dos buques no era de tal naturaleza que pudiera influir en el lamentable estado en que á su llegada se encontraba la dominación española en aquellos países; bastó, sin embargo, su aparición ante el Callao, para que la escuadrilla combinada de Chile y el Perú levantase el boqueo de la rada.
Unido el Asia con la corbeta Ica y los bergantines Aquiles, Pezuela y Constante, salió el 7 de octubre en busca de los enemigos que habían reunido seis buques, á saber: la fragata Protectora, una corbeta y cuatro bergantines al mando del comodoro Gais, á la vista de la isla de San Lorenzo, tuvo lugar el encuentro, de escaso resultado, por haber escapado en todas direcciones los insurgentes, dejándolo por entonces libre la costa de sus depredaciones.
La misma división naval, mandad por don Roque Guruceta, operó en acuerdo con el ejercito allí donde podían ser útiles sus servicios. Operó en el puerto de Quilea, siendo Armero encargado del mando de la lancha del navío; bloqueó los puntos por donde pudieran recibir recursos de guerra los indígenas; cruzó con constancia persiguiendo los buques enemigos, que nunca hicieron frente á los enemigos.
Esté penoso servicio duró hasta finales del año, en que llegó á Quilea la noticia de la capitulación del ejército del Perú, y pérdida consiguiente del virreinato. El comandante, en virtud de las instituciones que para este caso había recibido a su salida de Cádiz, dispuso el embarco de tropas y efectos en los trasportes; dio la vela con todos el 8 de enero de 1828, y escoltándolos hasta paraje conveniente que pudieran navegar sin peligro á sus respetivos destinos de Chiloe y España, se separó con el Asia, los bergantines Aquiles y Constante, y al fragata trasporte Clarington, é hizo tumbo á las islas Filipinas, con escala en Umata, isla de Guajan, capital de las Marianas.
Siendo el mayor de catorce hijos que tuvo este matrimonio y el predilecto del abuelo materno que, como muchos de la familia, había servido en la marina, se lo dedicó á esta carrera, enviándolo á un colegio de Cádiz, donde la vista de la mar le aficiono á ella. Fuese concedida gracia de caballero guardia marina, con asignación al mismo departamento en agosto de 1810, previa formación del expediente reglamentario, pero la epidemia, que en el mismo año afligió á aquella capital y la sublevación de las tropas expedicionarias en San Fernando, lo impidieron presentarse á sentar su plaza hasta el 27 de abril de 1820.
Hizo sus estudios en el departamento, y examinado de ellos, se embarcó en Cádiz el 1 de agosto de 1822 en la corbeta Aretusa, destinada á la costa del Norte, y con la que cruzó por espacio de un año en persecución de contrabandistas y protección de los buques del comercio, visitando los puertos del golfo Cantábrico, desde Vigo hasta el de Burdeos.
De vuelta en Cádiz la corbeta, transbordó el guardia marina Armero al navío Asia, el 1 de agosto de 1823, concurriendo á la defensa de aquella plaza sitiada por los franceses, y á las operaciones del Trocadero.
Salió á la mar en le mismo navío el 13 de enero de 1824, en unión del bergantín Aquiles, y á las órdenes del capitán de navío don Roque Guruceta, en comisión reservada. Abiertos los pliegos á la altura de las Canarias, se dirigieron los buques á las islas Malvinas; hicieron escala en puerto Egmont, montaron el cabo de Hornos y fondearon en San Carlos de Chiloe en 27 de junio con toda felicidad.
No sucedió lo mismo en la travesía de este puerto al Callao de Lima, que hicieron por orden del virrey del Perú; un temporal desarboló al navío de los masteleros de gavia y juanete, avería de consideración en todas circunstancias, pero mucho mayor en las que atravesaban aquellos buques, en la proximidad de enemigos y con tripulación inexpertas, formadas de hombres ajenos á la vida de mar, según práctica de aquella época, en que se habían suprimido las matriculas. Armero mostró ya en esta ocasión sus adelantos en la profesión marinera y su serenidad en las faenas peligrosas de los palos subiendo á dirigirlas en la misma noche del desarbolo.
La fuerza representada por dos buques no era de tal naturaleza que pudiera influir en el lamentable estado en que á su llegada se encontraba la dominación española en aquellos países; bastó, sin embargo, su aparición ante el Callao, para que la escuadrilla combinada de Chile y el Perú levantase el boqueo de la rada.
Unido el Asia con la corbeta Ica y los bergantines Aquiles, Pezuela y Constante, salió el 7 de octubre en busca de los enemigos que habían reunido seis buques, á saber: la fragata Protectora, una corbeta y cuatro bergantines al mando del comodoro Gais, á la vista de la isla de San Lorenzo, tuvo lugar el encuentro, de escaso resultado, por haber escapado en todas direcciones los insurgentes, dejándolo por entonces libre la costa de sus depredaciones.
La misma división naval, mandad por don Roque Guruceta, operó en acuerdo con el ejercito allí donde podían ser útiles sus servicios. Operó en el puerto de Quilea, siendo Armero encargado del mando de la lancha del navío; bloqueó los puntos por donde pudieran recibir recursos de guerra los indígenas; cruzó con constancia persiguiendo los buques enemigos, que nunca hicieron frente á los enemigos.
Esté penoso servicio duró hasta finales del año, en que llegó á Quilea la noticia de la capitulación del ejército del Perú, y pérdida consiguiente del virreinato. El comandante, en virtud de las instituciones que para este caso había recibido a su salida de Cádiz, dispuso el embarco de tropas y efectos en los trasportes; dio la vela con todos el 8 de enero de 1828, y escoltándolos hasta paraje conveniente que pudieran navegar sin peligro á sus respetivos destinos de Chiloe y España, se separó con el Asia, los bergantines Aquiles y Constante, y al fragata trasporte Clarington, é hizo tumbo á las islas Filipinas, con escala en Umata, isla de Guajan, capital de las Marianas.
Ya hemos indicado la clase de tripulaciones que tenían los buques, sus malas condiciones habían sido hábilmente explotadas por los perturbadores criollos, valiéndose de la marinería chilena, con que se cubrieron las bajas de los buques para depositar en ellos la semilla de sus ideas disolventes, y para predicar el levantamiento contra los tiranos, con promesas de brillante provenir. Sólo una constate vigilancia, sólo una energía á toda prueba pudieron impedir la germinación en el navío de dicha semilla, en la costa peruana, á la vista del enemigo y en medio de toda clase de privaciones y escaseo.
Lejos de aquella, fue alojándose también, al parecer, el peligro y la desconfianza de la oficialidad; más el espíritu de insubordinación seguía latente en los buques, y sólo una chispa era menester para inflamarlo, que saltó en el momento de elevar el ancla, la noche del 10 de marzo, negándose la tropa á virar el cabestrante, mientras no se les entregasen las pagas debidas. Armero, que en las operaciones del Perú había dado ya pruebas de la entereza de su carácter, se lanzó sable en mano sobre los sublevados, intentando una represión imposible; su arrojo sirvió tan solo para convertirlo en blanco de la zona de aquella chusma desbordada, de cuyas manos escapó providencialmente con vida, tirándose al agua y guareciéndose en los baranes del timón, cuando ya los insurrectos se habían hechos dueños del buque.
Puesto en tierra con toda la oficialidad, pasó con sus compañeros á Filipinas en la fragata ballenera inglesa Suplay, y de estas islas á Cádiz en la española Sabina, por el cabo de Buena Esperanza, con escala en Santa Elena, de modo que en esta expedición dio vuelta completa al mundo, terminándola el 7 de noviembre.
Destinado seguidamente á la corbeta Descubierta salió á cruzar de nuevo la costa de Portugal, continuando su activo aprendizaje en este buque, en el bergatin Jasón, en el navio Soberano y en el bergantín – goleta Diligente; tan pronto en el Mediterráneo cojo en el Océano, hasta el archipiélago de Canaria, á donde fue escoltado un convoy de tropas. Se halló también en el socorro de melilla, sitiada por los marroquíes, hostilizándolos en elos aprovehes de la plaza y retrazando con motivo de este servicio, que le era grato y que no queria dejar, el ploazo reglamentario de su exámen par el ascenso á alférez de navío.
Verificado esto en el departamento de Cádiz fue promovido por real orden de 5 de diciembre de 1828, y siguió sin interrupción sus servicios con el nuevo empleo, cruzando en los bergantines Manzanares y Guadalete las costas de Galicia y Portugal, al Norte, las del Mediterráneo y Baleares.
En 1830 preparaban los franceses la expedición y campaña de Argel, notable por más de un concepto, y que por lo mismo determino nuestro gobierno, fuese estudiada por una comisión de oficiales de todas las armas. Fue designado el buque de Armero para conducir esta comisión al teatro de la guerra, y permaneció en él hasta que con la toma de la plaza cesó el interés de las operaciones marítimas, volviendo entonces á cruzar las
tormentosas costas de Portugal y de Galicia.
Una de las veces en que el Guadalete sufría los rigores del crudo invierno de 1831, luchando con el Océano, como centinela avanzado de la patria, un temporal furioso le obligo á cerrar la capa para conservar su puesto.
Lejos de aquella, fue alojándose también, al parecer, el peligro y la desconfianza de la oficialidad; más el espíritu de insubordinación seguía latente en los buques, y sólo una chispa era menester para inflamarlo, que saltó en el momento de elevar el ancla, la noche del 10 de marzo, negándose la tropa á virar el cabestrante, mientras no se les entregasen las pagas debidas. Armero, que en las operaciones del Perú había dado ya pruebas de la entereza de su carácter, se lanzó sable en mano sobre los sublevados, intentando una represión imposible; su arrojo sirvió tan solo para convertirlo en blanco de la zona de aquella chusma desbordada, de cuyas manos escapó providencialmente con vida, tirándose al agua y guareciéndose en los baranes del timón, cuando ya los insurrectos se habían hechos dueños del buque.
Puesto en tierra con toda la oficialidad, pasó con sus compañeros á Filipinas en la fragata ballenera inglesa Suplay, y de estas islas á Cádiz en la española Sabina, por el cabo de Buena Esperanza, con escala en Santa Elena, de modo que en esta expedición dio vuelta completa al mundo, terminándola el 7 de noviembre.
Destinado seguidamente á la corbeta Descubierta salió á cruzar de nuevo la costa de Portugal, continuando su activo aprendizaje en este buque, en el bergatin Jasón, en el navio Soberano y en el bergantín – goleta Diligente; tan pronto en el Mediterráneo cojo en el Océano, hasta el archipiélago de Canaria, á donde fue escoltado un convoy de tropas. Se halló también en el socorro de melilla, sitiada por los marroquíes, hostilizándolos en elos aprovehes de la plaza y retrazando con motivo de este servicio, que le era grato y que no queria dejar, el ploazo reglamentario de su exámen par el ascenso á alférez de navío.
Verificado esto en el departamento de Cádiz fue promovido por real orden de 5 de diciembre de 1828, y siguió sin interrupción sus servicios con el nuevo empleo, cruzando en los bergantines Manzanares y Guadalete las costas de Galicia y Portugal, al Norte, las del Mediterráneo y Baleares.
En 1830 preparaban los franceses la expedición y campaña de Argel, notable por más de un concepto, y que por lo mismo determino nuestro gobierno, fuese estudiada por una comisión de oficiales de todas las armas. Fue designado el buque de Armero para conducir esta comisión al teatro de la guerra, y permaneció en él hasta que con la toma de la plaza cesó el interés de las operaciones marítimas, volviendo entonces á cruzar las
tormentosas costas de Portugal y de Galicia.
Una de las veces en que el Guadalete sufría los rigores del crudo invierno de 1831, luchando con el Océano, como centinela avanzado de la patria, un temporal furioso le obligo á cerrar la capa para conservar su puesto.
Conseguíalo con mucho trabajo, á pesar de su reducido volumen, dispuso con inteligencia, y el comandante quiso aliviarlo de la presión del viento, calando los masteleros de juanete.
Mandó esta maniobra al anochecer el día 3 de febrero, y al ejecutarla el gaviero mayor, excelente marinero, llamado Jaime Mons., cayó al agua desde aquella altura, pidiendo á gritos el auxilio de Armero, gran favorito de la gente, que en aquel momento se hallaba de guardia.
Era la mar arbolada, capaza de imponer al más osado; el crepúsculo agonizante quitaba toda la probabilidad de distinguir un objeto entre la crestas de las olas, y el intento temerario de salvar aquel hombre debía conducir á segura muerte á los que los que le arrastrarán. Armero no pensó nada de esto; al grito penetrante del desgraciado avivó sus instintos generosos, y gritando á su vez por encima del temporal: “Sígame el que quiera”, se arrojó en un pequeño bote con cuatro marineros voluntarios tan arriesgados como él. Dos horas de mortal angustia pasaron los de abordo, sin distinguir en la oscuridad la frágil embarcación y dábanla ya por perdida, cuando sintieron el ruido de sus remos.
Hízose pedazos contra el costado, sacudida por la mar, pero los cabos arrojados llevaren otra vez á bordo á los cincos tripulantes con la presa que habían arrancado á las aguas, padre de familia que abrazaba llorando á Armero, apellidándole el ángel de sus hijos. Los abrazos de su comandante y sus compañeros, le causaron una emoción que no había sentido en el peligro sustituida por otra, sino más dulce más natural en su abierto carácter, al oír á uno de aquellos andaluz decidor[1], comparar su empapada figura con neptuno saliendo de su reino.
Conocido en Madrid este hecho, concedió el rey la cruz de la marina de diadema real y una campaña de abono, á los cuatros marineros que se embarcaron en el bote, y al alférez de navío Armero la misma cruz, disponiendo en la real orden de concesión, de 27 de septiembre, previa consulta del mayor general de al Armada y de la junta superior de gobierno, que se tuvieran presentes los servicios de este oficial para sus adelantos en la carrera, y que se estampasen en su asiento las notas de arrojado y valiente[2]
Continuando los cruceros en el golfo de Vizcaya, sufrió el bergantín otro temporal de que quiso defenderse el comandante tomando el puerto de Santoña, y lo consiguió aunque con la mala fortuna de varar en la barra, perdiendo el timón. Las averías hicieron necesario pasara al arsenal de Ferrol y de este salió reparado el buque para el puerto de Cádiz, desembarcando Armero, por ser necesarios oficiales en el departamento de Cartagena.
Aquí fue destinado á la goleta Mahonesa, que mandaba el alférez de navío don Joaquín Gutiérrez de Rubalcaba, su antiguo compañero en la campaña del Pacifico y á quien le unía una amistad fraternal. Desempeñaron varias comisiones importantes en el mediterráneo, no sólo en las costas de España sino también en las de Italia, cesando en 15 de febrero de 1833 por desarme de la goleta, en el arsenal de Cartagena.
Armero pasó á su departamento y descansó algunos meses, como ayudante de mayoría general; pero el estruendo de las armas que empezaba la lucha fratricida en las provincias del Norte, le hizo odioso tan sedentario destino, y permutándolo con otro oficial de la goleta Nueva María, salió en 30 de abril á reunirse en Vigo con la división del capitán de navío don José del Río Eligio, empezando una serie de cruceros en el golfo de Cascuña con tan buena estrella, que á pocos días contribuyó ala captura de la goleta inglesa Isabel Ana, que conducía oficiales y pertrechos hombres para el ejercito de don Carlos.
Más sería ocupación le tocó en el sitio de Bilbao, que ponía al enemigo al alcance del armamento de los buques, Estos se hallaban en acción constante despejando las orillas de la ría, conservando las comunicaciones de la plaza, y auxiliando de todos modos su heroica resistencia. Armero confirmó en todas el valor antes acreditado, sin que fuera motivo de desmayo una enfermedad que le produjo la fatiga del servicio y las privaciones y escaséese con que la marina lo hacia. Arrojados los carlistas de la villa que codiciaban, apareció su nombre en la Gaceta oficial, designándolo entre los distinguidos.
Mandó esta maniobra al anochecer el día 3 de febrero, y al ejecutarla el gaviero mayor, excelente marinero, llamado Jaime Mons., cayó al agua desde aquella altura, pidiendo á gritos el auxilio de Armero, gran favorito de la gente, que en aquel momento se hallaba de guardia.
Era la mar arbolada, capaza de imponer al más osado; el crepúsculo agonizante quitaba toda la probabilidad de distinguir un objeto entre la crestas de las olas, y el intento temerario de salvar aquel hombre debía conducir á segura muerte á los que los que le arrastrarán. Armero no pensó nada de esto; al grito penetrante del desgraciado avivó sus instintos generosos, y gritando á su vez por encima del temporal: “Sígame el que quiera”, se arrojó en un pequeño bote con cuatro marineros voluntarios tan arriesgados como él. Dos horas de mortal angustia pasaron los de abordo, sin distinguir en la oscuridad la frágil embarcación y dábanla ya por perdida, cuando sintieron el ruido de sus remos.
Hízose pedazos contra el costado, sacudida por la mar, pero los cabos arrojados llevaren otra vez á bordo á los cincos tripulantes con la presa que habían arrancado á las aguas, padre de familia que abrazaba llorando á Armero, apellidándole el ángel de sus hijos. Los abrazos de su comandante y sus compañeros, le causaron una emoción que no había sentido en el peligro sustituida por otra, sino más dulce más natural en su abierto carácter, al oír á uno de aquellos andaluz decidor[1], comparar su empapada figura con neptuno saliendo de su reino.
Conocido en Madrid este hecho, concedió el rey la cruz de la marina de diadema real y una campaña de abono, á los cuatros marineros que se embarcaron en el bote, y al alférez de navío Armero la misma cruz, disponiendo en la real orden de concesión, de 27 de septiembre, previa consulta del mayor general de al Armada y de la junta superior de gobierno, que se tuvieran presentes los servicios de este oficial para sus adelantos en la carrera, y que se estampasen en su asiento las notas de arrojado y valiente[2]
Continuando los cruceros en el golfo de Vizcaya, sufrió el bergantín otro temporal de que quiso defenderse el comandante tomando el puerto de Santoña, y lo consiguió aunque con la mala fortuna de varar en la barra, perdiendo el timón. Las averías hicieron necesario pasara al arsenal de Ferrol y de este salió reparado el buque para el puerto de Cádiz, desembarcando Armero, por ser necesarios oficiales en el departamento de Cartagena.
Aquí fue destinado á la goleta Mahonesa, que mandaba el alférez de navío don Joaquín Gutiérrez de Rubalcaba, su antiguo compañero en la campaña del Pacifico y á quien le unía una amistad fraternal. Desempeñaron varias comisiones importantes en el mediterráneo, no sólo en las costas de España sino también en las de Italia, cesando en 15 de febrero de 1833 por desarme de la goleta, en el arsenal de Cartagena.
Armero pasó á su departamento y descansó algunos meses, como ayudante de mayoría general; pero el estruendo de las armas que empezaba la lucha fratricida en las provincias del Norte, le hizo odioso tan sedentario destino, y permutándolo con otro oficial de la goleta Nueva María, salió en 30 de abril á reunirse en Vigo con la división del capitán de navío don José del Río Eligio, empezando una serie de cruceros en el golfo de Cascuña con tan buena estrella, que á pocos días contribuyó ala captura de la goleta inglesa Isabel Ana, que conducía oficiales y pertrechos hombres para el ejercito de don Carlos.
Más sería ocupación le tocó en el sitio de Bilbao, que ponía al enemigo al alcance del armamento de los buques, Estos se hallaban en acción constante despejando las orillas de la ría, conservando las comunicaciones de la plaza, y auxiliando de todos modos su heroica resistencia. Armero confirmó en todas el valor antes acreditado, sin que fuera motivo de desmayo una enfermedad que le produjo la fatiga del servicio y las privaciones y escaséese con que la marina lo hacia. Arrojados los carlistas de la villa que codiciaban, apareció su nombre en la Gaceta oficial, designándolo entre los distinguidos.
Fue nombrado comandante del cañonero Leopoldino por la orden de 10 de noviembre, confirmándole a la par, como prueba de aprecio á sus servicios, el comando del apostadero de Castro, á que correspondía la vigilancia de la costa hasta Palencia; pero fue de corta duración este destino por la predilección de los enemigos á la plaza de Bilbao, que asediaron de nuevo, llamando á la ría las fuerzas navales. Armero siguió batiéndose siempre á vanguardia, haciendo con frecuencia desembarcos en guerrillas, y fuera prefijo por demás enumerar las acciones en que tomó parte, aplaudido por nuestras tropas, como testigo presénciales. Una de las mas notables de estas acciones fue la que sostuvo ventajosamente el 6 de enero de 1836 contra fuerzas muy superiores, en que el cañón del Leopoldino hizo estragos. Por ello se le propuso para la cruz de San Fernando de primera clase, que justamente le fue concedida, y las recomendaciones repetidas de sus jefes le valieron el ascenso á teniente de navío, acordado á su mérito en 29 de abril.
Hízose necesario llevar a Bilbao una comunicación de importancia, y Armero fue designado para esta misión peligrosa, que acepto gustoso, esperando aumentar el brillo de su nuevas charreteras[3]. La tropas carlistas dominaban la ría desde las alturas, y no era probable que pasará desapercibido el cañonero. Así sucedió en efecto; contrarrestada su marcha por la corriente, fue blanco de los disparos enemigos desde su salida de Portugalete hasta Bilbao, donde llegó oportunamente el 1 de noviembre, sin más que un muerto y dos heridos, gracias á los parapetos puestos en los costados del Leopoldino.
Hízose necesario llevar a Bilbao una comunicación de importancia, y Armero fue designado para esta misión peligrosa, que acepto gustoso, esperando aumentar el brillo de su nuevas charreteras[3]. La tropas carlistas dominaban la ría desde las alturas, y no era probable que pasará desapercibido el cañonero. Así sucedió en efecto; contrarrestada su marcha por la corriente, fue blanco de los disparos enemigos desde su salida de Portugalete hasta Bilbao, donde llegó oportunamente el 1 de noviembre, sin más que un muerto y dos heridos, gracias á los parapetos puestos en los costados del Leopoldino.
No sucedió lo mismo al regreso; prevenidos los facciosos, á quienes interesaba mucho privar de comunicaciones á la plaza, dispusieron fuerzas respetables en la cordelería de Olaveaga y en las alturas inmediatas, para las que no ofrecían defensa los dichos parapetos del cañonero.
Este se vio repentinamente envuelto por el fuego de la emboscada, y bajo una lluvia de balas cayeron muchos de sus valientes marineros; pero ni un momento ocurrió á su comandante la idea de librarse del peligro retrocediendo. Ni la vista de su hermano, el guardia marina don Ramón, que herido de bala tuvo la desgracia de caer bajo las ruedas del cañón en el momento de dispararlo, fracturándose una pierna; ni los “ayes” de los moribundos que llenaban la cubierta, mitigaron su ardor:
—¡Avante y fuego!—gritaba... y llegó á Portugalete, cumplida su misión, con dos tercios de la gente fuera de combate[4].
Dos reales órdenes se dictaron con este motivo: en la primera, de 8 de noviembre, se le daban las gracias en términos honoríficos por su denuedo y bizarría; la segunda, de 27 del mismo “en calidad de supernumerario por el término de tres años”.
Situado en Portugale el cuartel general del ejército del Norte, eran conocidos del general en jefe todos los hechos de Armero, y con frecuencia lo empleaba particularmente en reconocimientos y otras comisiones delicadas, elogiando y recomendando su conducta. Llegado el inolvidable día 24 de diciembre y preparado la columna de desembarco, dejando por pesado su cañonero, tomó un bote, que no le estaba á la verdad destinado; saltó el primero sobre el muelle enemigo de Luchana, y seguido por cinco cazadores del regimiento de Zaragoza, llevando por toda arma el anteojo de abordo, se lanzó sobre la batería que los carlistas tenían la falda del monte de Cabras, y herido de bala de fusil en el muslo izquierdo, la ocupo y conservó, hasta que nuestras tropas tomaron posesión de todo el monte.
Este se vio repentinamente envuelto por el fuego de la emboscada, y bajo una lluvia de balas cayeron muchos de sus valientes marineros; pero ni un momento ocurrió á su comandante la idea de librarse del peligro retrocediendo. Ni la vista de su hermano, el guardia marina don Ramón, que herido de bala tuvo la desgracia de caer bajo las ruedas del cañón en el momento de dispararlo, fracturándose una pierna; ni los “ayes” de los moribundos que llenaban la cubierta, mitigaron su ardor:
—¡Avante y fuego!—gritaba... y llegó á Portugalete, cumplida su misión, con dos tercios de la gente fuera de combate[4].
Dos reales órdenes se dictaron con este motivo: en la primera, de 8 de noviembre, se le daban las gracias en términos honoríficos por su denuedo y bizarría; la segunda, de 27 del mismo “en calidad de supernumerario por el término de tres años”.
Situado en Portugale el cuartel general del ejército del Norte, eran conocidos del general en jefe todos los hechos de Armero, y con frecuencia lo empleaba particularmente en reconocimientos y otras comisiones delicadas, elogiando y recomendando su conducta. Llegado el inolvidable día 24 de diciembre y preparado la columna de desembarco, dejando por pesado su cañonero, tomó un bote, que no le estaba á la verdad destinado; saltó el primero sobre el muelle enemigo de Luchana, y seguido por cinco cazadores del regimiento de Zaragoza, llevando por toda arma el anteojo de abordo, se lanzó sobre la batería que los carlistas tenían la falda del monte de Cabras, y herido de bala de fusil en el muslo izquierdo, la ocupo y conservó, hasta que nuestras tropas tomaron posesión de todo el monte.
El general en jefe le concedió sobre el campo de batalla el grado de coronel de infantería, haciendo pública al recompensa en la orden del día 27 y, acusándolo para optar á la Cruz Laureada de San Fernando en juicio contradictorio, de que fue fiscal el jefe de Estado mayor Orán, según la promesa contenida en la famosa orden general de el día anterior, en que aludió distintamente al heroico comportamiento de Armero[5].
No hay que decir que el gobierno confirmó esta recompensa: el agrado de S. M. Se manifestó al interesado concediéndole además antigüedad en el empleo de capitán de fragata, la cruz de San Fernando de segunda clase, ganada en el juicio contradictorio y la del tercer sitio de Bilbao, común á todos los que en él tuvieron parte. Las Cortes constituyentes quisieron dar también testimonio del aprecio á los servicios de la marina, como á los del ejercito, declarando á sus individuos beneméritos de la patria[6].
Creado el apostadero del Nervión á principios de 1837, se dio el mando al capitán de fragata Armero, con fuerza suficientes para proteger la navegación de la ría de Bilbao. A poco determinó el general en jefe trasladar por mar el ejército á San Sebastián, embarcándolo en Portugalete, operación que ofrecía insuperable dificultades por la falta de recursos de la marina, cuya postración había llegado á un limite inconcebible en una nación que cuenta con tan dilatado litoral. La actividad de Armero encontró, no obstante, medios de atender á todo, obteniéndolos, por la persuasión ó por embargo, de los particulares. El día designado para el embargo, se hallaban reunidas en el playa hasta 40 lanchas venidas de Laredo y Castro Urdiales, y con orden y celeridad llevaron á los buques 30 batallones de infantería, 2.800 caballos y mulas, artillerías, parques y material de toda clase, con admiración del mismo general en jefe, que elevó al gobierno una expresiva recomendación por este servicio, proponiendo á Armero para ascenso ó condecoración que creía corresponderle.
Con la marcha del ejército crecieron las atenciones del apostadero, cuyos buques custodiaban la costa, teniendo encuentros frecuentes, en especial en Algorta y Somorrostro. Las recomendaciones repetidas del comandante general de marina, apoyadas por la junta de Almirantazgo:
…“encareciendo las sobresalientes cualidades de que estaba dotado el comandante del apostadero; sus conocimientos, actividad incansable, celo, amor al servicio, arrojo y valor á toda prueba y decisión sin limites á favor de los sagrados derechos de la Reina doña Isabel II”…[7], tuvieron. Con motivo de los últimos servicios, mejor resultado que la propuesta del conde de Luchana, toda vez que le fue concedido empleo de capitán de navío sin antigüedad, por real orden de 25 de enero de 1838.
Una causa, bien lisonjera por cierto, le hizo dejar la costa de Cantabria. Los partes de la Gaceta incluían con harta frecuencia el nombre de Armero, cuyos heroicos hechos era tan repetidos en la presente contienda[8], para que se olvidase en Andalucía que había nacido en su hermoso suelo. Llegadas las elecciones á Cortes, Sevilla le nombró representante de la provincia y trasladándose en consecuencia á Madrid, juró y tomó asiento, echando los cimientos de su carrera política, en aquella corta legislatura que sirvió de exposición de su opiniones manifestadas con la franqueza y decisión de su carácter.
Volvió á ser nombrado comandante en jefe de las fuerzas navales de Cantabria, después de al disolución de las Cortes, pasando, ya con antigüedad en su empleo de capitán de navío, á concertar con el duque de la Victoria el plan de operaciones más conveniente en la costa Norte. Estas dieron por resultado la importantísima ocupación de Bermeo y otros muchos puntos de la costa, que no enumeramos, en que tomó parte activa la marina bloqueándolos y batiéndolos, Armero se distinguió como de costumbre, principalmente al sacar de Mundaca con el vapor Isabel II, una goleta y cinco trincaduras enemigas.
No hay que decir que el gobierno confirmó esta recompensa: el agrado de S. M. Se manifestó al interesado concediéndole además antigüedad en el empleo de capitán de fragata, la cruz de San Fernando de segunda clase, ganada en el juicio contradictorio y la del tercer sitio de Bilbao, común á todos los que en él tuvieron parte. Las Cortes constituyentes quisieron dar también testimonio del aprecio á los servicios de la marina, como á los del ejercito, declarando á sus individuos beneméritos de la patria[6].
Creado el apostadero del Nervión á principios de 1837, se dio el mando al capitán de fragata Armero, con fuerza suficientes para proteger la navegación de la ría de Bilbao. A poco determinó el general en jefe trasladar por mar el ejército á San Sebastián, embarcándolo en Portugalete, operación que ofrecía insuperable dificultades por la falta de recursos de la marina, cuya postración había llegado á un limite inconcebible en una nación que cuenta con tan dilatado litoral. La actividad de Armero encontró, no obstante, medios de atender á todo, obteniéndolos, por la persuasión ó por embargo, de los particulares. El día designado para el embargo, se hallaban reunidas en el playa hasta 40 lanchas venidas de Laredo y Castro Urdiales, y con orden y celeridad llevaron á los buques 30 batallones de infantería, 2.800 caballos y mulas, artillerías, parques y material de toda clase, con admiración del mismo general en jefe, que elevó al gobierno una expresiva recomendación por este servicio, proponiendo á Armero para ascenso ó condecoración que creía corresponderle.
Con la marcha del ejército crecieron las atenciones del apostadero, cuyos buques custodiaban la costa, teniendo encuentros frecuentes, en especial en Algorta y Somorrostro. Las recomendaciones repetidas del comandante general de marina, apoyadas por la junta de Almirantazgo:
…“encareciendo las sobresalientes cualidades de que estaba dotado el comandante del apostadero; sus conocimientos, actividad incansable, celo, amor al servicio, arrojo y valor á toda prueba y decisión sin limites á favor de los sagrados derechos de la Reina doña Isabel II”…[7], tuvieron. Con motivo de los últimos servicios, mejor resultado que la propuesta del conde de Luchana, toda vez que le fue concedido empleo de capitán de navío sin antigüedad, por real orden de 25 de enero de 1838.
Una causa, bien lisonjera por cierto, le hizo dejar la costa de Cantabria. Los partes de la Gaceta incluían con harta frecuencia el nombre de Armero, cuyos heroicos hechos era tan repetidos en la presente contienda[8], para que se olvidase en Andalucía que había nacido en su hermoso suelo. Llegadas las elecciones á Cortes, Sevilla le nombró representante de la provincia y trasladándose en consecuencia á Madrid, juró y tomó asiento, echando los cimientos de su carrera política, en aquella corta legislatura que sirvió de exposición de su opiniones manifestadas con la franqueza y decisión de su carácter.
Volvió á ser nombrado comandante en jefe de las fuerzas navales de Cantabria, después de al disolución de las Cortes, pasando, ya con antigüedad en su empleo de capitán de navío, á concertar con el duque de la Victoria el plan de operaciones más conveniente en la costa Norte. Estas dieron por resultado la importantísima ocupación de Bermeo y otros muchos puntos de la costa, que no enumeramos, en que tomó parte activa la marina bloqueándolos y batiéndolos, Armero se distinguió como de costumbre, principalmente al sacar de Mundaca con el vapor Isabel II, una goleta y cinco trincaduras enemigas.
Por real orden de 25 de enero de 1840, altamente honorífico, que se mando circular en la armada, fue ascendido al empleo de brigadier[9], pasando como comandante general de las fuerzas navales, á las costas de Cataluña, para seguir con vigor la campaña que había finalizado en el Norte.
Con rapidez pasó Armero por los grados, desde el más subalterno de la armada; pero ninguno de sus ascensos dejó de ser justificado. La fuerza de los hechos, el mérito unido á la buena estrella que le deparó ocasiones en que distinguirse, le hicieron salvar todos los escalones, aun los intermedios creados expresamente para él en las condiciones impuestas á sus promociones, tales como la de se el último de los capitanes de fragata supernumerarios por término de tres años (real orden de 27 de noviembre de 1836); capitán de navío sin antigüedad ni perjuicio de los de fragata que debían antecederle (real orden de 25 de Enero de 1838), grado de coronel de infantería, etc.
Ninguna de las publicaciones que conocemos ha hecho justicia á los servicios de la marina en aquella campaña, por falta de datos ó noticias de sus operaciones, que se ejecutan por lo común en un teatro sin espectadores; más en esta ocasión lo fueron los ejércitos contendientes y la plaza sitiada, y es por tanto de extrañar el silencio de escritores que se dicen imparciales. No resalta el proceder de Armero y de sus compañeros de fatigas, omitiendo la exposición de los elementos y recursos con que llevaron á cabo hechos tan gloriosos, y preciso es que se sepa, que esos cañoneros que cruzaron constantemente por el mar más tormentosos de Europa y que afrontaron las baterías enemigas, lejos de ser construidos para el objeto no era otra cosa que “quechemarines” destinados al pacifico comercio de “cabat-tin”. La inteligencia de los oficiales los transformó instantáneamente en máquinas destructoras.
La marina no limito sus funciones á surtir al ejercito á mantener sus comunicaciones, á sostener sus alas, tomó parte con éste en muchas acciones, subió la pesada artillería de sus buques á riscos tenidos por inaccesibles[10]; formó baterías y fuertes avanzadas, que guarneció y sostuvo, hechos muchas veces puentes en el Nervión y en el Galindo, que ofrecieron paso á las tropas de la reina; dio oficiales al Estado mayor[11], y demostró por fin, en todas ocasiones y de todas maneras, sus conocimientos facultativos y el espíritu que la animaba.
Los partes del general en jefe y los del comandante general de las fuerzas navales, están llenos de elogios y recomendaciones, referentes á la parte personal de Armero en todos estos hechos igualando á su valor, que rayaba en temeridad, la inteligencia y pericia marinera, la facilidad para vencer obstáculos y allanar dificultades, y sobre todo, la actividad que sabrá comunicar á cuantos le rodeaban. Fueron muchas las veces que saltó en tierra, ocupada de enemigos sorprendiéndolos y ahuyentándolos, y merece especial mención la derrota que hizo sufrir con su escasa fuerza á las avanzadas carlistas el 14 de Enero de 1836, arrojándolas de las alturas y caseríos de Aspe, que dominan la ría.
Debe también saberse que estos bizarros defensores de doña Isabel II asistieron hasta el fin de la campaña, en que, según expresión de un escritor moderno, se jugaba á los dado la Corona, sin más estimulo que el de su lealtad. Desatendidos ante las escaseases del erario, sufriendo los rigores de la intemperie en lastimosa desnudez y á veces los del hambre (que hasta la ración llegó á faltar)[12],Sobrellevaban sin queja su miseria, sufriendo á fuerza de buen humor las contrariedades.
La marina no limito sus funciones á surtir al ejercito á mantener sus comunicaciones, á sostener sus alas, tomó parte con éste en muchas acciones, subió la pesada artillería de sus buques á riscos tenidos por inaccesibles[10]; formó baterías y fuertes avanzadas, que guarneció y sostuvo, hechos muchas veces puentes en el Nervión y en el Galindo, que ofrecieron paso á las tropas de la reina; dio oficiales al Estado mayor[11], y demostró por fin, en todas ocasiones y de todas maneras, sus conocimientos facultativos y el espíritu que la animaba.
Los partes del general en jefe y los del comandante general de las fuerzas navales, están llenos de elogios y recomendaciones, referentes á la parte personal de Armero en todos estos hechos igualando á su valor, que rayaba en temeridad, la inteligencia y pericia marinera, la facilidad para vencer obstáculos y allanar dificultades, y sobre todo, la actividad que sabrá comunicar á cuantos le rodeaban. Fueron muchas las veces que saltó en tierra, ocupada de enemigos sorprendiéndolos y ahuyentándolos, y merece especial mención la derrota que hizo sufrir con su escasa fuerza á las avanzadas carlistas el 14 de Enero de 1836, arrojándolas de las alturas y caseríos de Aspe, que dominan la ría.
Debe también saberse que estos bizarros defensores de doña Isabel II asistieron hasta el fin de la campaña, en que, según expresión de un escritor moderno, se jugaba á los dado la Corona, sin más estimulo que el de su lealtad. Desatendidos ante las escaseases del erario, sufriendo los rigores de la intemperie en lastimosa desnudez y á veces los del hambre (que hasta la ración llegó á faltar)[12],Sobrellevaban sin queja su miseria, sufriendo á fuerza de buen humor las contrariedades.
Posesionado Armero del mando de las fuerzas de Cataluña en 21 de Febrero de 1849, fue su primer plan librar á las ciudades de Tortosa y Amposta de la estrechez en que el enemigo las tenía. Se presentó de improvisto en las bocas del Ebro, destruyó las baterías y parapetos que aquel había situado en las orillas y levantó el bloqueo, asegurando la navegación y el comercio del río, de muy atrás interrumpida. Siguió al interior á las facciones, obligándolas á abandonar el fuerte de Bordis y hubo de costarle la cara la confianza con que repetía estas expediciones, pues sorprendido, una vez en el camino de San Carlos de la Rápita, llevando muy reducida escolta, debió su salvación á una casa inmediata en que se parapeto y desde la cual causó á mansalva muchas bajas al enemigo. Todos sus actos fueron aprobados en Reales órdenes laudatorias[13] y deseando S. M. Darle una prueba de lo satisfecha que se hallaba de su buen desempeño en el mando, se sirvió concederle el uso de la insignia de preferencia (esto es, de jefe de escuadra), desde el cabo de Palos al de Creus y en las islas Baleares.
Empieza aquí nueva época en la vida de Armero; época de desengaño y sinsabores, de agitación y luchas, en distinto terreno que la cubierta de los buques, pero también de grandes servicios.
Había terminado la guerra civil, sin alterar en nada la situación de los dos partidos entró en Barcelona, donde se hallaban SS. MM. con su gobierno, aclamado y llevado en triunfo por el pueblo; aquel mismo día (13 de Julio), insistió en la petición hecha desde Lérida sobre cambio de ministerio y como la reina gobernadora desoyese sus exigencias, sancionado la ley municipal, hizo renuncia de todos sus cargos, siguiéndose los desagradable acaecimientos que dieron lugar á la declaración de la ciudad de estado de sitio. Armero se hallaba también en Barcelona con algunos de los buques de su mando y fue llamado á Palacio en el momento de presentar la dimisión el ministerio Castro, para que se encargase de la Cartera de Marina., Comercio y Gobernación de Ultramar, interino S. M. nombraba nuevo ministerio. Fue éste presidido pro don Antonia González en un principio y sufrió varias modificaciones, en las que Armero, promovido ya á jefe de escuadra, desempeño interinamente el ministerio de la gobernación del Reino, con el de Marina conservando el mando de las fuerzas navales[14].
Empieza aquí nueva época en la vida de Armero; época de desengaño y sinsabores, de agitación y luchas, en distinto terreno que la cubierta de los buques, pero también de grandes servicios.
Había terminado la guerra civil, sin alterar en nada la situación de los dos partidos entró en Barcelona, donde se hallaban SS. MM. con su gobierno, aclamado y llevado en triunfo por el pueblo; aquel mismo día (13 de Julio), insistió en la petición hecha desde Lérida sobre cambio de ministerio y como la reina gobernadora desoyese sus exigencias, sancionado la ley municipal, hizo renuncia de todos sus cargos, siguiéndose los desagradable acaecimientos que dieron lugar á la declaración de la ciudad de estado de sitio. Armero se hallaba también en Barcelona con algunos de los buques de su mando y fue llamado á Palacio en el momento de presentar la dimisión el ministerio Castro, para que se encargase de la Cartera de Marina., Comercio y Gobernación de Ultramar, interino S. M. nombraba nuevo ministerio. Fue éste presidido pro don Antonia González en un principio y sufrió varias modificaciones, en las que Armero, promovido ya á jefe de escuadra, desempeño interinamente el ministerio de la gobernación del Reino, con el de Marina conservando el mando de las fuerzas navales[14].
Llegado el termino señalado para la estancia en Barcelona, la familia real se embarcó para Valencia (22 de agosto), escoltándola aquellas. Poco después quedó circunscrita á la ciudad la autoridad del gobierno de la reina, pronunciada todas las provincias, incluso la de Valencia; y en tan apurada situación, resuelta la regenta á nombrar un ministerio enteramente progresista, admitió la dimisión presentada por el general Armero (11 de septiembre) del ministerio y del mando de las fuerzas navales, concediéndole, á su petición, licencia por un año para residir en Bilbao y Fuentes de Andalucía.
En el primer punto le sorprendió la orden de 12 de Noviembre, anulando la licencia y previniendo pasase inmediatamente á esperar órdenes en el departamento de Cádiz. Exponiendo que á la compresión del mismo pertenecía la villa de Fuentes, consiguió se confirmase la autorización de residencia, que disfrutó, distraído con las labores del campo y de su casa, hasta que fue sacado de ella en 19 de Octubre de 1841, intervenidos sus papeles, y llevado á un calabozo del castillo de San Sebastián en Cádiz. Suponíasele ligado a los acontecimientos de Madrid , Pamplona y Victoria, sin más dato que la consecuencia de sus opiniones, y aunque nada se halló en su correspondencia privada, que diese fundamento en tal creencia, fue incluido en el proceso que se formaba á los generales Sanz y Palarea.
En el momento en que se le permitió comunicar, reclamó contra las vejaciones de que era objeto, por conducto del ministerio de Marina, sin otro resultado que el de aliviar su prisión, cambiada por arresto dentro de los límites de la ciudad de Cádiz. Llegaron á esclarecerse los hechos, mandando sobreseer en la causa, sin que lo actuado pudiera perjudicar á su opinión, fama y carrera [15]; pero esto estaba muy lejos de satisfacer la dignidad ofendida del general, que acudió de nuevo al gobierno en sentida representación, protestando contra la ilegalidad de los procedimientos y pidiendo que por marina se practicasen nuevas y eficaces diligencias, hasta esclarecer su conducta ante el consejo de guerra[16], y el Supremo Tribunal de Guerra y Marina,. Á quien se pasó, estimando muy propio de la delicadeza del general armero su deseo, opinión debía servirle de completa satisfacción lo resulto por el regente del reino, sin necesidad de otro trámite. Volvió á Fuentes, respetando esta decisión y de allí fue espectador tranquilo de los complicados sucesos de la política y del levantamiento general contra el regente, de que fue señal el grito de “¡Dios salve á la Reina!” dado en el Congreso. Cuando el empleo de las armas llegó al distrito de su confinamiento, no creyó deber ya continuar impasible y ofreció sus servicios al capitán general de Andalucía, que los utilizó en el sitio de Sevilla, dando empleo adecuado á la actividad y talento de Armero, en la defensa marítima y en la sumisión y reorganización de las tropas de Utrera[17].
El gobierno provisional le nombró seguidamente (2 de Agosto), comandante general del departamento de Cartagena, concediéndole duplicada por los ministerios de Marina y de la Guerra, que parecían disputarse sus servicios, la gran cruz de Isabel la Católica[18], confirmando este aserto el hecho de su nombramiento de capitán general de Andalucía (decreto de 27 de septiembre), cuando aun no había terminado los preparativos de viaje, y las sucesivas disposiciones que iremos relatando.
El gobierno provisional le nombró seguidamente (2 de Agosto), comandante general del departamento de Cartagena, concediéndole duplicada por los ministerios de Marina y de la Guerra, que parecían disputarse sus servicios, la gran cruz de Isabel la Católica[18], confirmando este aserto el hecho de su nombramiento de capitán general de Andalucía (decreto de 27 de septiembre), cuando aun no había terminado los preparativos de viaje, y las sucesivas disposiciones que iremos relatando.
Obtuvo real licencia para contraer matrimonio con la Sra. doña Josefa Día y Armero, su prima hermana (8 de Noviembre), durante el desempeño de este importante cargo que sirvió tan á satisfacción del gobierno, que deseoso este de demostrarlo le promovió á teniente general del Ejército, por real decreto de 2 de Febrero de 1844.
Otro de 3 de mayo del mismo años le llamó segunda vez á los Consejos de S. M. En la cartera de Marina, Comercio y gobernación de Ultramar, igualando su categoría en la armada á la que tenía en el ejército (11 de Mayo).
Triste era el estado en que el general Armero halló su departamento, y grandes fueron los trabajos que en esta tercera época de su vida, llamada de la regeneración de la marina, emprendió con la asiduidad y la energía suyas, para trasformarlo. A la enumeración que pudiéramos hacer de sus principios determinaciones, preferimos, aunque omita no pocas, la publicada ya por personas á quien no se tachara de apasionada[19]. Dice así:
«La guerra civil por la que acabábamos de pasar y las escasez del Erario habían reducido el cuerpo y el material de la armada á una situación verdaderamente lamentable. El personal estaba completamente desatendido; más habiendo puesto todo su empeño en que hubiese una equitativa distribución de fondos, consiguió que durante su administración fuese la primera vez que, después de muchos años, llegasen á cubrirse con religiosa exactitud toda la atenciones de los varios servicios de la armada.
Los buques armados que entre grandes y chicos ascenderían á unos 25, la quinta parte de ellos vapores de 70 á 100 caballos, construidos todo en el extranjero y sólo dos hechos expresamente para el servicio de nuestra marina, reunían las condiciones necesarias para el objeto á que se destinaban; los demás estaban en general mal armado, escasos de repuestos y faltos de casi todos los adelantos, tan comunes ya en las marinas de guerra, con especialidad los que constituyen la interesante parte militar para su mejor servicio de muchos objetos, entre ellos los aljibes de fierro para aguada, que tantos beneficios proporciona á los navegantes.
Los arsenales estaban ruinosos, sus almacenes completamente exhaustos, en las fosas no existían un solo codo de madera del Estado; los diques, gradas y talleres se hallaban en general inutilizados, de manera que era imposible hacer nada en ellos: los contratistas se habían apoderado de alguno que otro edificio para conservar sus efectos; y de tal modo estaba este ramo del Estado imposibilitado de obrar por sí, que cuando el gobierno mandaba ejecutar á sus buques una comisión, ó hacer en ellos cualquiera reparación, como no llegase al mismo tiempo la orden del contratista á sus encargados en el departamento, no se cumplía ni tenia en nada. Cuando dejó el ministerio el general Armero, ya contaba la marina con casi un duplo de buques armados de los que había á su entrada, entre ellos catorces vapores, algunos de 200 á 350 caballos de fuerza; uno construido en el arsenal de la Carraca, en que hacia cincuenta y cuatro años que no se había hecho ningún buque de guerra.
Bien convencido el ministro de que la base de toda marina son sus arsenales, no descuidó un momento estos interesantes establecimientos, á quienes dedicó una cantidad mensual para su reparación, y habilitó su diques, gradas de construcción, naves de arboladura, para reedificar los talleres y almacenes, y construir un varadero en Ferrol. Al mismo tiempo se adquirió cuanta madera de construcción había en aquella época en España, que era muy poca y esta en poder de los contratistas á quienes se compró, consiguiendo en el poco tiempo carenar la mayor parte de los buques, algunos de los cuales fueron destinados á las estaciones del río de la Plata é islas del Golfo de Guinea, con el objeto de proteger nuestro comercio, que con especialidad en el primero de estos puntos, hacia mucho tiempo reclamaba la presencia del pabellón nacional. También logró con dicha compra que se pusiesen las quillas de una corbeta grande y un vapor que debían construirse por administración en los arsenales de Ferrol y Cádiz. Fue en esta época, que entre otras mejoras, tuvo lugar la que se introdujo en los cuarteles de la marinería llamada á dotar los buques de la armada, montándolos bajo un nuevo pié, beneficio que hasta entonces no habían tenido por hallarse completamente desatendidos esta clase de oficios. Se llevó al arsenal de la Carraca, a la población de San Carlos el agua de que carecía: operación que produjo una considerable economía al Erario y una gran ventaja al servicio, cuyas necesidades en este punto proveyeron desde entonces buques – aljibes de vela y de remo mandados construir al intento. Entonces se establecieron por cuenta del gobierno en el arsenal de Cartagena las fabricas de tejidos y jarcias para todas las atenciones de la marina, que hasta aquel momento habían provisto los contratista, construyendo los primeros en Granada y las segundas dentro del mismo arsenal de la Carraca. Para adoptar esta determinación fue menester comprar á los asentistas varias máquinas y útiles para la elaboración de dichos efectos: medida que entre otras ventajas, produjo la de poder hacer evacuar los arsenales á sus dependientes.
Nombró una comisión de jefes entendidos, y de los constructores y agregados que tenían más conocimientos y disposición, y la hizo pasar á Inglaterra con el encargo de ver y examinar cuantos adelantos se hubiesen hecho en aquella marina, tanto en construcción como en lo relativo á la parte militar marinera y reglamentaria; autorizando á su jefe para adquirir modelos de cuanto se considerasen útil para nuestros buques, disponiendo además que se hiciesen en aquel punto dos de guerra, uno de vela y otro de vapor, que deberían construirse y armarse con todas las mejoras de la época, para servir como tales, para los que desde luego iban á hacerse en nuestro país.
Comprendiendo el general Armero que mal podrían adoptarse en nuestra marina los adelantos militares que se habían generalizado en las extranjeras, si todos los que debían ocuparse de esta importante parte del servicio no estaban preparados con los conocimientos necesarios para recibirlos, creó durante su ministerio la compañía denominada “Escuela de Condestables”, compuesta de unos 150 jóvenes para quienes hizo habilitar, con cuanto se consideró necesario, un edificio en la población de San Carlos, en que pudiesen vivir acuartelados y recibir la instrucción teórica que preceptuaba su reglamento; y con el fin de que tanto ellos como la tropa de artillería de marina, pudiese ejercitarse en la practica del tiro y en el manejo de las piezas de grueso calibre, mandó reparar la batería doctrinal y colocar en ellas cañones y montajes de diferentes sistemas. Conociendo también que como por resultas de la supresión del cuerpo de pilotos era de toda necesidad que los oficiales de la armada, que en lo sucesivo habían de desempeñar sus veces en los buques, tuviesen la mayor práctica posible en el manejo de los instrumentos de reflexión, y que su adquisición las más veces no les era dable, porque el corto sueldo de un subalterno no permitía hacer tan crecido desembolso, después de dotar á los buques, según su tamaño, con aquellos mas costosos, como cronómetros, barómetros, etc, dispuso que en el Observatorio de marina de San Fernando se formase un deposito de los demás, señalados á los jefes y oficiales con el objeto de que pudiesen proveerse desde luego de ellos, mediante un módico descuento hasta cubrir su importe: disposición que al poco tiempo realizó los deseos del que la había propuesto.
Cupo también en suerte, á este jefe, fundar y establecer en San Fernando, el colegio naval militar; proyecto que, si bien se había tratado de llevar á efecto en diferentes ocasiones, conociendo su utilidad, no había logrado realizarse por falta de medios, hasta que en enero de 1845 se efectuó su apertura.»
Esta ligera reseña pone mas en relieve las condiciones que, como culminantes, hemos señalado en el general Armero; la inteligencia, la energía y la actividad, hace conjeturar, por lo realizado en el tiempo de su administración, lo que podía prometerse la armada de la continuación de su mando y dirección.
Y no se limitaron á su departamento los trabajos de este ministro, que apreciado en lo que valía por sus colegas, fue de gran peso su opinión en el Consejo, que acordó y presentó leyes tan importantes como son las de ayuntamiento y diputaciones provinciales, la de reforma del sistema tributario, la universitaria, la de dotación del culto y clero y tantas otras orgánicas. Prueba también la confianza que de él se hacia, el nombramiento de capitán general de Madrid (decreto de 13 de mayo de 1844), con retención del ministerio de Marina, durante la ausencia de la corte.
Sevilla, su provincia, le honró por segunda vez, para representar sus intereses en el Congreso, en la legislatura que había de discutir la ley fundamental del Estado, y promulgada esta (23 de Mayo de 1845), los acontecimientos sucesivos dieron ocasión á que S. M. manifestara al general, en real decreto de 22 de Agosto rubricado en Mondragón, lo satisfecha que había quedado de la lealtad y firmeza con que había contribuido á sostener el orden publico en la capital, concediéndole al mismo tiempo la gran cruz de San Fernando, que renunció por delicadeza. Dos día después, formado el Senado vitalicio con arreglo á la Constitución, fue nombrado para este elevado cargo.
«La guerra civil por la que acabábamos de pasar y las escasez del Erario habían reducido el cuerpo y el material de la armada á una situación verdaderamente lamentable. El personal estaba completamente desatendido; más habiendo puesto todo su empeño en que hubiese una equitativa distribución de fondos, consiguió que durante su administración fuese la primera vez que, después de muchos años, llegasen á cubrirse con religiosa exactitud toda la atenciones de los varios servicios de la armada.
Los buques armados que entre grandes y chicos ascenderían á unos 25, la quinta parte de ellos vapores de 70 á 100 caballos, construidos todo en el extranjero y sólo dos hechos expresamente para el servicio de nuestra marina, reunían las condiciones necesarias para el objeto á que se destinaban; los demás estaban en general mal armado, escasos de repuestos y faltos de casi todos los adelantos, tan comunes ya en las marinas de guerra, con especialidad los que constituyen la interesante parte militar para su mejor servicio de muchos objetos, entre ellos los aljibes de fierro para aguada, que tantos beneficios proporciona á los navegantes.
Los arsenales estaban ruinosos, sus almacenes completamente exhaustos, en las fosas no existían un solo codo de madera del Estado; los diques, gradas y talleres se hallaban en general inutilizados, de manera que era imposible hacer nada en ellos: los contratistas se habían apoderado de alguno que otro edificio para conservar sus efectos; y de tal modo estaba este ramo del Estado imposibilitado de obrar por sí, que cuando el gobierno mandaba ejecutar á sus buques una comisión, ó hacer en ellos cualquiera reparación, como no llegase al mismo tiempo la orden del contratista á sus encargados en el departamento, no se cumplía ni tenia en nada. Cuando dejó el ministerio el general Armero, ya contaba la marina con casi un duplo de buques armados de los que había á su entrada, entre ellos catorces vapores, algunos de 200 á 350 caballos de fuerza; uno construido en el arsenal de la Carraca, en que hacia cincuenta y cuatro años que no se había hecho ningún buque de guerra.
Bien convencido el ministro de que la base de toda marina son sus arsenales, no descuidó un momento estos interesantes establecimientos, á quienes dedicó una cantidad mensual para su reparación, y habilitó su diques, gradas de construcción, naves de arboladura, para reedificar los talleres y almacenes, y construir un varadero en Ferrol. Al mismo tiempo se adquirió cuanta madera de construcción había en aquella época en España, que era muy poca y esta en poder de los contratistas á quienes se compró, consiguiendo en el poco tiempo carenar la mayor parte de los buques, algunos de los cuales fueron destinados á las estaciones del río de la Plata é islas del Golfo de Guinea, con el objeto de proteger nuestro comercio, que con especialidad en el primero de estos puntos, hacia mucho tiempo reclamaba la presencia del pabellón nacional. También logró con dicha compra que se pusiesen las quillas de una corbeta grande y un vapor que debían construirse por administración en los arsenales de Ferrol y Cádiz. Fue en esta época, que entre otras mejoras, tuvo lugar la que se introdujo en los cuarteles de la marinería llamada á dotar los buques de la armada, montándolos bajo un nuevo pié, beneficio que hasta entonces no habían tenido por hallarse completamente desatendidos esta clase de oficios. Se llevó al arsenal de la Carraca, a la población de San Carlos el agua de que carecía: operación que produjo una considerable economía al Erario y una gran ventaja al servicio, cuyas necesidades en este punto proveyeron desde entonces buques – aljibes de vela y de remo mandados construir al intento. Entonces se establecieron por cuenta del gobierno en el arsenal de Cartagena las fabricas de tejidos y jarcias para todas las atenciones de la marina, que hasta aquel momento habían provisto los contratista, construyendo los primeros en Granada y las segundas dentro del mismo arsenal de la Carraca. Para adoptar esta determinación fue menester comprar á los asentistas varias máquinas y útiles para la elaboración de dichos efectos: medida que entre otras ventajas, produjo la de poder hacer evacuar los arsenales á sus dependientes.
Nombró una comisión de jefes entendidos, y de los constructores y agregados que tenían más conocimientos y disposición, y la hizo pasar á Inglaterra con el encargo de ver y examinar cuantos adelantos se hubiesen hecho en aquella marina, tanto en construcción como en lo relativo á la parte militar marinera y reglamentaria; autorizando á su jefe para adquirir modelos de cuanto se considerasen útil para nuestros buques, disponiendo además que se hiciesen en aquel punto dos de guerra, uno de vela y otro de vapor, que deberían construirse y armarse con todas las mejoras de la época, para servir como tales, para los que desde luego iban á hacerse en nuestro país.
Comprendiendo el general Armero que mal podrían adoptarse en nuestra marina los adelantos militares que se habían generalizado en las extranjeras, si todos los que debían ocuparse de esta importante parte del servicio no estaban preparados con los conocimientos necesarios para recibirlos, creó durante su ministerio la compañía denominada “Escuela de Condestables”, compuesta de unos 150 jóvenes para quienes hizo habilitar, con cuanto se consideró necesario, un edificio en la población de San Carlos, en que pudiesen vivir acuartelados y recibir la instrucción teórica que preceptuaba su reglamento; y con el fin de que tanto ellos como la tropa de artillería de marina, pudiese ejercitarse en la practica del tiro y en el manejo de las piezas de grueso calibre, mandó reparar la batería doctrinal y colocar en ellas cañones y montajes de diferentes sistemas. Conociendo también que como por resultas de la supresión del cuerpo de pilotos era de toda necesidad que los oficiales de la armada, que en lo sucesivo habían de desempeñar sus veces en los buques, tuviesen la mayor práctica posible en el manejo de los instrumentos de reflexión, y que su adquisición las más veces no les era dable, porque el corto sueldo de un subalterno no permitía hacer tan crecido desembolso, después de dotar á los buques, según su tamaño, con aquellos mas costosos, como cronómetros, barómetros, etc, dispuso que en el Observatorio de marina de San Fernando se formase un deposito de los demás, señalados á los jefes y oficiales con el objeto de que pudiesen proveerse desde luego de ellos, mediante un módico descuento hasta cubrir su importe: disposición que al poco tiempo realizó los deseos del que la había propuesto.
Cupo también en suerte, á este jefe, fundar y establecer en San Fernando, el colegio naval militar; proyecto que, si bien se había tratado de llevar á efecto en diferentes ocasiones, conociendo su utilidad, no había logrado realizarse por falta de medios, hasta que en enero de 1845 se efectuó su apertura.»
Esta ligera reseña pone mas en relieve las condiciones que, como culminantes, hemos señalado en el general Armero; la inteligencia, la energía y la actividad, hace conjeturar, por lo realizado en el tiempo de su administración, lo que podía prometerse la armada de la continuación de su mando y dirección.
Y no se limitaron á su departamento los trabajos de este ministro, que apreciado en lo que valía por sus colegas, fue de gran peso su opinión en el Consejo, que acordó y presentó leyes tan importantes como son las de ayuntamiento y diputaciones provinciales, la de reforma del sistema tributario, la universitaria, la de dotación del culto y clero y tantas otras orgánicas. Prueba también la confianza que de él se hacia, el nombramiento de capitán general de Madrid (decreto de 13 de mayo de 1844), con retención del ministerio de Marina, durante la ausencia de la corte.
Sevilla, su provincia, le honró por segunda vez, para representar sus intereses en el Congreso, en la legislatura que había de discutir la ley fundamental del Estado, y promulgada esta (23 de Mayo de 1845), los acontecimientos sucesivos dieron ocasión á que S. M. manifestara al general, en real decreto de 22 de Agosto rubricado en Mondragón, lo satisfecha que había quedado de la lealtad y firmeza con que había contribuido á sostener el orden publico en la capital, concediéndole al mismo tiempo la gran cruz de San Fernando, que renunció por delicadeza. Dos día después, formado el Senado vitalicio con arreglo á la Constitución, fue nombrado para este elevado cargo.
La cuestión de enlace de S. M. dividió las opiniones del partido moderado, produciendo al fin una crisis que ocasionó la dimisión del ministerio (2 de Febrero de 1840). Armero fue destinado á la junta de dirección de la armada, recompensado sus servicios con la gran cruz de Carlos III (18 de Marzo), y llamado de nuevo al ministerio para encargarse del mismo departamento de Marina, é interinamente del de la Guerra, hasta la presentación del general designado para este último (6 de Abril).
Graves sucesos ocurrieron en Galicia en este año; una insurrección militar conmovió aquellas provincias de suyo pacificas, y la sangre corrió. Desvanecida aquélla, la cuestión del enlace de la reina volvió á ser la preocupación constante del gobierno, como lo era ya de la nación. El gabinete rechazó al fin con entereza exigencias extrañas, verificándose en un mismo día (10 de Octubre), el matrimonio de la reina y el de la infanta su hermana festejados con disposiciones de reaparición y olvido.
Concluyó la existencia del ministerio el 28 de Enero de 1847, pasando el general á restablecer en Ecija su quebrantada salud.
En 1848(2 de Marzo), fue nombrado comandante general del apostadero de la Habana; pero antes de marchar tuvo ocasión oportuna de prestar nuevos servicios al principio de autoridad, cooperando á sofocar el movimiento socialista de Madrid (26 de Marzo), y la insurrección militar de Sevilla (13 de Mayo)[20]. Llegó á la Habana en la corbeta Colon el 30 de Junio, y el mismo día en que se encargó del mando puso por obra su sistema especial de gobierno en la escuadra, en el arsenal. Inflexible en materia de disciplina, uniformó y regularizó el servicio, exigiendo en él una precisión y una exactitud que era el primero en colar, apareciendo á cualquier hora del día ó de la noche, allí donde menos se le esperaba. Cambió la artillería á los buques que la tenían antigua; desterró el armamento de chispa que algunos conservaban; hizo escribir y observar un manual de ejercicios facultativos que más adelante se generalizó á toda la armada, y cuando todos se encontraron en el estado militar de merecer su difícil aprobación, aumentó sus exigencias por la parte marinera, siendo teatro el puerto de las mas complicadas y difíciles maniobras, ejecutadas con pasmosa celeridad y admitidas como un espectáculo por la población, que acudía á los muelles á aplaudir la noble emulación de oficiales y marineros. Así consiguió montar la escuadra bajo el pie más brillante en todo los conceptos y tenerla en disposición de ponerse á la vela á la primera orden, consiguiendo el complemento de la instrucción práctica en los cruceros que estableció en determinados y juntos de las Antillas, en que alternaban todos los buques, y que sirviendo de protección al comercio, adiestraban á la par á las tripulaciones en las faenas y tiro al blanco y á los oficiales en observaciones astronómicas, cuyos cálculos y diarios de navegación eran examinados por el general al regreso. los buques no ocupados en este servicio, recorrían con igual alternativa los puertos de las Antillas vecinas, los de las republicas de Centro América, Méjico y los Estado Unidos, mostrando el pabellón y sosteniendo, en caso necesario, las gestiones de los cónsules españoles por los intereses de los nacionales.
Concluyó la existencia del ministerio el 28 de Enero de 1847, pasando el general á restablecer en Ecija su quebrantada salud.
En 1848(2 de Marzo), fue nombrado comandante general del apostadero de la Habana; pero antes de marchar tuvo ocasión oportuna de prestar nuevos servicios al principio de autoridad, cooperando á sofocar el movimiento socialista de Madrid (26 de Marzo), y la insurrección militar de Sevilla (13 de Mayo)[20]. Llegó á la Habana en la corbeta Colon el 30 de Junio, y el mismo día en que se encargó del mando puso por obra su sistema especial de gobierno en la escuadra, en el arsenal. Inflexible en materia de disciplina, uniformó y regularizó el servicio, exigiendo en él una precisión y una exactitud que era el primero en colar, apareciendo á cualquier hora del día ó de la noche, allí donde menos se le esperaba. Cambió la artillería á los buques que la tenían antigua; desterró el armamento de chispa que algunos conservaban; hizo escribir y observar un manual de ejercicios facultativos que más adelante se generalizó á toda la armada, y cuando todos se encontraron en el estado militar de merecer su difícil aprobación, aumentó sus exigencias por la parte marinera, siendo teatro el puerto de las mas complicadas y difíciles maniobras, ejecutadas con pasmosa celeridad y admitidas como un espectáculo por la población, que acudía á los muelles á aplaudir la noble emulación de oficiales y marineros. Así consiguió montar la escuadra bajo el pie más brillante en todo los conceptos y tenerla en disposición de ponerse á la vela á la primera orden, consiguiendo el complemento de la instrucción práctica en los cruceros que estableció en determinados y juntos de las Antillas, en que alternaban todos los buques, y que sirviendo de protección al comercio, adiestraban á la par á las tripulaciones en las faenas y tiro al blanco y á los oficiales en observaciones astronómicas, cuyos cálculos y diarios de navegación eran examinados por el general al regreso. los buques no ocupados en este servicio, recorrían con igual alternativa los puertos de las Antillas vecinas, los de las republicas de Centro América, Méjico y los Estado Unidos, mostrando el pabellón y sosteniendo, en caso necesario, las gestiones de los cónsules españoles por los intereses de los nacionales.
No tardó el general de la escuadra en recoger el fruto de sus previsoras disposiciones. Aunque ningún acto exterior hubiera hecho ostensible la codicia de ciertas gentes de los Estados Unidos por la posesión de cuba, hacia tiempo que los radicales expresaban con toda claridad en discurso y reuniones su deseo de apropiarse de la isla. En Septiembre de 1849, los llamados anexionistas, alistaron gente de la que no tiene cabida en ninguna parte, pusieron á su cabeza al general emigrado don Narciso López, y flotaron dos vapores provistos de armas y municiones. El presidente hizo detener estos buques y quedó frustrada la expedición; más no tardó en prepararse otra de 500 hombres que á las ordenes del mismo López salió en el vapor Criollo, y desembarcó en Cárdenas (10 de Mayo de 1850), venciendo la heroica resistencia de un destacamento de 17 hombres, que por toda guarnición hallaron.
El general Armero tenía tomadas todas sus disposiciones; los buques se hallaban distribuidos en los puntos más adecuados á los intentos de los piratas, y á la noticia de su salida de Nueva Orleáns, embarcó en el vapor Pizarro[21], buque de marcha superior, para perseguirlos personalmente. Una falsa confidencia le hizo dirigir el rumbo al O., ó lo que es lo mismo, en dirección contraria á la que había llevado López; pero aún así topó con dos buques que conducían refuerzos y pertrechos á los expedicionarios, y los hizo su presa en la isla de Contoy. Supo allí la verdadera intención de López, volvió la proa hacia cárdenas, queriendo en su impaciencia dar alas al vapor; llegó para recibir la noticia de haber fracasado la intentona, y sin detenerse un instante tornó á la mar, descubriendo con satisfacción en el horizonte el humo del fugitivo. Aun había esperanza.
No es fácil describir la excitación de la caza; cargándose las calderas más allá del límite de la prudencia; se forzó la máquina; cortaba el agua la proa con velocidad desusada, y el buque no se movió al parecer de los que lo dotaban. Sin embargo, el Criollo iba saliendo del horizonte. Los palos, la chimenea, el casco, se distinguían sucesivamente. Era indudable que, si bien lentamente, la distancia disminuía. Los semblantes traducían con exactitud la emoción que todos sentían. Pasaban las horas sin sentir, fija la vista en el objeto deseado, que un espacio mayor de mar hubiera puesto en sus manos. Desgraciadamente, los cayos y arrecifes de la Florida arrecian al Pizarro una barrera insuperable que podía franquear el Criollo por su menor calado; fue necesario emprender un largo rodeo que restableció la venta de esta ultimo y que le permitió llegar á salvo al puerto de Cayo Hueso. En el entró también el general, y ya que el respeto al derecho le impidiera dar al rebelde López el escarmiento que le preparaba, entablo reglamentaciones con las autoridades, que produjeron el embargo del vapor, y la promesa de encerrar á los aventureros.
De regreso en la Habana, continuó Armero dedicando todo su tiempo á las mejoras del apostadero. No hallando empleo para su actividad en la escuadra, cuyo estado nada le dejaba que desear, fijó su principal atención en el arsenal, donde se trabajaba en la construcción de un varadero, cuya falta se hacia sentir. Dio gran ensanche á los talleres y obradores; multiplicó el producto de las manos con el orden y la vigilancia; consiguió grandes economías; y como la manufactura excediera, por estos cuidados, á las necesidades de la escuadra, hizo construir bombas, fogones y máquinas diversas que sabia ser de necesidad y difícil adquisición en los arsenales de la Península, y las remitió en los buques del Estado que regresaban, con grande utilidad de aquellos establecimientos. Envió también ciento cincuenta mil codos cúbico de excelentes maderas procedentes de los cortes establecidos en varios puntos de la isla; y pareciéndole poco todo esto, cercenó hasta el extremo los gastos del apostadero, y propuso al gobierno la construcción de una fragata de cincuenta cañones, con las maderas y fondos que remitiría.
Aprobado el pensamiento, recibió mayores proporciones al reconocer la excelencia de la madera, dignas de componer un navío. Mándese construir en el arsenal de la Carraca, para llevar 84 cañones, y botado con felicidad al agua el 10 de octubre de 1852, es el que aun lleva el nombre de nuestra reina, sirviendo de escuela de marinería en Cartagena.
De regreso en la Habana, continuó Armero dedicando todo su tiempo á las mejoras del apostadero. No hallando empleo para su actividad en la escuadra, cuyo estado nada le dejaba que desear, fijó su principal atención en el arsenal, donde se trabajaba en la construcción de un varadero, cuya falta se hacia sentir. Dio gran ensanche á los talleres y obradores; multiplicó el producto de las manos con el orden y la vigilancia; consiguió grandes economías; y como la manufactura excediera, por estos cuidados, á las necesidades de la escuadra, hizo construir bombas, fogones y máquinas diversas que sabia ser de necesidad y difícil adquisición en los arsenales de la Península, y las remitió en los buques del Estado que regresaban, con grande utilidad de aquellos establecimientos. Envió también ciento cincuenta mil codos cúbico de excelentes maderas procedentes de los cortes establecidos en varios puntos de la isla; y pareciéndole poco todo esto, cercenó hasta el extremo los gastos del apostadero, y propuso al gobierno la construcción de una fragata de cincuenta cañones, con las maderas y fondos que remitiría.
Aprobado el pensamiento, recibió mayores proporciones al reconocer la excelencia de la madera, dignas de componer un navío. Mándese construir en el arsenal de la Carraca, para llevar 84 cañones, y botado con felicidad al agua el 10 de octubre de 1852, es el que aun lleva el nombre de nuestra reina, sirviendo de escuela de marinería en Cartagena.
Todos los actos del general merecieron la aprobación de S. M. que repetidas veces, le hizo saber lo satisfecha que estaba de sus servicios, proponiéndole prorrogar el plazo de su mando cuando fue cumplido, el que respetuosamente resignó, por haber resentido su salud aquel ardoroso clima[22]. Fue pues relevado á su solicitud por real decreto de 2 de Junio de 1851, recomendándole pronto regreso para encargarse otra vez del Ministerio de Marina, para que fue nombrado en aquella misma fecha, en testimonio del aprecio de S. M.
Hecho el viaje por la vía de los Estados – Unidos é Inglaterra, juró el 9 de Septiembre, prosiguiendo su obra organizadora en los diversos ramos de la armada. Señala este nuevo período de su mando la formación de una escuadrilla como división que puso á las ordenes del brigadier don Joaquín Gutiérrez de Rubalcaba para cruzar sobre las Baleares y costa de Cataluña, uniformando la instrucción de las tripulaciones y acostumbrando á los oficiales á los movimientos colectivos, y al servicio de escuadra. La historia general del ministerio consignará el grato acontecimiento del natalicio de la princesa de Asturias (20 de Diciembre), y como reverso el atentado contra la vida de S. M. (2 de Febrero de 1852) Armero no estuvo conforme con la marcha acordada por aquel después de este ultimo suceso y presentó su dimisión, quedando de Cuartel en Madrid (3 de Mayo).
En la legislatura de 1852 á 53 fue nombrado primer vice-presidente del Senado.
Cambiada la situación, fue una de las medidas del nuevo gabinete la creación de una junta consultiva de Ultramar (27 de septiembre), atendiendo á la excitación producida y no calmada aun a los Estados Unidos, por la cuestión del vapor Blach-Warrior. El general Armero fue nombrado vocal (3 de octubre), pero declinó esta honra hasta que de nuevo le fue ofrecida en 23 de agosto de1855.
Fue promovido á la alta dignidad de capitán general de la armada á propuesta del almirantazgo y en turno de antigüedad, en 13 de febrero de 1856. Extinguida esta corporación, obtuvo nombramiento de director general de la armada (7 de noviembre), y con la gran cruz de San Hermenegildo alcanzada reglamentariamente el mismo año. Reunió cuantas distinciones pueden ambicionarse en la milicia[23].
Hemos hecho caso omiso de los acontecimientos políticos del 54 al 57, pero la caída del ministerio Narváez, sustituido por el general Armero (16 de Octubre), nos obliga á apuntar, siquiera sea someramente, los que siguieron á la última fecha.
Constituido el gabinete bajo la presidencia de este general, que conservó la cartera de la Guerra, inició desde el primer momento una política conservadora que fue recibida con general aplauso, y un fausto suceso, el nacimiento del príncipe Alfonso (28 de Noviembre), se celebró con decretos de amnistía, indultos y gracias. Se reanudaron las interrumpidas relaciones con la Corte Pontificia; se negoció un tratado postal con la Gran Bretaña y se entablaron vivas reclamaciones por la captura de dos buques que hicieron sus cruceros en la costa de África.
Abierta las Cámaras (10 de Enero de 1858), el ministerio presentó su programa, que en cualesquier otras circunstancias hubiera satisfecho al partido conservador. Las oposiciones presentaron la batalla en la elección de presidente del Congreso, ganándola por algunos votos. El ministerio conservaba la confianza de la Corona, y según dijo uno de sus miembros en pleno Parlamento, tenia en su poder el decreto de disolución; pero prefirió dejar el campo á otros mas afortunados, frustrada la tentativa de unión del partido moderado, que fue el norte de todos sus actos. La dimisión se aceptó el 11 de Enero, volviendo el general Armero al desempeño exclusivo de su cargo de capitán general de la armada.
Fijó su residencia en Fuentes de Andalucía (Sevilla) en 1862, viviendo alejado de la política hasta el 64. Por decreto de 22 de febrero de este año, atendiendo á sus meritos y dilatados servicios, se le concedió la grandeza de España de primera clase, con el titulo de marques del Nervión, aludiendo a su afortunada campana en la costa de Cantabria. Otro de 16 de septiembre le llamó por quinta vez al ministerio de Marina, formando parte del gabinete que podríamos llamar de notabilidades, y su aceptación debe colocarse entre las pruebas de patriotismo que antes había dado. Ocupándose de la armada con el mismo interés, con el mismo vigor de sus mejores años, dispuso el embarco de 72 guardias marinas en los buques Santa María y Niña, habilitadas por su antecesor para una campana de instrucción á Filipinas; previno que en estos buques y en todos los destinados á escuelas se celara con la mayor escrupulosidad el adelanto de estos jóvenes, inculcándoles en los deberes de la disciplina, sin la menor tolerancia, y que los capitanes y comandantes generales pasasen frecuentes revistas de inspección para cerciorarse del cumplimiento de los reglamentos. Mejoró también la organización del observatorio de San Fernando, en punto á la enseñanza de sus alumnos y creó una escuela de maestranza en el arsenal de la Carraca. Acogió la propuesta que se le hizo de mejorar la ración del marinero y en breve tiempo se instalaron hornos en los buques, distribuyendo á la marinería pan fresco dos veces por semana.
La pesca, ese importante ramo de la riqueza pública, íntimamente ligado con el desarrollo del elemento naval y que es base de la marina militar; ese riquísimo venero con que brindan al industrial nuestras abandonadas costas, por mas que las haya favorecido naturaleza, fijó no menos su tensión, y decidió sacarla de la nada, creando una junta honorífica y gratuita con el nombre de “Comisión permanente de pesca” que difundiría el conocimiento de los resultados obtenidos en el extranjero, y muy luego se alcanzaron los frutos de esta medida, con la formación de empresas á que se hicieron favorables concesiones y que han introducido industrias nuevas en España, de gran porvenir, como son la piscicultura y horticultura.
Fijó su residencia en Fuentes de Andalucía (Sevilla) en 1862, viviendo alejado de la política hasta el 64. Por decreto de 22 de febrero de este año, atendiendo á sus meritos y dilatados servicios, se le concedió la grandeza de España de primera clase, con el titulo de marques del Nervión, aludiendo a su afortunada campana en la costa de Cantabria. Otro de 16 de septiembre le llamó por quinta vez al ministerio de Marina, formando parte del gabinete que podríamos llamar de notabilidades, y su aceptación debe colocarse entre las pruebas de patriotismo que antes había dado. Ocupándose de la armada con el mismo interés, con el mismo vigor de sus mejores años, dispuso el embarco de 72 guardias marinas en los buques Santa María y Niña, habilitadas por su antecesor para una campana de instrucción á Filipinas; previno que en estos buques y en todos los destinados á escuelas se celara con la mayor escrupulosidad el adelanto de estos jóvenes, inculcándoles en los deberes de la disciplina, sin la menor tolerancia, y que los capitanes y comandantes generales pasasen frecuentes revistas de inspección para cerciorarse del cumplimiento de los reglamentos. Mejoró también la organización del observatorio de San Fernando, en punto á la enseñanza de sus alumnos y creó una escuela de maestranza en el arsenal de la Carraca. Acogió la propuesta que se le hizo de mejorar la ración del marinero y en breve tiempo se instalaron hornos en los buques, distribuyendo á la marinería pan fresco dos veces por semana.
La pesca, ese importante ramo de la riqueza pública, íntimamente ligado con el desarrollo del elemento naval y que es base de la marina militar; ese riquísimo venero con que brindan al industrial nuestras abandonadas costas, por mas que las haya favorecido naturaleza, fijó no menos su tensión, y decidió sacarla de la nada, creando una junta honorífica y gratuita con el nombre de “Comisión permanente de pesca” que difundiría el conocimiento de los resultados obtenidos en el extranjero, y muy luego se alcanzaron los frutos de esta medida, con la formación de empresas á que se hicieron favorables concesiones y que han introducido industrias nuevas en España, de gran porvenir, como son la piscicultura y horticultura.
Los complicados asuntos del Pacifico entraron en vías de solución, en virtud de las terminales instrucciones que dio al jefe nombrado para le mando de la escuadra, que reunía el carácter de plenipotenciario. Proveyó á las necesidades de esta, remitiendo con toda seguridad, á tan larga distancia, víveres y carbón que contrató, con todas las formalidades legales y con muchas ventajas para el Erario, según el tiempo y los sucesos posteriores se han encargado de demostrar contestando á los que censuraron esta medida.
La fragata Numancia, hermoso buque, el primero acorazado que ha tendido nuestra marina, provisto y acondicionado con toda inteligencia, salió por orden suya para aquellos mares, acompañándole el trasporte Marques de la Victoria. Las naciones marítimas contemplaron con interés esta empresa nueva, estudiando el viaje que se llevó a cabo con felicidad hasta fondear en las islas Chinchas, y España resolvió el problema de la navegación de los buques blindados, como ha resuelto tantos otros por la iniciativa y arrojo de su ministro de Marina.
Dejó de serlo el general Armero (21 de Junio de 1865), con la satisfacción de ver ajustado con el Perú un tratado ventajoso, que ponía fin á las diferencias resarciendo á la nación de los gastos hechos, y regreso á su casa de Sevilla.
Dejó de serlo el general Armero (21 de Junio de 1865), con la satisfacción de ver ajustado con el Perú un tratado ventajoso, que ponía fin á las diferencias resarciendo á la nación de los gastos hechos, y regreso á su casa de Sevilla.
A principio de 1866, un gravísimo ataque de gota, enfermedad que padecía de mucho tiempo atrás, puso en inminente peligro su vida. En vano se ensayaron todos los recurso de la ciencia médica por los profesores más acreditados; la lucha fue larga y tenaz, prolongándola su gran fortaleza física y la mayor aún de su espíritu por un periodo de cerca de seis meses; pero los mas heroicos remedios no pudieron contener el progreso del mal.
La culta población de Fuentes de Andalucía (Sevilla) dio, con este triste motivo, inequívocas pruebas del aprecio en que tenia al ilustre enfermo. Todas las personas más notables acudían diariamente á informarse de las vicisitudes de su estado.
S. A. R. El señor duque de Montpensier le honró frecuentemente con su visita.
S. M. La Reina, tan luego como supo el estado de su gravedad del general Armero, significó por el telégrafo á su señora esposa el interés que tomaba por tan leal servidor de su trono, ordenando que diariamente se la informase de su salud.
S. A. R. El señor duque de Montpensier le honró frecuentemente con su visita.
S. M. La Reina, tan luego como supo el estado de su gravedad del general Armero, significó por el telégrafo á su señora esposa el interés que tomaba por tan leal servidor de su trono, ordenando que diariamente se la informase de su salud.
El telégrafo testifico también el gran numero de amigos que contaba el enfermo en toda España.
El general pidió espontáneamente que se le administrasen los Santos Sacramentos, y los recibió con disposiciones que conmovieron á cuantos presenciaban tan solemne ceremonia.
Significo después, como voluntad expresa y última que hiciesen en su entierro honores de capitán general que le correspondían; que fuera aquel sin boato, entregándose á los pobres la suma que hubiera de importar las pompas, y que sólo deseaba que acompañaran su cadáver algunos individuos de marina.
Una ligera mejoría, prolongada por algunos días, hizo renacer las esperanzas de restablecimiento; pero duraron poco: el general Armero dejó de existir en la noche del 1 de Julio.
Los diarios de Sevilla dan cuenta en estos términos de sus funerales:
«Ayer fue conducido á la última morada el cadáver del excelentísimo señor capitán general de marina don Francisco Armero, para cuyo acto vinieron á Sevilla los generales Pery, Izquierdo, el segundo Jefe oficialidad y fuerza de marina del departamento de San Fernando, y parte de la dotación del navío Reina Isabel II. El funeral se celebró á las nueves de la mañana en la iglesia parroquial de San Andrés, y terminado, se puso en marcha la comitiva; las calles de la carrera, desde la plaza de la citada parroquia hasta la puerta Real, estaban ocupadas por las tropas de la guarnición.
Rompa la marcha del cortejo fúnebre una sección de artillería rodada, detrás el mayor de plaza; seguían secciones de los diferentes cuerpos de la guarnición, destinadas para hacer los honores de ordenanza; después los niños y pobres del Asilo, el clero, el cuerpo, que era conducido por soldado de marina y marineros alternativamente; sobre el féretro se distinguían las insignias del alto cargo que desempeñó el linado. Al cuerpo acompañaban, como escolta de honor, las fuerzas procedentes de San Fernando y una sección de infantería con bandera enlutada y armas á la funerala, y después el duelo, á cuya cabeza iban el excelentísimo señor capitán general del distrito de Andalucía, el segundo Jefe del departamento marítimo y otros. Cerraban la comitiva un regimiento de caballería y numerosos coches, siendo los primeros el del linado y uno de la casa real.
Los señores generales segundo cabo, teniente general Halcón, general Pry, y el brigadier comandante del tercio Sr. Osorio, llevaban las cintas del féretro que correspondían por su colores á las ordenes de San Hermenegildo, San Fernando, Carlos III é Isabel la Católica, con que estuvo condecorado el general Armero. El paño mortuorio lo conducía detrás dos oficiales del Estado Mayor de marina, uno del cuerpo administrativo y tres alférez de navío, si no estamos equivocados, en representación de los distintos cuerpos de la armada.
El cadáver fue conducido al cementerio de San Fernando, en donde se le hicieron las ultimas salvas y demás honores de ordenanza.»
Esperamos que no sea esta la ultima morada del general Armero. La armada, que por tantos títulos le debe reconocimiento, señalará á no dudara sus cenizas, lugar sagrado de reposo en el panteón de marinos ilustres, para ejemplo y memoria de los jóvenes que en el edificio contiguo, por él fundado, reciben con las gloriosas tradiciones del cuerpo, educación propia para continuarlas. No, no será nuestra humilde voz la única que reclame este último galardón que la posteridad juzgara merecido.
«Ayer fue conducido á la última morada el cadáver del excelentísimo señor capitán general de marina don Francisco Armero, para cuyo acto vinieron á Sevilla los generales Pery, Izquierdo, el segundo Jefe oficialidad y fuerza de marina del departamento de San Fernando, y parte de la dotación del navío Reina Isabel II. El funeral se celebró á las nueves de la mañana en la iglesia parroquial de San Andrés, y terminado, se puso en marcha la comitiva; las calles de la carrera, desde la plaza de la citada parroquia hasta la puerta Real, estaban ocupadas por las tropas de la guarnición.
Rompa la marcha del cortejo fúnebre una sección de artillería rodada, detrás el mayor de plaza; seguían secciones de los diferentes cuerpos de la guarnición, destinadas para hacer los honores de ordenanza; después los niños y pobres del Asilo, el clero, el cuerpo, que era conducido por soldado de marina y marineros alternativamente; sobre el féretro se distinguían las insignias del alto cargo que desempeñó el linado. Al cuerpo acompañaban, como escolta de honor, las fuerzas procedentes de San Fernando y una sección de infantería con bandera enlutada y armas á la funerala, y después el duelo, á cuya cabeza iban el excelentísimo señor capitán general del distrito de Andalucía, el segundo Jefe del departamento marítimo y otros. Cerraban la comitiva un regimiento de caballería y numerosos coches, siendo los primeros el del linado y uno de la casa real.
Los señores generales segundo cabo, teniente general Halcón, general Pry, y el brigadier comandante del tercio Sr. Osorio, llevaban las cintas del féretro que correspondían por su colores á las ordenes de San Hermenegildo, San Fernando, Carlos III é Isabel la Católica, con que estuvo condecorado el general Armero. El paño mortuorio lo conducía detrás dos oficiales del Estado Mayor de marina, uno del cuerpo administrativo y tres alférez de navío, si no estamos equivocados, en representación de los distintos cuerpos de la armada.
El cadáver fue conducido al cementerio de San Fernando, en donde se le hicieron las ultimas salvas y demás honores de ordenanza.»
Esperamos que no sea esta la ultima morada del general Armero. La armada, que por tantos títulos le debe reconocimiento, señalará á no dudara sus cenizas, lugar sagrado de reposo en el panteón de marinos ilustres, para ejemplo y memoria de los jóvenes que en el edificio contiguo, por él fundado, reciben con las gloriosas tradiciones del cuerpo, educación propia para continuarlas. No, no será nuestra humilde voz la única que reclame este último galardón que la posteridad juzgara merecido.
RESUMEN DE TIEMPO DE SERVICIO DEL GENERAL ARMERO, TAL CUAL SE ENCUENTRA EN SU HOJA, ES EL SIGUIENTE:
FECHAS DE LOS TIEMPO QUE SIRVIÓ
NOMBRAMIENTOS EN CADA UNO
Días Meses Años Empleos en la Armada Años Meses Días
27 Abril 1820 Guardia marina 8 7 6
3 Diciem 1828 Alférez de navío 7 4 26
29 Abril 1836 Teniente de navío “ 6 28
27 noviem 1836 Capitán de fragata “ 2 4
26 Enero 1838 Capitán navío s antigüedad 1 5 28
24 Julio 1839 id. Efectivo “ 6 1
25 Enero 1840 Brigadier “ 6 1
26 Julio 1840 Jefe de escuadra 3 6 6
11 Mayo 1844 Teniente general 10 9 02
13 Febrero 1856 Capitán general 10 4 17
Tiempo total de servicio
Efectivo 46 2 03
FECHAS DE LOS TIEMPO QUE SIRVIÓ
NOMBRAMIENTOS EN CADA UNO
Días Meses Años Empleos en la Armada Años Meses Días
27 Abril 1820 Guardia marina 8 7 6
3 Diciem 1828 Alférez de navío 7 4 26
29 Abril 1836 Teniente de navío “ 6 28
27 noviem 1836 Capitán de fragata “ 2 4
26 Enero 1838 Capitán navío s antigüedad 1 5 28
24 Julio 1839 id. Efectivo “ 6 1
25 Enero 1840 Brigadier “ 6 1
26 Julio 1840 Jefe de escuadra 3 6 6
11 Mayo 1844 Teniente general 10 9 02
13 Febrero 1856 Capitán general 10 4 17
Tiempo total de servicio
Efectivo 46 2 03
CRUCES Y DISTINCIONES
27 Septiembre 1834 Cruz de la marina de Diadema Real
28 Marzo 1836 Cruz de San Fernando de 1ª Clase
18 Octubre 1836 Cruz del Tercer sitio de Bilbao
14 Enero 1837 Benemérito de la patria
11 Abril 1838 Cruz de San Fernando de 2ª Clase
13 Agosto 1843 Gran Cruz de Isabel la Católica, concedida por Marina
24 Diciembre 1843 Gran Cruz de Isabel la Católica, concedida por Guerra
1 Junio 1845 Caballero Maestrante de la Real de Ronda
24 Agosto 1845 Senador del Reino
18 Marzo 1846 Gran Cruz de Carlos III
29 Septiembre 1846 Gentil hombre de Cámara con ejercicio
5 Enero 1847 Cruz de San Hermenegildo
15 Agosto 1856 Gran Cruz de San Hermenegildo
22 Marzo 1864 Grandeza de España con título de Marqués del Nervión
15.10.1857
Presidencia: Francisco Armero de Peñaranda ( Marqués de Nervión) (1804-1867).
Estado: Francisco de Paula Martínez de la Rosa (1787-1862)
Hacienda: Alejandro Mon y Pidal (1801-1882)
Gracia y Justicia: Joaquín José Casaus ( ?-?)
Gobernación: Manuel Bermúdez de Castro (1811-1870)
Guerra: Joaquín Armero de Peñaranda (hermano de don Francisco Armero, el presidente del gobierno)
Marina: José María Bustillo (Conde de Bustillo) (1802-1868)
Fomento: Pedro Salaverría y Charitu (1810-1896).
[1] Hoy brigadier de la armada, don Ramón de Bustillo
[2]El informe que con este motivo dio el director general de la armada, dice en extracto lo que sigue:
“Excmo. Sr. —Por conducto extrajudicial llegó á mi noticia que el alférez de navío don Francisco Armero, había ejecutado el 2 de Febrero del año anterior una acción en que manifestó sus elevados rasgos de humanidad y bizarría, poco ó nunca visto, salvando la vida á un marinero que fue arrojado violentamente al mar. Previne al comandante del bergantín Guadalete, me detallase tan extraordinaria ocurrencia, y lo verificó manifestándome que hallándose al O. del cabo de San Vicente con viento duro y chubascosos del NO. Acompañado de gruesa mar, fue arrojado á ella el gaviero mayor Jaime Mons por el empujé de la coz del mastelero de juanete, en la maniobra que se hacia para echarlos abajo, y aunque se trató de tirarle un cuartel de escotilla amarrado con un cabo de maniobra para que hiciese el uso de guindola, la gruesa mar solaventró el buque, é hizo infructuoso aquel recurso. Mandó al instante echar al agua el segundo bote, aunque dudaba del buen éxito de esta maniobra por ser muy gruesa y elevada la mar, y no bien llegó al agua, aunque con alguna avería por haber chocado con la lancha al suspenderlo, cuando al instante se precipito á él denodadamente el expresado oficial Armero, y tan noble decisión fue seguida por el cabo de mar José María López y los marineros Juan Petegrin, Juan Simón y Jaime Miralles.
El bote hacia agua á la sazón y la mar oponla obstáculo insuperables á su manejo; pero nada arredró á aquellos valientes. A los 8 ó 10 minutos se perdió de vista el bote desde las cincelas, y maniobrando en su busca, tuvo á las dos horas la inexplicable satisfacción de encontrarlo por el través, anegado hasta los bancos, con la doble alegría de que hubieran salvado al gaviero que conducían con el cuartel que el había sostenido. Al trasladarnos el mayor general esta comunicación, observa que el denodado arrojo del oficial Armero es tanto mayor, cuanto que mirada la imposibilidad de que el segundo bote pudiera navegar en la mar tan elevada y borrascosa, no le detuvo el tan inminente peligro de que fuesen todos víctimas antes de conseguir la salvación del gaviero, y despreciando su vida dio el ejemplo de las virtudes más apreciables de su grandeza de espíritu, bizarría con exceso y amor decidido por sus semejantes.
Observa también, que lejos de vociferar Armero esta proeza, guardó silencio, manifestando así que no ambicionaba más premio que las pruebas de gratitud que le tributaba su libertad, cuya modestia da más brillo á su heroicidad y á la de que no quede oscurecida la temeraria empresa del oficial Armero y demás individuos que le siguieron, es de parecer el expresado mayor, se le pudiera premiar con la cruz de la Marina, recomendándole para sus ascensos y el que sirva por una campaña entera de mar con la anotación á todos en su asiento de esta gracia con el tema de “por arrojarse y valiente”, á los marineros citados, cuyo premio obtenido sin mediar pretensión alguna, será un fuerte estimulo para que se repitan tan humanas como valientes decisiones —Lo que tengo el honor de trasladar á VE. conforme en un todo con la opinión del referido mayor general, á lo de que V. E. Si lo tiene á bien, se sirva dar cuenta al rey nuestro señor por si se dignase conceder á Armero y á los demás que le acompañaron en la acción bizarra que se dice, las gracias para que se les propone.-. Dios, etc. —Madrid, 4 de Agosto de 1831.—Excmo. Sr. —Firmado—El conde de Salazar.
[3] El comandante general de las fuerzas navales dice en su parte que todos sus subordinados se disputaron esta comisión; pero que él decidió que la desempeñase Armero.
[4] El cañonero tenia 30 hombres de tripulación; de ellos 20 fueron muertos ó heridos.
[5] El orgullo de treinta batallones rebeldes ha sido hollado y abatido por vuestra bravura. Muchos prisioneros ; 25 piezas de artillería, la mayor parte de grueso calibre; sus cuantiosas municiones, inmenso parque; brigadas; almacenes; hospitales; en fin, todo fue presa de vuestro valor. La heroica Bilbao, su guarnición belicosa y sufrida, no creyó que los libertadores eran los que al amanecer del 25 coronaban el alto de banderas y arrojaban de Olaveaga á las hordas liberticidas.
“Al dirigiros mi voz en Portugalete, prometí conduciros á la victoria; vosotros ofrecisteis prodigar vuestra sangre. He cumplido, y llenasteis la promesa. Resta dar las recompensas á los que han tenido más ocasión de distinguirse, y estos premios los veréis en la orden general de mañana”.
Recientemente se han colocado en el Museo Naval dos cuadros pintados bajo la dirección del Sr. Don José Manuel Espelius, que asistió, como teniente de navío y ayudante del comandante general, de marina á esta acción y a mucha parte de la campaña. Siendo propietario del bote que en esta ocasión tomó Armero. Representa uno de los cuadros el momento en que, adelantándose este, puso el pie en el muelle de Luchana. Y se dirigió á la batería sufriendo su fuego, y el otro la bajada de los cañoneros Leopoldino y Veloz, por la ría de Bilbao el 4 de noviembre, y puso ante la cordelería de Olaveaga.
[6] Decretos de 14 de enero de 1837. Lo comunicó el conde de Luchana al jefe de las fuerzas navales con el oficio cuya copia sigue:
«La inserta carta autógrafa y la copia del decreto que se cita y tengo la satisfacción de transmitir á V.S. es el diploma más distinguido á que pueden aspirar los ilustres guerreros. La patria, por medio de la Representación nacional, le concede á los que han tenido la gloria de libertad á la invicta Bilbao y á los que con tanto heroísmo la defendieron, dando una lección severa al bando fratricida. Honrado yo con la noble misión que me conlleva el congreso doy á V S las gracias en su nombre para que las haga extensivas a los jefes oficiales y demás individuos de al comandancia general de su cargo, en cuyo archivo se depositará este apreciable documento para memoria de los que merecieron nombre tan señalado; debiendo V.S. procurar se estampe en las hojas de servicio y filiaciones de los que concurrieron al memorable triunfo, la brillante nota de haber sido declarados beneméritos de la patria.—Dios etc— Cuartel general de Bilbao 23 de febrero de 1837.—Firmado.— el conde de Luchana.—Señor comandante general de las fuerzas navales de la costa de Cantabria.
[7] Comunicación del comandante general de las fuerzas navales de la costa de Cantabria, de 28 de noviembre de 1837.—Informe de la Junta de almirantazgo de 31 de enero de 1838.
[8] Real orden de 27 de noviembre de 1836.
[9] « En consideración á los conocimientos, capacidad y bizarría del capitán de navío don Francisco Armero y Peñaranda, y á los relevantes servicios que le han granjeado tanta gloria en la presente lucha, ha tendió á bien SM. concederle el empleo de brigadier de la Armada nacional, digno galardón que ofrecerá un generoso estimulo para los que en la carrera ilustre de las armas desean alcanzar los honores que tan liberalmente dispensa SM. al valor, á la lealtad y al patriotismo. —Dígalo á V.S. de real orden para conocimiento de esa junta y líneas correspondientes.—Dios etc.—Madrid 25 de enero de 1840,—Manuel Montes de Oca. —Al secretario de la Junta de almirantazgo.»
[10] Distinguiese en este servicio y fue muy elogiado por el general en jefe, el malogrado teniente de navío don Daniel Valcárcel.
[11] Alcanzó gran concepto con este destino el teniente de navío don Pedro Pablo Gagiogao
[12] Solo en un año se dejaron á deber á la oficialidad doce meses de paga, doce de gratificación y siete de ración. Ofrecemos como testigo el extremo á que llegó la penuria de la amarina, la siguiente carta:
«San Sebastián 23 de Noviembre de 1837—Sr. Don José Manuel Espelius —Estimando Espelius: Recibo con gusto sus favorecida, 31 del pasado, tanto por saber lo bueno, como por el feliz viaje que ha llevado. Yo aquí como siempre, luchando con toda clase de escaséese, que cada día apuran más y más. Llegó el 1ª del presente mes, y como ha dicho V. Exactamente tuve, al igual de otra ocasión, que dar mi firma, haciéndome responsable, así como también para los géneros sueltos, utensilios y raciones de oficiales, que aun no han abonado las de Octubre. He dirigido al ministro una exposición relacionando el estado deplorable en que se halla los jefes y ofíciales; la absoluta falta de material para todo; la clase de buques de que constan estas fuerzas y lo insuficientes que son en numero y clase, el descubierto en que nos hallamos con los llenes de los barcos armados; lo que se debe á los particulares, hospitaculares, almacenes, pilotajes, embarco y desembarco de carbón de piedra, y la multitud de otros menudos gastos que no admiten demora en los pagos, y digo que no tengo que comer y que aun no he podido comprarme una taja de general, después de nueve meses que S. M. se digno elevarme á estas clase; en fin, hablo con quien es inseparable de mi y conoce como yo la posición en que me encuentro y la dará su verdadero valor. Conozco que la contestación será como siempre; pero habiéndose gastado la varita de tanto usarla, se me acabo la virtud y no sé por dónde tirar.
Adiós, mi querido ayudante, sea V. Tan feliz como se lo desea su afectísimo Manuel de Cañas.
[13] Tienen fechas de 27 y 28 de Abril; 15 y 26 de Mayo, y 19 de Junio.
[14] Reales decretos de 18,21 y 26 de Julio y de 5 de Septiembre, y reales órdenes de 19 de Junio y 22 de Julio de 1840.
[15] Real orden de 15 de marzo de 1842, expedida por el Ministerio de la guerra.
[16] Sermón Sr.: Don Francisco Armero de Peñaranda jefe de escuadra de la Armada á V. A. Con la consideración debida hace presente: Que habiendo sido preso y separado de su jefes naturales por las autoridades del ejército el 19 de Octubre del años anterior, en virtud de ordenes comunicada por el Sr. Ministro de la guerra en la forma y modo que expresaza en el parte que dio al ministro de Marina, y está marcado con el núm. 1º, ha sufrido más de cinco meses de prisión, dos de ellos incomunicado y tres y medio en un calabozo del castillo de San Sebastián, sin habérsele tomado declaración hasta los veinticuatro días de su arresto y sin manifestarle antes ni después la causa de su prisión y acusación que la motivó. El exponente conoce la responsabilidad del gobierno y sabe respetar sus determinaciones; por lo mismo, durante su larga prisión ha querido dirigir una queja ni pedir el cumplimiento de las leyes, halladas con escándalo en su persona; aguardaba con resignación que la justicia obrase y concluyese sus minuciosas y detenidas desquicias; pero cuando parecía que nada debía quedar que averigua acerca de su proceder en las ocurrencias de Octubre, recibe la comunicación en que V. A. se digna mandar se te ponga en plena y entera libertad, sin que tu actuado te perjudique en su opinión, fama y carrera. El exponente enmudecerla ofreciendo en aras de la patria este nuevo sacrificio, si no descubriese en la misma orden una desconfianza de su proceder, aplazando la prosecución de la causa, para si acaso en nuevas pesquicias, ó en voluntad de un vil delator aparecen pruebas contra él. Es muy duro para un militar que ha dedicado su vida á la defensa de su Reina y de su patria, sin haber engañado jamás al gobierno que ha servido, verse atropellado, perseguido y expuesto á la venganza de pasiones innobles, que á falta de pruebas legales, empleen para mancillar una vida y honor su mancha, reticencias que las leyes proscriben y nuestras instituciones reprueban.— Por esto y respecto á que en los documentos adjuntos se expresa haberse procedido contra el exponente en virtud de una acusación, pide a V. A. Se digne mandar que el tanto de la causa que el corresponde en lo actuado, pase á su cuerpo; que en él se mande practicar nuevas y mas eficaces diligencias; que el delator se presente á sostener su acusación, y que la ley lo juzgue en Consejo de Guerra.— Este es el único modo de que un jefe de al armada pueda quedar sin avergonzarse al lado de su compañeros, vestir con dignidad las insignias que su Reina le ha dado, y recuperar el concepto que con las tropelías y arbitrariedades mandadas ejecutar por el Sr. Ministro de la guerra, ha perdido para con la nación y para con el cuerpo á que tiene el honor de pertenecer.—Es gracia, etc.—Cádiz 28 de Marzo de 1842.—Serenísimo Sr. —Francisco Armero
[17] Ministerio de la Guerra.—Excmo. Sr.: El capitán general de Andalucía en 3 del actual me dice lo siguiente: El jefe de escuadra de la armada don Francisco Armero ha sido empleado durante el sitio de Sevilla, como general del ejercito, pro cuya razón me parece que debe hacer constar estos servicios suyos en la armada y en el ministerio correspondiente.
Cuando Sevilla se alzo por su Reina y la Constitución en 18 de Junio, se hallaba este general en Fuentes de La Campana de cuartel. Y al instante escribió adhiriéndose al sentimiento nacional y ofreciendo su comparecencia para cuando hubiese peligro. Cumpliendo su promesa, se presentó en Sevilla al aproximarse Van-Halen; en los primeros días estuvo a mi lado ayudándome eficazmente y desempeñando las comisiones que le conllevaba. Después, habiendo sido nombrado el Excmo. Sr. Don José Primo de Rivera, que mandaba el primer distrito de esta plaza, capitán general del departamento de Cádiz, consulté el mando de aquel distrito al expresado general Armero, y como en el se comprende el puerto y la parte de la defensa marítima, mostró en doble concepto su la incansable actividad, su pericia y las demás cualidades á que le distinguen.
Levantado el sitio, la mayor parte de las tropas del ejército que había sido enemigo se pronunciaron en Utrera. Precediendo una gran deserción y otros actos disolventes. Entonces envió el general Armero para que conociese el estado de aquellas tropas, tomase internamente su mando, contuviese la indisciplina, restableciera el orden y me propusiera cuando creyese conveniente, todo lo cual ejecutó con el ritmo propio de su talento, prestando con ello á la Patria un servicio utilísimo.
De orden del gobierno le traslado á V. E. para su conocimiento y efectos correspondiente en el ministerio de su cargo.—Dios, etc.—Madrid 9 de Agosto de 1843.—Firmado.—Francisco Serrano.—Sr. Ministro de Marina.
[18] Reales decretos de 13 de agosto y 21 de diciembre de 1843.
[19] Estado Mayor general del ejército español, por don Pedro Chamarro y Baquerizo, Tomo II, página 327.
[20] Se le dieron las gracias en reales ordenes de 22 de Abril y 18 de Mayo.
[21] Lo mandaba el capitán de navío, hoy jefe de escuadra don Manuel Sivila.
[22] Entre las muchas reales ordenes satisfactorias para el general Armero, citamos como más expresivas las de 26 de Junio, 14 de Septiembre y 23 de Diciembre de 1849; 23 de Febrero, 25 de Marzo, 11 de Abril, 30 de Mayo, 22 y 24 de Junio de 1850, 12 de Julio de 1851- Esta última dice así:
«MINISTERIO DE MARINA.—Excmo. Sr.:
La Reina nuestra señora ha tenido a bien resolver que antes de separarse V. E. Del mando de ese apostadero, manifieste á los comandantes de sus buques, oficiales y demás individuos de marina destinados en él, lo satisfecha que ha quedado S. M: de sus servicios y del interés con que han desempeñado las diferentes comisiones que V. E. ha puesto á su cargo, lo cual es debido, no menos que á sus buenas disposiciones, al estado e orden y disciplina que el celo de V. E. ha sabido sostener en el mismo apostadero á través de circunstancias bien difíciles que con tanto acierto ha superado. Por tanto lo cual me mando S. M. Dar á V. E. Las gracias en su real nombre, como lo verifico para su inteligencia, satisfacción y demás ordenes prevenidas.—Dios, etc.—Madrid 2 de Junio de 1851.—Firmando.—José María de Bustillo.— Excmo. Sr. Don Francisco Armero, comandante general del apostadero de la Habana.
[23] No hemos hecho mención de la de Caballero maestrante de la Real de Ronda, que disfrutaba desde 1 de junio de 1854, y la de gentil hombre de cámara con ejercicio, desde 29 de octubre de 1856.
27 Septiembre 1834 Cruz de la marina de Diadema Real
28 Marzo 1836 Cruz de San Fernando de 1ª Clase
18 Octubre 1836 Cruz del Tercer sitio de Bilbao
14 Enero 1837 Benemérito de la patria
11 Abril 1838 Cruz de San Fernando de 2ª Clase
13 Agosto 1843 Gran Cruz de Isabel la Católica, concedida por Marina
24 Diciembre 1843 Gran Cruz de Isabel la Católica, concedida por Guerra
1 Junio 1845 Caballero Maestrante de la Real de Ronda
24 Agosto 1845 Senador del Reino
18 Marzo 1846 Gran Cruz de Carlos III
29 Septiembre 1846 Gentil hombre de Cámara con ejercicio
5 Enero 1847 Cruz de San Hermenegildo
15 Agosto 1856 Gran Cruz de San Hermenegildo
22 Marzo 1864 Grandeza de España con título de Marqués del Nervión
15.10.1857
Presidencia: Francisco Armero de Peñaranda ( Marqués de Nervión) (1804-1867).
Estado: Francisco de Paula Martínez de la Rosa (1787-1862)
Hacienda: Alejandro Mon y Pidal (1801-1882)
Gracia y Justicia: Joaquín José Casaus ( ?-?)
Gobernación: Manuel Bermúdez de Castro (1811-1870)
Guerra: Joaquín Armero de Peñaranda (hermano de don Francisco Armero, el presidente del gobierno)
Marina: José María Bustillo (Conde de Bustillo) (1802-1868)
Fomento: Pedro Salaverría y Charitu (1810-1896).
[1] Hoy brigadier de la armada, don Ramón de Bustillo
[2]El informe que con este motivo dio el director general de la armada, dice en extracto lo que sigue:
“Excmo. Sr. —Por conducto extrajudicial llegó á mi noticia que el alférez de navío don Francisco Armero, había ejecutado el 2 de Febrero del año anterior una acción en que manifestó sus elevados rasgos de humanidad y bizarría, poco ó nunca visto, salvando la vida á un marinero que fue arrojado violentamente al mar. Previne al comandante del bergantín Guadalete, me detallase tan extraordinaria ocurrencia, y lo verificó manifestándome que hallándose al O. del cabo de San Vicente con viento duro y chubascosos del NO. Acompañado de gruesa mar, fue arrojado á ella el gaviero mayor Jaime Mons por el empujé de la coz del mastelero de juanete, en la maniobra que se hacia para echarlos abajo, y aunque se trató de tirarle un cuartel de escotilla amarrado con un cabo de maniobra para que hiciese el uso de guindola, la gruesa mar solaventró el buque, é hizo infructuoso aquel recurso. Mandó al instante echar al agua el segundo bote, aunque dudaba del buen éxito de esta maniobra por ser muy gruesa y elevada la mar, y no bien llegó al agua, aunque con alguna avería por haber chocado con la lancha al suspenderlo, cuando al instante se precipito á él denodadamente el expresado oficial Armero, y tan noble decisión fue seguida por el cabo de mar José María López y los marineros Juan Petegrin, Juan Simón y Jaime Miralles.
El bote hacia agua á la sazón y la mar oponla obstáculo insuperables á su manejo; pero nada arredró á aquellos valientes. A los 8 ó 10 minutos se perdió de vista el bote desde las cincelas, y maniobrando en su busca, tuvo á las dos horas la inexplicable satisfacción de encontrarlo por el través, anegado hasta los bancos, con la doble alegría de que hubieran salvado al gaviero que conducían con el cuartel que el había sostenido. Al trasladarnos el mayor general esta comunicación, observa que el denodado arrojo del oficial Armero es tanto mayor, cuanto que mirada la imposibilidad de que el segundo bote pudiera navegar en la mar tan elevada y borrascosa, no le detuvo el tan inminente peligro de que fuesen todos víctimas antes de conseguir la salvación del gaviero, y despreciando su vida dio el ejemplo de las virtudes más apreciables de su grandeza de espíritu, bizarría con exceso y amor decidido por sus semejantes.
Observa también, que lejos de vociferar Armero esta proeza, guardó silencio, manifestando así que no ambicionaba más premio que las pruebas de gratitud que le tributaba su libertad, cuya modestia da más brillo á su heroicidad y á la de que no quede oscurecida la temeraria empresa del oficial Armero y demás individuos que le siguieron, es de parecer el expresado mayor, se le pudiera premiar con la cruz de la Marina, recomendándole para sus ascensos y el que sirva por una campaña entera de mar con la anotación á todos en su asiento de esta gracia con el tema de “por arrojarse y valiente”, á los marineros citados, cuyo premio obtenido sin mediar pretensión alguna, será un fuerte estimulo para que se repitan tan humanas como valientes decisiones —Lo que tengo el honor de trasladar á VE. conforme en un todo con la opinión del referido mayor general, á lo de que V. E. Si lo tiene á bien, se sirva dar cuenta al rey nuestro señor por si se dignase conceder á Armero y á los demás que le acompañaron en la acción bizarra que se dice, las gracias para que se les propone.-. Dios, etc. —Madrid, 4 de Agosto de 1831.—Excmo. Sr. —Firmado—El conde de Salazar.
[3] El comandante general de las fuerzas navales dice en su parte que todos sus subordinados se disputaron esta comisión; pero que él decidió que la desempeñase Armero.
[4] El cañonero tenia 30 hombres de tripulación; de ellos 20 fueron muertos ó heridos.
[5] El orgullo de treinta batallones rebeldes ha sido hollado y abatido por vuestra bravura. Muchos prisioneros ; 25 piezas de artillería, la mayor parte de grueso calibre; sus cuantiosas municiones, inmenso parque; brigadas; almacenes; hospitales; en fin, todo fue presa de vuestro valor. La heroica Bilbao, su guarnición belicosa y sufrida, no creyó que los libertadores eran los que al amanecer del 25 coronaban el alto de banderas y arrojaban de Olaveaga á las hordas liberticidas.
“Al dirigiros mi voz en Portugalete, prometí conduciros á la victoria; vosotros ofrecisteis prodigar vuestra sangre. He cumplido, y llenasteis la promesa. Resta dar las recompensas á los que han tenido más ocasión de distinguirse, y estos premios los veréis en la orden general de mañana”.
Recientemente se han colocado en el Museo Naval dos cuadros pintados bajo la dirección del Sr. Don José Manuel Espelius, que asistió, como teniente de navío y ayudante del comandante general, de marina á esta acción y a mucha parte de la campaña. Siendo propietario del bote que en esta ocasión tomó Armero. Representa uno de los cuadros el momento en que, adelantándose este, puso el pie en el muelle de Luchana. Y se dirigió á la batería sufriendo su fuego, y el otro la bajada de los cañoneros Leopoldino y Veloz, por la ría de Bilbao el 4 de noviembre, y puso ante la cordelería de Olaveaga.
[6] Decretos de 14 de enero de 1837. Lo comunicó el conde de Luchana al jefe de las fuerzas navales con el oficio cuya copia sigue:
«La inserta carta autógrafa y la copia del decreto que se cita y tengo la satisfacción de transmitir á V.S. es el diploma más distinguido á que pueden aspirar los ilustres guerreros. La patria, por medio de la Representación nacional, le concede á los que han tenido la gloria de libertad á la invicta Bilbao y á los que con tanto heroísmo la defendieron, dando una lección severa al bando fratricida. Honrado yo con la noble misión que me conlleva el congreso doy á V S las gracias en su nombre para que las haga extensivas a los jefes oficiales y demás individuos de al comandancia general de su cargo, en cuyo archivo se depositará este apreciable documento para memoria de los que merecieron nombre tan señalado; debiendo V.S. procurar se estampe en las hojas de servicio y filiaciones de los que concurrieron al memorable triunfo, la brillante nota de haber sido declarados beneméritos de la patria.—Dios etc— Cuartel general de Bilbao 23 de febrero de 1837.—Firmado.— el conde de Luchana.—Señor comandante general de las fuerzas navales de la costa de Cantabria.
[7] Comunicación del comandante general de las fuerzas navales de la costa de Cantabria, de 28 de noviembre de 1837.—Informe de la Junta de almirantazgo de 31 de enero de 1838.
[8] Real orden de 27 de noviembre de 1836.
[9] « En consideración á los conocimientos, capacidad y bizarría del capitán de navío don Francisco Armero y Peñaranda, y á los relevantes servicios que le han granjeado tanta gloria en la presente lucha, ha tendió á bien SM. concederle el empleo de brigadier de la Armada nacional, digno galardón que ofrecerá un generoso estimulo para los que en la carrera ilustre de las armas desean alcanzar los honores que tan liberalmente dispensa SM. al valor, á la lealtad y al patriotismo. —Dígalo á V.S. de real orden para conocimiento de esa junta y líneas correspondientes.—Dios etc.—Madrid 25 de enero de 1840,—Manuel Montes de Oca. —Al secretario de la Junta de almirantazgo.»
[10] Distinguiese en este servicio y fue muy elogiado por el general en jefe, el malogrado teniente de navío don Daniel Valcárcel.
[11] Alcanzó gran concepto con este destino el teniente de navío don Pedro Pablo Gagiogao
[12] Solo en un año se dejaron á deber á la oficialidad doce meses de paga, doce de gratificación y siete de ración. Ofrecemos como testigo el extremo á que llegó la penuria de la amarina, la siguiente carta:
«San Sebastián 23 de Noviembre de 1837—Sr. Don José Manuel Espelius —Estimando Espelius: Recibo con gusto sus favorecida, 31 del pasado, tanto por saber lo bueno, como por el feliz viaje que ha llevado. Yo aquí como siempre, luchando con toda clase de escaséese, que cada día apuran más y más. Llegó el 1ª del presente mes, y como ha dicho V. Exactamente tuve, al igual de otra ocasión, que dar mi firma, haciéndome responsable, así como también para los géneros sueltos, utensilios y raciones de oficiales, que aun no han abonado las de Octubre. He dirigido al ministro una exposición relacionando el estado deplorable en que se halla los jefes y ofíciales; la absoluta falta de material para todo; la clase de buques de que constan estas fuerzas y lo insuficientes que son en numero y clase, el descubierto en que nos hallamos con los llenes de los barcos armados; lo que se debe á los particulares, hospitaculares, almacenes, pilotajes, embarco y desembarco de carbón de piedra, y la multitud de otros menudos gastos que no admiten demora en los pagos, y digo que no tengo que comer y que aun no he podido comprarme una taja de general, después de nueve meses que S. M. se digno elevarme á estas clase; en fin, hablo con quien es inseparable de mi y conoce como yo la posición en que me encuentro y la dará su verdadero valor. Conozco que la contestación será como siempre; pero habiéndose gastado la varita de tanto usarla, se me acabo la virtud y no sé por dónde tirar.
Adiós, mi querido ayudante, sea V. Tan feliz como se lo desea su afectísimo Manuel de Cañas.
[13] Tienen fechas de 27 y 28 de Abril; 15 y 26 de Mayo, y 19 de Junio.
[14] Reales decretos de 18,21 y 26 de Julio y de 5 de Septiembre, y reales órdenes de 19 de Junio y 22 de Julio de 1840.
[15] Real orden de 15 de marzo de 1842, expedida por el Ministerio de la guerra.
[16] Sermón Sr.: Don Francisco Armero de Peñaranda jefe de escuadra de la Armada á V. A. Con la consideración debida hace presente: Que habiendo sido preso y separado de su jefes naturales por las autoridades del ejército el 19 de Octubre del años anterior, en virtud de ordenes comunicada por el Sr. Ministro de la guerra en la forma y modo que expresaza en el parte que dio al ministro de Marina, y está marcado con el núm. 1º, ha sufrido más de cinco meses de prisión, dos de ellos incomunicado y tres y medio en un calabozo del castillo de San Sebastián, sin habérsele tomado declaración hasta los veinticuatro días de su arresto y sin manifestarle antes ni después la causa de su prisión y acusación que la motivó. El exponente conoce la responsabilidad del gobierno y sabe respetar sus determinaciones; por lo mismo, durante su larga prisión ha querido dirigir una queja ni pedir el cumplimiento de las leyes, halladas con escándalo en su persona; aguardaba con resignación que la justicia obrase y concluyese sus minuciosas y detenidas desquicias; pero cuando parecía que nada debía quedar que averigua acerca de su proceder en las ocurrencias de Octubre, recibe la comunicación en que V. A. se digna mandar se te ponga en plena y entera libertad, sin que tu actuado te perjudique en su opinión, fama y carrera. El exponente enmudecerla ofreciendo en aras de la patria este nuevo sacrificio, si no descubriese en la misma orden una desconfianza de su proceder, aplazando la prosecución de la causa, para si acaso en nuevas pesquicias, ó en voluntad de un vil delator aparecen pruebas contra él. Es muy duro para un militar que ha dedicado su vida á la defensa de su Reina y de su patria, sin haber engañado jamás al gobierno que ha servido, verse atropellado, perseguido y expuesto á la venganza de pasiones innobles, que á falta de pruebas legales, empleen para mancillar una vida y honor su mancha, reticencias que las leyes proscriben y nuestras instituciones reprueban.— Por esto y respecto á que en los documentos adjuntos se expresa haberse procedido contra el exponente en virtud de una acusación, pide a V. A. Se digne mandar que el tanto de la causa que el corresponde en lo actuado, pase á su cuerpo; que en él se mande practicar nuevas y mas eficaces diligencias; que el delator se presente á sostener su acusación, y que la ley lo juzgue en Consejo de Guerra.— Este es el único modo de que un jefe de al armada pueda quedar sin avergonzarse al lado de su compañeros, vestir con dignidad las insignias que su Reina le ha dado, y recuperar el concepto que con las tropelías y arbitrariedades mandadas ejecutar por el Sr. Ministro de la guerra, ha perdido para con la nación y para con el cuerpo á que tiene el honor de pertenecer.—Es gracia, etc.—Cádiz 28 de Marzo de 1842.—Serenísimo Sr. —Francisco Armero
[17] Ministerio de la Guerra.—Excmo. Sr.: El capitán general de Andalucía en 3 del actual me dice lo siguiente: El jefe de escuadra de la armada don Francisco Armero ha sido empleado durante el sitio de Sevilla, como general del ejercito, pro cuya razón me parece que debe hacer constar estos servicios suyos en la armada y en el ministerio correspondiente.
Cuando Sevilla se alzo por su Reina y la Constitución en 18 de Junio, se hallaba este general en Fuentes de La Campana de cuartel. Y al instante escribió adhiriéndose al sentimiento nacional y ofreciendo su comparecencia para cuando hubiese peligro. Cumpliendo su promesa, se presentó en Sevilla al aproximarse Van-Halen; en los primeros días estuvo a mi lado ayudándome eficazmente y desempeñando las comisiones que le conllevaba. Después, habiendo sido nombrado el Excmo. Sr. Don José Primo de Rivera, que mandaba el primer distrito de esta plaza, capitán general del departamento de Cádiz, consulté el mando de aquel distrito al expresado general Armero, y como en el se comprende el puerto y la parte de la defensa marítima, mostró en doble concepto su la incansable actividad, su pericia y las demás cualidades á que le distinguen.
Levantado el sitio, la mayor parte de las tropas del ejército que había sido enemigo se pronunciaron en Utrera. Precediendo una gran deserción y otros actos disolventes. Entonces envió el general Armero para que conociese el estado de aquellas tropas, tomase internamente su mando, contuviese la indisciplina, restableciera el orden y me propusiera cuando creyese conveniente, todo lo cual ejecutó con el ritmo propio de su talento, prestando con ello á la Patria un servicio utilísimo.
De orden del gobierno le traslado á V. E. para su conocimiento y efectos correspondiente en el ministerio de su cargo.—Dios, etc.—Madrid 9 de Agosto de 1843.—Firmado.—Francisco Serrano.—Sr. Ministro de Marina.
[18] Reales decretos de 13 de agosto y 21 de diciembre de 1843.
[19] Estado Mayor general del ejército español, por don Pedro Chamarro y Baquerizo, Tomo II, página 327.
[20] Se le dieron las gracias en reales ordenes de 22 de Abril y 18 de Mayo.
[21] Lo mandaba el capitán de navío, hoy jefe de escuadra don Manuel Sivila.
[22] Entre las muchas reales ordenes satisfactorias para el general Armero, citamos como más expresivas las de 26 de Junio, 14 de Septiembre y 23 de Diciembre de 1849; 23 de Febrero, 25 de Marzo, 11 de Abril, 30 de Mayo, 22 y 24 de Junio de 1850, 12 de Julio de 1851- Esta última dice así:
«MINISTERIO DE MARINA.—Excmo. Sr.:
La Reina nuestra señora ha tenido a bien resolver que antes de separarse V. E. Del mando de ese apostadero, manifieste á los comandantes de sus buques, oficiales y demás individuos de marina destinados en él, lo satisfecha que ha quedado S. M: de sus servicios y del interés con que han desempeñado las diferentes comisiones que V. E. ha puesto á su cargo, lo cual es debido, no menos que á sus buenas disposiciones, al estado e orden y disciplina que el celo de V. E. ha sabido sostener en el mismo apostadero á través de circunstancias bien difíciles que con tanto acierto ha superado. Por tanto lo cual me mando S. M. Dar á V. E. Las gracias en su real nombre, como lo verifico para su inteligencia, satisfacción y demás ordenes prevenidas.—Dios, etc.—Madrid 2 de Junio de 1851.—Firmando.—José María de Bustillo.— Excmo. Sr. Don Francisco Armero, comandante general del apostadero de la Habana.
[23] No hemos hecho mención de la de Caballero maestrante de la Real de Ronda, que disfrutaba desde 1 de junio de 1854, y la de gentil hombre de cámara con ejercicio, desde 29 de octubre de 1856.
15.10.1857
Presidencia: Francisco Armero de Peñaranda ( Marqués de Nervión) (1804-1867).
Estado: Francisco de Paula Martínez de la Rosa (1787-1862)
Hacienda: Alejandro Mon y Pidal (1801-1882)
Gracia y Justicia: Joaquín José Casaus ( ?-?)
Gobernación: Manuel Bermúdez de Castro (1811-1870)
Guerra: Joaquín Armero de Peñaranda (hermano de don Francisco Armero, el presidente del gobierno)
Marina: José María Bustillo (Conde de Bustillo) (1802-1868)
Fomento: Pedro Salaverría y Charitu (1810-1896).
Estado: Francisco de Paula Martínez de la Rosa (1787-1862)
Hacienda: Alejandro Mon y Pidal (1801-1882)
Gracia y Justicia: Joaquín José Casaus ( ?-?)
Gobernación: Manuel Bermúdez de Castro (1811-1870)
Guerra: Joaquín Armero de Peñaranda (hermano de don Francisco Armero, el presidente del gobierno)
Marina: José María Bustillo (Conde de Bustillo) (1802-1868)
Fomento: Pedro Salaverría y Charitu (1810-1896).
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